Hace unos días, el Gobierno Departamental celebraba —entre discursos triunfalistas y anuncios populistas— supuestas victorias en la reducción de la pobreza y el desempleo. Pero en las calles, en los campos, en las casas de las madres cabeza de hogar, la realidad es otra: Boyacá tiene hambre. Y no es una metáfora. Las cifras hablan con crudeza, aunque desde el Palacio de la Torre parezcan habitar una dimensión que prefiere ignorarlas.

𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔

Mientras desde el escritorio oficial se habla de progreso, miles de familias boyacenses luchan a diario para garantizar un plato de comida. El uso simbólico de la ruana para «conectar» con el campesinado se ha quedado en la fachada proselitista. La cercanía real no existe ni ha existido en la década del mismo Gobierno. Lo confirman los datos recientes del DANE que reflejan que no se ha trabajado de forma integral para garantizar la seguridad alimentaria en el departamento.

𝗟𝗮𝘀 𝗰𝗶𝗳𝗿𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗴𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗲 𝗶𝗴𝗻𝗼𝗿𝗮𝗿

Según la Escala de Experiencia de Inseguridad Alimentaria del DANE, el 18,6% de los hogares boyacenses tuvo dificultades para acceder a alimentos durante el último año. En 2023, esa cifra era del 16,7%. Es decir, hoy hay más hogares que no logran garantizar una alimentación digna. Como bien lo explicó el profesor Jacinto Pineda en Caracol Radio: “Estamos hablando de miles de familias que no están comiendo como deberían”.

Mientras el promedio nacional mostró una leve mejoría (del 26,1% al 25,5%), Boyacá empeoró. Aún más alarmante es el aumento de los casos graves: hogares que no solo comieron mal, sino que pasaron hambre real por falta de recursos. En Boyacá, esa condición crítica pasó del 1,5% en 2023 al 2,3% en 2024. Estamos hablando de personas que no tuvieron ni comida ni dinero para conseguirla.

Se estima que el 19,9% de la población boyacense —unas 252.000 personas— sufrió inseguridad alimentaria durante el último año. De ellas, el 2,1% vivió días enteros sin nada para comer. 8.588 hogares pasaron de inseguridad alimentaria moderada o grave, y 3.640 ingresaron a condiciones graves. En términos humanos: miles de familias pasaron hambre.

Estas cifras son profundamente significativas, aunque los comunicados de la Gobernación digan lo contrario.

𝗚𝗼𝗯𝗲𝗿𝗻𝗮𝗿 𝘀𝗶𝗻 𝗽𝗶𝘀𝗮𝗿 𝗲𝗹 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼 𝘆 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝘀𝗰𝗮𝘀𝗮 𝗲𝗺𝗽𝗮𝘁𝗶́𝗮

Frente a esta realidad, el Gobierno Departamental ha respondido con soberbia e indiferencia. En lugar de escuchar a los académicos o acoger los datos del DANE, desestima las cifras y emite declaraciones arrogantes que desnudan su desconexión con el territorio.

Es inadmisible que, ante un diagnóstico tan doloroso, se recurra a discursos grandilocuentes para maquillar la realidad. Una vez más se confirma que el llanto fue fingido y la humildad se evaporó entre los placeres del poder.

Y no se trata solo de este informe, Boyacá lo padece en muchas formas. Tenemos un “gobernador de helicóptero” que prefiere sobrevuelos simbólicos —celebrados por medios aliados— en lugar de caminar por los municipios azotados por la ola invernal. Que opta por giras políticas fuera del departamento mientras aquí crecen el hambre, las necesidades y la desesperanza. Que elige las promesas vacías, las obras inconclusas y una narrativa oficial plagada de logros inflados.

𝗠𝗲𝗻𝗼𝘀 𝗲𝗴𝗼, 𝗺𝗮́𝘀 𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻

Estamos en un momento crítico que exige humildad, presencia real y compromiso. Se necesita voluntad política, decisiones firmes y un liderazgo enfocado en las verdaderas urgencias del territorio, no en la autopromoción.

Es hora de dejar atrás el populismo de redes sociales, los discursos fabricados para medios nacionales y las lágrimas impostadas en videos de campaña. Gobernar no es posar. Gobernar es garantizar que ningún niño, ninguna madre, ningún abuelo se acueste sin comer.

Porque mientras en los informes oficiales todo parece mejorar, en las cocinas boyacenses el hambre sigue sentándose a la mesa.

Tomado de: Periódico El Tunjano

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