Colombia es un país que vive atrapado en una paradoja tan intensa como dolorosa: es al mismo tiempo un sueño que inspira y una pesadilla que atormenta. 

Una nación que despierta admiración por su riqueza natural, cultural, patrimonial y humana, pero que también arrastra cicatrices insondables marcadas por la violencia, la corrupción y la polarización desmedida.

Sueño porque, a pesar de los pesares, a pesar de los años de muertes violentas, secuestros que desgarran familias, tomas guerrilleras que siembran el terror en pueblos enteros, abusos contra niños, mujeres y ciudadanos en general, y tantas fragilidades que han puesto a prueba nuestra dignidad, aún subsiste una fuerza invencible que sostiene la esperanza. 

El pueblo colombiano, con una resiliencia casi sobrehumana, ha demostrado que sabe levantarse, reconstruirse y seguir soñando futuros posibles.

Pesadilla porque la polarización política y social se ha intensificado hasta un punto en el que ya no se puede disentir sin ser enemigo, o sin que se nos marque como el ganado con el hierro ardiente, a qué lote pertenecemos. 

La vida pública se ha convertido en un campo de batalla donde lo que debería ser debate se ha transformado en ofensa, y lo que debería ser diálogo se ha degradado en insulto. 

El respeto mutuo, la tolerancia y la capacidad de convivir en la diferencia parecen haber sido arrojados por la borda, sustituidos por una lógica de enfrentamiento que erosiona la confianza y hace cada día más inviable la construcción colectiva.

Sueño porque este territorio, exuberante en paisajes y en historia, aún guarda intacta la posibilidad de convertirse en tierra fértil para propósitos esperanzadores. Con sus montañas majestuosas, selvas infinitas, ríos que alimentan la vida y mares que susurran posibilidades, Colombia sigue siendo un país privilegiado en su geografía. 

Pero más allá de la naturaleza, son sus patrimonios culturales, sus pueblos ancestrales, sus tradiciones campesinas, sus músicas, danzas y saberes los que soportan la ilusión de un país que puede y debe reinventarse.

Lo hace también, el empeño de nuestros deportistas por entregarle alegrías al país colgándose el oro a su cuello o alzando las anheladas copas donde cabe el pálpito de una nación entera; y qué decir de la grandeza del talento colombiano en todas las áreas, que se abre caminos en el exterior, ratificando los sentimientos de orgullo por haber nacido en esta bendita tierra.

Pesadilla porque esa misma riqueza convive con una dirigencia cada vez más atrapada en la mezquindad y en la corrupción. Muchos de sus líderes llamados a representar el sentir popular se muestran más ocupados en satisfacer ambiciones personales que en defender los intereses comunes. 

El servicio público se convierte en botín, la política en mercancía y la corrupción en un monstruo que corroe lentamente las instituciones. 

La desconfianza en quienes lideran se agudiza, y con ella, se debilita la fe en la democracia; y a pesar de esta percepción general y aún entre esta dolorosa multitud, sobresalen algunos dirigentes que se juegan el todo por el todo para cambiar esas lógicas absurdas que se han enquistado en las células profundas de la sociedad.

Sueño porque aún existen millones de colombianos que resisten con dignidad: campesinos que cultivan la tierra, maestros que enseñan en condiciones adversas, artistas que narran nuestra identidad desde el teatro, la danza, la música o la pintura, atletas que lo dejan todo para llegar con las manos arriba en señal de victoria, jóvenes que se niegan a perder la fe en un país mejor, y científicos e intelectuales que, desde sus laboratorios, buscan soluciones a problemas que afectan a todos. Sueño porque todavía hay manos dispuestas a construir y corazones abiertos a creer que otra Colombia sí es posible.

Pesadilla porque también se multiplican las señales de fractura: comunidades despojadas, territorios abandonados a la violencia criminal, ciudadanos atemorizados por la inseguridad en las calles, y una casta que, poco a poco, naturaliza el insulto, la agresión y la indiferencia. La desunión se regla y el tejido social se resquebraja, dejando al país expuesto a un abismo moral y ético cada vez más oscuro.

Colombia es, en esencia, una nación en disputa consigo misma: entre su capacidad de soñar con grandeza y su propensión a hundirse en sus propios fantasmas. 

Esa es nuestra encrucijada, por lo que el desafío histórico consiste en lograr que el sueño prevalezca sobre la pesadilla, que la ilusión derrote al miedo, que la unidad se imponga sobre la fragmentación, y que la honestidad recupere el lugar que la descomposición ha usurpado.

Colombia será, en últimas, lo que decidamos como sociedad: un sueño agrupado capaz de dar vida a porvenires dignos o una pesadilla interminable donde la división, la ambición y la intimidación terminen por silenciar la voz de la esperanza.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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