El duelo por la muerte de un ser querido es un proceso complejo y profundamente personal, caracterizado por una serie de etapas emocionales adherentes en duración e intensidad a cada ser.
La tradicional frase «te vas, pero te quedas», entre otras, refleja el sentimiento de pérdida física, pero también la permanencia del recuerdo y el amor que esa alma deja en la vida de quienes le querían, por eso las familias que enfrentan situaciones tan complejas como la despedida de un ser querido acuden a cuanto método, refrán y hábito exista para atar a sus cotidianidades a esa persona que ha partido al ineludible viaje sin regreso.
Son, como digo, varias etapas las que se tienen que afrontar en lo que popularmente se conoce como el duelo; una de ellas es la negación, porque al principio, resulta muy difícil aceptar la realidad de la pérdida y en este período se asimila el sufrimiento como un mecanismo de defensa para amortiguar el impacto del dolor.
La ira es inminente en muchos seres humanos, y al igual que la frustración son respuestas naturales al sentir que la vida ha sido injusta y producto de esa relación hay personas que pueden sentirse enojadas con lo Divino, con ellas mismas, con los demás o incluso con la persona que ha fallecido, por el hecho de haberlos dejado en soledad.
Es común sentirse abrumado por la tristeza cuando se enfrenta la realidad de la pérdida y durante la etapa de la depresión, la persona experimenta una profunda sensación de vacío que en muchas ocasiones no se puede superar y se cae al fondo de lo que conocemos como la “pena moral”.
Los expertos señalan que debe haber una etapa de aceptación, ya que no se trata de superar del todo la pérdida, sino de encontrar una manera de seguir adelante mientras se mantiene el recuerdo activo, porque el duelo nos permite, en cierta medida, «mantener a la persona viva» en nuestro corazón por lo que los gratos recuerdos, las enseñanzas, y los momentos compartidos se convierten en un legado emocional que nos acompaña, así como las frases, olores, canciones y lugares evocan la presencia de quien se ha ido.
En las declaraciones hechas por científicos y expertos en este tema se señala que hablar sobre la persona y los sentimientos de pérdida con amigos, familiares o profesionales puede ser un paso importante hacia la sanación y actividades como escribir cartas, crear álbumes de fotos o visitar lugares significativos ayudan a mantener activa la memoria del ser querido.
La búsqueda de apoyo profesional, en algunos casos ayuda mucho, por lo que asistir a sesiones con terapeutas puede ser básico para manejar la tristeza y encontrar formas saludables de procesar el duelo; sin embargo, la fortaleza está en cada ser y es ahí donde se debe escarbar para hallar las herramientas certeras que permitan convivir con el vacío que dejan los que, como todos, tenemos que partir, a veces de manera repentina y otras predeterminada por largas, dolorosas y tediosas enfermedades que como dijo Márquez, resultan ser la “crónica de una muerte anunciada”
Pero existe la otra cara de la moneda y es lo que en muchas ocasiones se manifiesta en vida, para que en el momento de la partida todo esté más claro y saldado, procurando con ésto una asimilación de la muerte de los seres queridos más acorde a sus propias realidades.
“Quiéreme ahora que estoy vivo, llena mis labios de besos, para que llantos y rezos, si nada se siente después de muerto”, ese es uno de los párrafos del vals de José Faxir Sánchez Vargas, que popularizó el desaparecido “Rey del despecho” Darío Gómez y que revela una verdad fascinante descrita con un lenguaje sencillo y contundente.
Este parece ser entonces, un reclamo de los que en muchas ocasiones esperan amor, caricias, apoyo y comprensión en vida y no berridos, lágrimas y gritos después de muertos. Esa frase expresa una exactitud poderosa y conmovedora para recapacitar sobre la importancia de valorar y demostrar amor a las personas mientras están vivas y es un llamado a estar en el presente, a disfrutar y compartir con aquellos que amamos antes de que sea demasiado tarde, porque una vez que una persona ya no está, todo lo que queda son recuerdos y el peso de lo no dicho o no hecho.
La obra compositiva de José Faxir invita a mostrar afecto ahora, a no postergar los gestos de cariño, los abrazos y las palabras bonitas, porque casi siempre damos por sentado que las personas que queremos siempre estarán ahí, pero la realidad es que la vida es impredecible y frágil y más allá de los rituales muestra una crítica implícita a los lamentos y los protocolos que realizamos tras la muerte, subrayando que las acciones en el hoy son las que verdaderamente importan, ya que los homenajes póstumos, aunque significativos, no reemplazan el amor y la atención que se pudo haber brindado en vida.
Estos y otros escritos nos recuerdan que el tiempo es un soplo finito y que las oportunidades para demostrar amor no se deben desperdiciar y en lugar de esperar un momento especial o adecuado es mejor actuar ahora y amar a las personas mientras están entre nosotros, procedimientos que quizá ayuden a estar sin arrepentimientos y a sentir que se ha hecho todo lo posible para hacerles saber cuánto las valoramos y eso sí, cada quien a su manera, por cuanto no se pueden universalizar las acciones ni de unos u otros.
Siempre será mejor asistir, orar y apoyar a los que amamos para no tener que decir “te vas, pero te quedas” porque si se quedaran sería para recibir más de lo mismo.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
