En la intimidad de muchos hogares, y en aquellas relaciones que un día florecieron con la promesa del amor, se esconde un enemigo invisible, voraz y silencioso.
Su nombre es poco conocido fuera del ámbito clínico, pero sus efectos son tristemente cotidianos y devastadores: celofobia o celotipia patológica.
Y es que no hablamos aquí de los celos comunes que cualquier ser humano podría experimentar en determinadas situaciones, sino de una mal psicoafectivo que, mal diagnosticado o ignorado, termina siendo un verdadero carcinoma emocional, capaz de corroer el alma, destruir vínculos, deteriorar la dignidad y, en los peores casos, llevar al crimen y la tragedia.
La celofobia no es simplemente un exceso de amor, como erróneamente se ha romantizado en algunas culturas o ficciones mediáticas; es, más bien, una expresión enfermiza de inseguridad, control, desconfianza patológica y necesidad compulsiva de posesión, que convierte al otro en objeto y al vínculo en cárcel.
Se manifiesta en actitudes obsesivas, en vigilancia y espionaje constante, en interrogatorios diarios, en prohibiciones arbitrarias, en la pesquisa de redes sociales, en el control del teléfono, la ropa o los amigos; es un miedo irracional y paralizante a ser engañado, traicionado o abandonado, y lo más grave, no nace en la otra persona, sino en la herida no tratada del que padece la enfermedad.
Entrándome de lleno en la investigación de este fenómeno, encontré que estudios psicológicos han demostrado que la celotipia puede estar asociada con trastornos de ansiedad, depresión, baja autoestima, traumas infantiles, abandono temprano o experiencias afectivas fallidas que dejaron cicatrices no resueltas, como el caso de presenciar en el hogar episodios de machismo, infidelidades y abusos que definitivamente calaron en lo más profundo como huella imborrable.
Sin atención clínica o acompañamiento terapéutico, el celópata termina siendo rehén de sus propios fantasmas y se convierte en juez, carcelero y verdugo de la persona amada, porque el amor se transforma en dominio, el cariño en manipulación, y la relación en campo de batalla, y lo que un día fue promesa de compañía, termina siendo un escenario de tortura emocional y psicológica.
Las cifras no mienten y muchos de los crímenes pasionales reportados en América Latina, y en particular en Colombia, han tenido como detonante esta forma extrema de los celos enfermizos.
Feminicidios, suicidios, agresiones físicas, violencia intrafamiliar e incluso atentados dobles han sido cometidos bajo el argumento de una infidelidad, real o imaginaria, y en estos casos, la celofobia no solo destruye el hogar, sino que apaga vidas y perpetúa ciclos de dolor en hijos, familias y comunidades.
Pero la celofobia no solo se expresa en el plano conyugal, sino que también se cuela en amistades, entornos laborales y relaciones familiares. Padres que controlan enfermizamente a sus hijos por miedo a perderlos, amigos que se tornan posesivos y manipuladores, jefes que vigilan compulsivamente a sus empleados. Todo esto es de por sí, es una enfermedad social, disfrazada de “interés” o “protección”, que revela una incapacidad profunda para confiar y convivir sanamente con la libertad del otro.
Y en esta cultura que a veces glorifica el control y confunde el amor con dependencia, la celofobia encuentra terreno fértil, quizás por la falta de educación emocional, la escasa promoción de la salud mental, los estereotipos del amor romántico como posesión, y la naturalización de conductas abusivas, solo agravan el problema.
¿Cuántas veces se aplaude, en canciones, novelas o películas, a quien «mata por celos» o «no deja que el otro ni mire a nadie más»?
Es hora de decirlo con todas sus letras y consonancias: la celofobia no es amor; es una enfermedad emocional que necesita diagnóstico, atención y tratamiento urgente, porque cuando no se detiene a tiempo, se convierte en una bomba de tiempo para el otro y para sí mismo. Un infierno al interior de los hogares, en la relación de pareja, y un arma mortal que lamentablemente, casi siempre termina en tragedia.
Educar en inteligencia emocional, fomentar relaciones sanas basadas en el respeto y la confianza, romper con mitos culturales de la posesión, machismo, sobrades y, sobre todo, reconocer los propios vacíos, heridas, mal ejemplo, acciones alcahuetas y temores, son pasos ineludibles para erradicar este mal, porque el amor verdadero no cela, acompaña, confía, permite crecer, y el amor verdadero no vigila, sino que observa, escucha, acepta y en fin… el amor verdadero no encarcela, libera.
En conclusión, la celofobia mata el alma, mata la paz, y en los casos más extremos, mata literalmente; y mientras siga siendo ignorada, minimizada o romantizada, seguirá cobrando víctimas en todos los rincones de nuestra sociedad, razón por la que no hay que temer, callar, o tratar de ocultar, y menos mantener en la sombra
Por último, los comportamientos aberrantes de las personas que hacen daño, se deben denunciar, hablar con familiares y amigos cercanos, porque de no hacerse, significa convertirse no solo en víctima sino en cómplice masoquista de un enfermo(a) que requiere tratamiento médico para curar una peligrosa patología; aquella que jamás curará el silencio.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
