El Aguinaldo Boyacense, en su septuagésima versión, no es un simple evento; es la memoria festiva de Tunja, el crisol de nuestra identidad decembrina. Esta edición 2025, sin embargo, está condenada a ser recordada como una decepción histórica, una fiesta concebida para el negocio fugaz y la complacencia de unos pocos, dejando en penumbra el goce y el espíritu familiar. Es el triste epitafio de una tradición que, ante nuestros ojos, se desvanece por una gestión que parece haberle dado la espalda al corazón del pueblo.
La evidencia más contundente de este Aguinaldo mal estructurado se encuentra donde más debería brillar: en la luz. Si la Navidad exige esplendor, Tunja apenas destella. La escasa y pobre iluminación dispuesta por la administración es el síntoma de una profunda desorientación. El ícono de la ciudad, la Plaza de Bolívar, languidece. Aparte de la decoración que adorna con justicia la Gobernación, el edificio de la Lotería de Boyacá, la Catedral y el histórico Balcón de la Casa Martín de Rojas, el resto de la Plaza carece del encanto y la magia que atraen al turista. Esta no es una crítica caprichosa; es el eco de cientos o quizás de miles de voces ciudadanas que se alzan en desilusión.
Frente a este clamor, la defensa oficial recurre al argumento más perezoso: que el pueblo protesta por «ganas de molestar». Argumentan que el gasto en luces será igualmente criticado. Pero la verdad es otra: mientras la crítica al despilfarro siempre existirá, la inversión decidida en alumbrado generaría una ola de opiniones favorables. Puede parecer absurdo gastar en bombillitos cuando hay tantas necesidades sociales, pero destinar unos escasos millones más no desangraría el presupuesto. Al contrario, se convertiría en una verdadera inversión. Una ciudad que brilla en Navidad es un imán de potenciales turistas; una derrama económica que perdura, mucho más valiosa que el eco de un concierto.
Es aquí donde se revela el abismo de las prioridades. ¿No era infinitamente más sensato destinar unos 500 millones adicionales a potenciar la iluminación de la Plaza de Bolívar y, a cambio, retirar de la nómina a uno de esos artistas de «pipiripao»? Hablamos de nombres como Ace of Base, cuya carrera se sostiene en un par de éxitos de hace tres décadas, caso similar al de La Bouche en 2024, artistas que ni llenan un escenario ni son conocidos por la mayoría de los tunjanos, sino que son traídos por el gusto particular del Secretario de Cultura. Esos quinientos millones en luces habrían perdurado todo diciembre y parte de enero, ofreciendo un regalo diario a la ciudad, en lugar de ser evaporados en unas cuantas horas de tarima para un público reducido, a menudo ensimismado en la cultura del consumo de licor.
De forma igualmente cuestionable, se han dedicado grandes esfuerzos a iluminar el sector del letrero gigante al occidente de la ciudad. Si bien su efecto propagandístico es innegable, su utilidad para el disfrute ciudadano es nula. No basta con una caminata diurna. Para que el lugar se consolide como un destino, se necesitarían rutas circulares permanentes en la noche, que garanticen el acceso a la mayoría de los tunjanos y visitantes que, hoy por hoy, no saben cómo llegar o temen hacerlo por cuenta propia. ¿No fue un despropósito llevar allí el árbol navideño, en lugar de ubicarlo en la Plaza de Bolívar, el verdadero punto icónico de la ciudad? Sin embargo, aquí se optó por ofrecer toda la Plaza de Bolívar al servicio de un privado, que se quedará con el grueso del negocio en el que el gran inversor fue el ciudadano residente de Tunja. El letrero requiere, además de luces, una oferta de ocio complementaria que hasta ahora ha sido imposible de materializar, y sobre la que se ha manifestado la necesidad en anteriores oportunidades, dado que el letrero ya lleva meses en ese lugar.
