En días pasados se volvió a celebrar el día del músico en silencio.

Celebrar el día del músico en Colombia “con las voces mudas” no es una metáfora bonita: es un retrato exacto de lo que somos como sociedad frente a quienes nos dan banda sonora para existir.

Aquí la música está en todas partes, en el altar y en el jolgorio, en el funeral y en el estadio, en la protesta y en la fiesta del barrio, pero el músico, que es quien hace posible esa presencia, sigue tratado como si fuera un invitado secundario de la vida nacional.

Se le llama y se le necesita cuando se quiere emoción, se le usa cuando se requiere ambiente, se le aplaude cuando se pide espectáculo, pero se le olvida apenas pasa la canción y esa es quizá la hipocresía e ignorancia central, porque amamos la música como consumo inmediato, pero despreciamos al músico como profesional. Lo queremos encendido en la tarima y apagado en la realidad.

Lo más duro es que esa indiferencia no nace sólo del estado o de algunos de los que lideran la cultura, porque, aunque su silencio sea cómplice y frecuente, nace también de nuestra mentalidad íntima, familiar, casi automática.

La pregunta que se repite cuando un hijo dice que va a estudiar música es: “y fuera de la música, ¿qué vas a hacer”? Esto revela una estructura de prejuicio profundamente arraigada, por cuanto en Colombia el arte todavía no cuenta como trabajo real y es visto como capricho, como hobby, como don que debería ejercerse por amor y no por derecho.

Es una violencia disfrazada de prudencia, porque esa pregunta, como muchas otras, no investiga el futuro; lo condena y traduce en algo así como: “eso no te va a dar estatus”, “eso no da plata”, “eso no es serio”. Y sin darnos cuenta, con esas frases domesticamos el sueño del otro y lo empujamos a un mundo donde su vocación debe pedir perdón por existir.

Pero el problema no es solo de atraso cultural; es económico y estructural, porque vivir de la música en Colombia se vuelve titánico toda vez que el sistema está hecho para que el músico sea informal, barato y reemplazable.

Se contrata sin contratos, se paga tarde o mal, se exige disponibilidad total y se remunera como si fuese un favor. Se usa la palabra “visibilidad” como moneda de pago, como si la renta, la comida o la salud aceptaran aplausos en vez de dinero.

El nuestro es un país que presume de su riqueza musical mientras empobrece a quienes la sostienen. ¿Qué sentido tiene llenar los párrafos de los discursos anotando con voz erguida que “la música es identidad” si al músico se le trata como un accesorio?

Esa contradicción no es ingenua; es explotación cultural normalizada y, sin embargo, la comparación que haces con el médico es perfecta, porque coloca las cosas donde deben estar. Un médico sale a medianoche con un maletín para aliviar el cuerpo; un músico sale a medianoche con un instrumento para aliviar el alma social de sus clientes.

Uno cura dolencias físicas, el otro cura silencios emocionales y sostiene rituales humanos sin los cuales la vida sería una hoja seca. La diferencia es que la sociedad reconoce como urgencia lo físico, pero trivializa lo espiritual y no entiende que la música no es un adorno; es una tecnología emocional ancestral y un servicio profesional de alto nivel, porque detrás de cada canción bien interpretada hay años de disciplina, teoría, lectura, entrenamiento muscular, sensibilidad interpretativa, historia, cultura, una ciencia del oído y del tiempo. No es magia: es trabajo cualificado.

Entonces, ¿Cómo se cambia esto sin quedarse sólo en el reclamo y la indignación?

Primero, hay que decirlo sin miedo; la música es una profesión y debe ser tratada como tal. No porque “qué bonito”, sino porque cumple funciones sociales, económicas y culturales indispensables y si no lo denominamos así, seguiremos atrapados en el romanticismo que alimenta la precariedad.

La segunda tarea es educativa, porque mientras en la infancia y adolescencia la música sea vista como talento secundario, el músico seguirá siendo visto como aficionado eterno.

Necesitamos formación musical pública fuerte, sí, pero también una pedagogía social que enseñe que el músico no es “el que toca por gusto”, sino el que presta un servicio experto, como cualquier otro profesional, y no se trata de convencer a todos de ser artistas; se trata de convencer a todos de respetar el oficio artístico.

La tercera tarea es gremial y colectiva, porque mientras cada músico negocie solo, seguirá perdiendo contra un mercado informal que se aprovecha del miedo a quedarse sin toque.

Se necesitan organizaciones sólidas, tarifas mínimas acordadas, contratos tipo, asesoría legal, presión pública para pagos dignos, toda vez que la precariedad no se resuelve solo con amor al arte; se resuelve con estructura colectiva que convierta el talento en trabajo sostenible y eso implica también que los músicos aprendan a verse a sí mismos como trabajadores con derechos, no como suplicantes de oportunidades. La disciplina artística debe ir acompañada de disciplina económica y política.

La cuarta tarea es estatal, pero no en el sentido cortoplacista de: “hagamos festivales” porque los festivales duran tres días y en cambio la vida del músico dura décadas.

El Estado tiene que construir un ecosistema: contratación formal en eventos públicos, estímulos con continuidad (no solo convocatorias intermitentes), seguridad social real para artistas, circuitos regionales sostenidos, incentivos para salas y escenarios, y transparencia total en la distribución de recursos culturales, porque cultura no es evento: cultura es sistema. Y donde no hay sistema, hay explotación.

Y la quinta tarea es social, íntima y sin excusas: dejar de regatear la belleza. Si un país paga millones en licor, viáticos, viajes, hoteles, francachelas sin pestañear, pero se indigna al pagar justamente a una banda, el problema no es falta de plata: es falta de respeto.

Un público que normaliza pagar poco produce un mercado de miseria, ya que no hay dignificación posible sin consumidores conscientes de que el arte se paga cómo se paga la medicina o el derecho: con gratitud, sí, pero también con justicia material.

Al final, lo que está en juego no es solo la vida del músico; es la vida cultural de Colombia, porque un país que desprecia al músico termina empobreciéndose a sí mismo y se queda sin relato propio.

La música no solo acompaña; interpreta el país, registra su dolor, celebra su resistencia, traduce lo indecible y cuando silenciamos al músico, silenciamos una parte esencial de nosotros mismos.

Por eso no basta con felicitaciones tibias una vez al año, por cuanto lo que se necesita es una revolución de mirada: pasar del “qué lindo lo que haces” al “qué importante lo que produces, y por eso mereces vivir dignamente de ello”.

Solo cuando entendamos que la música también es trabajo, y trabajo vital, dejará de celebrarse en silencio y empezará a celebrarse como se celebra lo que sostiene la vida.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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