En la vida hay momentos de éxito y gloria y otros de dolor y angustia, y en cualquiera de los dos casos, se supone debe estar aquel a quien muchas veces, de manera inicua, le llamamos “amigo”.

Por más que busquemos definiciones y conclusiones acerca de la palabra “amigo” no encontramos léxicos precisos para definir tan importante término y solo aproximamos a indicar que es una persona con la que compartimos una conexión especial basada en la confianza, el respeto, el cariño y la comprensión mutua, porque la amistad implica apoyo en los buenos y malos momentos, sinceridad en las palabras y acciones, así como un deseo genuino de ver al otro feliz y exitoso porque un “amigo” es alguien que nos conoce bien, nos acepta tal como somos y está dispuesto a acompañarnos siempre en el viaje de la vida, ofreciendo su oportuno consejo, sostén y por fortuna los hay. 

Visto de esa manera, la amistad es una desinteresada acción en doble vía donde hay emisor y receptor en un diálogo directo que, aunque no se haga todos los días, si se mantiene vivo a pesar del tiempo y la distancia, porque como dice el adagio popular “jamás se va quien nunca se olvida”.

En estas épocas de motín en la comunicación, de hartura en la desinformación de las redes, de protagonismo basado en la maña de hacer público lo íntimo, pasamos por uno de los momentos más peligrosos que pone en riesgo, entre tantas cosas, la “amistad”, porque ya no importa a quien se tiene en el chat que supuestamente es privado, ni en la lista del Facebook o el Instagram y hay quienes presumen diciendo, tengo más de 20 mil “amigos”; unos seres extraños y otros conocidos que rastrean todo lo que hacemos, agazapados en el silencio y a quienes  les importa muy poco nuestros fracasos, luchas y victorias.

Cuando lanzamos un deseo ambicioso, se hace pública la noticia sobre la apertura de nuevos propósitos o se comparten esos proyectos que llenan el corazón de aventuradas expectativas, esperamos el pronunciamiento de aquellos supuestos “amigos” que por lo general han usado nuestros logros para sus intereses personales, o a los que han estado en la cómoda orilla de las solicitudes y, sin embargo,  nos encontramos con un silencio árido que alecciona cada día más y nos pone a pensar sobre esos individuos que hacen parte de una larga lista de dudosa credibilidad, donde a decir verdad hay muy pocos “amigos”.

El silencio de los «amigos» en momentos importantes, ya sea de júbilo o dolor, como cuando se alcanza un logro, se experimenta un éxito, se cae en desgracia o se tropieza, es una señal indicadora, porque tales «amigos» quizás no sean tan cercanos o leales como se pensaba y su falta de frenesí o apoyo solo refleja envidia, indiferencia, celos e ingratitud, o una desconexión emocional que tal vez siempre estuvo presente, pero que solo se hace evidente en esos instantes tan trascendentales de la vida.

“Se olvidó de mí”, “no me volvió a llamar”, “no volvió por aquí”, son los injustos reclamos que hacen algunos cercanos a quienes por diversas circunstancias alzaron vuelo, quizá para enfrentar duras batallas en solitario o para cristalizar objetivos, que a la postre, de seguro compartirá luego con sus aparentes “amigos” de siempre.

¿Y es que acaso el que reclama porque no lo volvieron a llamar no tiene teléfono para marcarle a quien tanto dice extrañar?, no tiene la capacidad de escribir un pequeño párrafo de solidaridad en el éxito o la infortuna?, o ¿no puede multiplicar y sumar cuando más se requiere de sus manifestaciones de respaldo?

Ahora bien, cuando un “amigo” llega a posiciones importantes hay muchas expresiones de júbilo; algunos sinceros y la gran mayoría camufladas en el “cómo voy yo”; no obstante, es justo decir que un “amigo” que ha llegado a escenarios destacados debe mirar primero el espectro de sus colindantes para ver si existen los perfiles necesarios con el que se pueda contar, porque se sabe de sobra que no solo habrá resultados positivos, sino también, lealtad y compromiso, sin embargo, lamentablemente en muchas ocasiones se premia a los enemigos para “callarlos” y se castiga a quien ha estado siempre fiel y firme en los sobresaltos de la vida.

La amistad en doble vía es, entonces, una relación equilibrada y recíproca donde ambas porciones se afirman mutuamente y comparten de manera equitativa y en este tipo de amistad, el cuidado, el tiempo y el esfuerzo no provienen sólo de una persona, sino de ambas, creando un vínculo fuerte y duradero para romper el revelador silencio que ignora, aturde y desconsuela.

Una de las tantas moralejas que dejan esta clase de reflexiones, es no compartir los triunfos con quienes se duelen y atormentan con ellos y menos confiar las derrotas a quienes celebran y se complacen con nuestras caídas.

Romper el silencio es la clave, porque aunque algunos prefieren la discrecionalidad en las manifestaciones de aprecio, en algunos momentos es necesario que nos quieran y respalden en voz alta, no olvidemos que el comportamiento nunca miente.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *