En los distintos escenarios de la vida, la familia, la escuela, las empresas, las instituciones públicas y privadas, existe un concepto que con frecuencia se malinterpreta: la autoridad.

Muy a menudo se confunde con el autoritarismo, con la imposición brusca de la voluntad, con la necesidad de hacerse sentir a través del grito o con la costumbre de humillar para doblegar. Nada más lejano de la verdadera esencia de lo que significa ejercer autoridad.

La autoridad no se impone a gritos. Quien necesita alzar la voz para hacerse obedecer ya ha perdido de antemano la legitimidad de su palabra, porque el grito o la humillación no convencen: intimidan. Y lo que se obtiene bajo la intimidación no es respeto, sino miedo. 

Pero el miedo, como todo recurso frágil, se desvanece en cuanto la presencia del gritón se aleja; entonces la obediencia se convierte en apariencia, en máscara momentánea, en sumisión fingida que jamás construye confianza ni tejido humano sólido.

Tampoco la autoridad se ejerce a través de la humillación, porque rebajar al otro, exhibirlo en público o herir su dignidad puede dar la ilusión de control inmediato, pero en realidad siembra resentimiento y destruye toda posibilidad de reconocimiento genuino. Una comunidad que se guía por la humillación es una comunidad quebrada, y una institución que fomente la burla o la descalificación como método de mando está destinada a fracturarse desde dentro.

Menos aún la autoridad se demuestra con el alarde de poder. Quien necesita mostrar títulos, cargos, estrellas o privilegios para hacerse escuchar está, en realidad, confesando su propia inseguridad. La autoridad auténtica no se ostenta: se reconoce. No necesita adornarse de escudos ni de discursos altisonantes, porque se fundamenta en algo más profundo y duradero: la coherencia.

La verdadera autoridad nace del ejemplo y se sostiene en la rectitud de quien cumple lo que exige, de quien respeta tanto como espera ser respetado, de quien sabe escuchar antes de ordenar y comprender antes de sancionar. El liderazgo genuino no consiste en aplastar, sino en inspirar; no en doblegar, sino en orientar; no en mostrar fuerza, sino en cultivar confianza.

La historia está llena de ejemplos que lo confirman y los grandes líderes, los que dejaron huella imborrable en sus pueblos, fueron aquellos que supieron guiar con firmeza, sí, pero también con respeto. Aquellos cuya voz no necesitaba del grito porque estaba sostenida en la autoridad moral, en la congruencia entre lo que pensaban, decían y hacían.

Hoy, más que nunca, urge recordar esta verdad: el poder sin respeto degenera en abuso, y la autoridad sin justicia se convierte en tiranía. Una sociedad que se precie de ser democrática y humana no puede aceptar que el grito, la humillación o el alarde de poder sean los lenguajes para guiar la convivencia.

El poder pasa, se marchita y se extingue como humo en el viento; en cambio, el respeto hacia el otro permanece, trasciende y se convierte en la única herencia moral que verdaderamente perdura.

Quien se refugia en la altivez y hace uso de su efímero poder para imponer respeto, lejos de engrandecerse, se muestra inferior. El que necesita de gritos o amenazas para sostener su liderazgo no proyecta autoridad, sino debilidad; no inspira confianza, sino temor momentáneo; no construye, sino que erosiona la dignidad de quienes lo rodean. Esa clase de poder es frágil y se diluye con el tiempo, pues nada edificado sobre la soberbia puede perdurar.

En contraste, quien dirige con inteligencia, prudencia y respeto encuentra la manera de guiar sin avasallar, de persuadir sin imponer, de orientar sin quebrantar. Ese líder no marcha solo ni necesita exhibir trofeos de mando, porque avanza acompañado de sus coequiperos, que lo siguen no por obligación, sino por convicción; no por miedo, sino por reconocimiento. Y cuando llega a la meta, lo hace fortalecido en la confianza mutua, dejando como legado no la sombra de un trono pasajero, sino la huella perdurable de un liderazgo humano y verdadero.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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