Es una profunda vergüenza que Tunja, la capital, sea superada en alumbrado navideño por pequeños pueblos de Boyacá. El discurso de que «la plata alcanza» no se sostiene, al menos no para algo tan básico como atraer turistas con bombillitos. La precaria situación apenas alcanzó para una caja o urna para fotos con la mascota del Aguinaldo en el Día de las Velitas, un evento cuya asistencia fue baja, pues su atractivo fue esta urna y un par de artistas que además torpedearon e irrespetaron las celebraciones religiosas que dan sentido a esa fecha.
La herida más profunda de este declive es el desprecio a la tradición familiar. Los desfiles de carrozas, la médula del Aguinaldo durante 70 años, han sido relegados a una tradición moribunda. Hace décadas, los desfiles se hacían los seis días que dura el Aguinaldo, y congregaban a multitudes a lo largo de innumerables cuadras, a diferencia de estos tiempos, en los que apenas se llenan las calles aledañas a la Plaza de Bolívar y un par de cuadras tanto al norte como al sur. Ahora, este goce infantil y familiar es sustituido por costosos artistas que no son representativos de la región, y que tienden a potenciar la cultura de la del “chupe”, incluso invitando a ello desde el escenario.

El Alcalde, Mikhail Krasnov, al lanzar el Plan Navidad, hizo una confesión que lo dice todo: ninguno de los artistas le gusta «así más de la cuenta», pero los eligió porque supuestamente “es lo que le gusta a la gente». Surge la pregunta ineludible: ¿Cuál gente? ¿Qué concepto tiene nuestro Alcalde de nosotros que asume que lo único que gusta al «populacho» o la «plebe» es la música popular, banda y mexicana, géneros con poco arraigo boyacense, como si estuviéramos organizando un festival del despecho?
Si bien es válido incluir estos géneros, es escandaloso que la nómina esté copada casi en exclusiva por artistas y agrupaciones de estos géneros, lo que sugiere una obligación con un mismo representante. Se necesita una nómina más variada, con mayor representación local, y no tan numerosa. La calidad debe primar sobre la cantidad, tal como ocurrió con el acierto de Marco Antonio Solís en el FICC (Festival Internacional de la Cultura Campesina), quien por sí solo garantizó el lleno del estadio La Independencia. Esos recursos malgastados en un extenso listado de artistas que no llenarán, y que ni siquiera son locales, deberían haberse invertido en dignificar y hacer más continuos los desfiles de carrozas, en mejorar el desfile de autos clásicos (atrayendo propietarios de vehículos de otras ciudades, en lugar de despilfarrar en un Dr. Alban que pocos conocen), y, por supuesto, en complementar la iluminación en las desatendidas zonas norte (desde los concesionarios) y sur (Carrera 11).
El Aguinaldo número 70 está tristemente diseñado para el disfrute de un puñado de días de conciertos (tres o cuatro), dejando el resto de diciembre de 2025 como un mes intrascendente. La ciudad no supo proyectar un evento a la altura de su efeméride, condenándola a competir en desventaja contra la Feria de Cali, la de Manizales o el Festival de Blancos y Negros de Pasto. El Aguinaldo debe ser único, no una copia de los artistas que un manager ofrece en serie por todo el país.
El anunciado show de drones y el montaje escénico circense son un acierto, pero su contratación a última hora (programada para el 15 de diciembre) es una espada de Damocles que pende sobre su realización, sin que quede claro si su costo es parte del presupuesto base de $8.063 millones o un rubro adicional.
En definitiva, el declive del tradicional Aguinaldo Boyacense es una suma de despropósitos: luces escasas que dan un aire de abandono, la apariencia de galpón o carcelaria del enrejado de la Plaza de Bolívar que evidencia una estratificación de lo que alguna vez fue una fiesta popular y, sobre todo, el cruel desahucio de las carrozas familiares en favor de un negocio de conciertos. Como lo claman nuestros lectores (https://www.facebook.com/share/p/1A9tpd1aCD/), que denuncian una iluminación «pésima», «reciclada» y «una vergüenza», la ciudad capital se ha quedado a oscuras, traicionando a sus familias y vendiendo su tradición por unas cuantas horas de rumba.
Tomado de: Periódico El Tunjano
