Los matrimonios ejemplares de muchos años suelen ser una fuente de inspiración y aprendizaje para quienes los observan.

Estas uniones no se caracterizan sólo por la duración, sino también por el amor, la paciencia y la capacidad de prevalecer juntos ante los desafíos que van haciendo su arribo a lo largo del tiempo.

Al parecer, la fórmula de los matrimonios longevos es el compromiso inquebrantable y el acatamiento mutuo, porque las parejas que duran muchos años no sólo están asociadas por el cariño, sino también por la decisión diaria de mantenerse juntos y vencer las diferencias en medio de una cadena de acciones que hacen parte fundamental de la convivencia cotidiana.

Las parejas que han descollado décadas juntas suelen haber enfrentado momentos muy difíciles, como crisis económicas, problemas de salud o pérdidas familiares y alguna que otra “resbaladita”, por lo que el apoyo recíproco en estos momentos es esencial, así como la distribución equitativa de las tareas que evitan a toda costa la intromisión de la “rutina” en la relación.

Un matrimonio o compromiso de unión duradera requiere adaptarse a las permutas individuales y externas porque la gente cambia con el tiempo y las parejas deben aprender a evolucionar juntas, ajustándose a nuevas circunstancias y manteniendo vivo el vínculo.

A lo largo de los siglos se han registrado ejemplarizantes acciones por parte de parejas que han unido, no solo sus cuerpos, sino sus almas para andar juntos el camino de la vida.

Herbert y Zelmyra Fisher EE. UU. fue un matrimonio estadounidense que ostentó el récord Guinness como la pareja viva con más años de casados, alcanzando los 86 años juntos hasta la muerte de Herbert en 2011. Herbert y Zelmyrase casaron en 1924 y su unión fue un testimonio de amor, paciencia y fe inquebrantable en la fortaleza de su compromiso.

La Reina Isabel II y el Príncipe Felipe en el Reino Unido es otra muestra de resiliencia ysu matrimonio duró 73 años, desde 1947 hasta la muerte de Felipe en 2021, y a pesar de los retos de la vida pública y los cambios sociales a lo largo de las décadas, su relación se mantuvo sólida gracias a un inescrutable sentido del deber, el humor compartido y un fuerte lazo personal.

Estos casorios no solo han sido notables por su persistencia, sino también por la calidad de la relación y la capacidad de superar juntos todo tipo de retos, convirtiéndose en modelos de amor y perseverancia por cuanto la alianza de una pareja está determinada por la firmeza en cada palabra y cada ejercicio a lo largo de su propia historia.

Por otra parte, los aportes en todo orden de uno y otro lado no se pueden convertir en prácticas milagrosas, por lo que es esencial valorar y reconocer constantemente los trabajos en el hogar y las contribuciones que cada quien hace, tanto en el ámbito doméstico, como en los propósitos profesionales que son la clave para el funcionamiento acorde de una relación, y cuando estos esfuerzos no se reconocen se corre el riesgo de generar sentimientos de descontento y frustración que van cavando poco a poco, ocasionando el deterioro de la convivencia, como el cáncer silencioso que hace de las suyas hasta generar la muerte.

Cada persona en la pareja realiza esfuerzos, ya sea cuidando el hogar, preparando los alimentos, haciendo el aseo diario, contribuyendo económicamente, dirigiendo las tareas de los hijos, apoyando los sueños y metas del otro o todas juntas y es fundamental que ambos reconozcan estos arrojos y los aprecien de manera explícita, expresando gratitud y aprecio, más aún alternando los roles para que no se confieran como obligación exclusiva de uno u otro.


Cuando las contribuciones se convierten en “parte del paisaje” es fácil caer en la indiferencia y dejar de apreciar lo que hace su pareja  generando una monotonía que mina la satisfacción en la relación, por lo que pequeños gestos como reconocer el trabajo, compartir tareas, o celebrar logros profesionales y personales, ayuda a mantener viva la empatía del par.

Ahora bien, celebrar los provechos del uno y del otro y no dejar que los éxitos pasen desapercibidos, ya sea un pequeño avance profesional o un triunfo en la gestión del hogar, refuerza la unión y reaviva la funcionalidad individual en favor de la pareja, por eso los que han contraído nupcias por vía de la iglesia deben recordar aquella frase: ¿Quieres recibir a… como esposo(a) y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe?

Tamaña responsabilidad, la que se asume en medio del fulgor de la ceremonia, sin que a veces se entienda la grandeza de esta frase comprometedora que sella la responsabilidad de los que prometen y se comprometen ante el altar, pero al cabo del tiempo demuestran no estar a la altura de tal adeudo.

Aquello de: “El hombre a la oficina y la mujer a la casa” pasó hace mucho tiempo al olvido y la equidad de la pareja es la que en el hoy proporciona ese equilibrio tan necesario para el funcionamiento de la relación. Hombres con delantal y trapero en mano y mujeres saliendo temprano al trabajo y lo mismo en vía contraria, son entre otros los roles que se deben compartir, en el entendido que son acciones necesarias para que un trato prospere en todos los aspectos y se logren cristalizar sueños mutuos.

Muchas veces resulta difícil amar entre el desorden, la insatisfacción o con la nevera, el estómago y la billetera vacías y aquello de que no se necesita nada para ser feliz con otra persona es puro cuento, porque todos requerimos por lo menos lo básico para estar bien y lo elemental también tiene costo y más en los sistemas que como el nuestro, se mueven a través del dinero, la oferta, la demanda y los pagos por todo.

Lo mismo ocurre con la atención, formación y cuidado de los hijos, otro de los más grandes y delicados encargos que asume una pareja cuando toman la decisión de traer un ser a la vida o que sin discutirlo, ocurre como resultado natural de la sexualidad.

Y qué decir de los “derechos” al peor estilo de “aquel filósofo” que algunos entienden como suyos y no del otro cuando viven agitadas vidas nocturnas entre el vicio, el licor, las infidelidades y “felices los cuatro”.

¿Acaso son permitidas en los hombres de manera exclusiva? ¿O será que también son de ellas? La respuesta es un ¡NO!, ya que no son ni del uno ni del otro y más bien son comportamientos repudiables en cualquier relación que solo reflejan la ausencia de valores, de estructura humana o la atrofia de la lógica y el razonamiento moralista.

La relación de pareja entonces, a mi modo de ver, es una alianza, una tarea mutua, un acuerdo en partes iguales con o sin manual de funciones, una yunta de almas, corazones y voluntades y un pacto valiente que, de no ser asumido con amor, seriedad, honestidad y ética, termina por mandar al traste cualquier relación, aumentando la gruesa lista de separados y la enorme montaña de querellas que hacen fila hoy en los escenarios judiciales, convertido lo que antes fue ternura en tormentoso, eterno y lesivo litigio en donde los únicos que salen ganando son los abogados.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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