Las luces decembrinas empiezan a encenderse y, con ellas, el ánimo festivo que parece envolver a ciudades y pueblos por igual. Diciembre, con su promesa de encuentros familiares, aguinaldos, novenas, festividades religiosas y feriados laborales, debería ser un mes de tregua y celebración.

Sin embargo, año tras año se repite un fenómeno doloroso y predecible: la mezcla fatal entre el exceso de licor y la imprudencia humana convierte el jolgorio en tragedia, y lo que nació para unir termina desbaratando hogares, vidas y comunidades enteras.

La temporada navideña se ha vuelto terreno fértil para lo que algunos ya describen como el ciclo del “trago y estrago”: beber sin medida, sin conciencia y sin responsabilidad, seguido del daño que ese mismo consumo descontrolado deja tras de sí. Es un patrón que no distingue estratos ni edades y que, pese a las campañas institucionales, las regulaciones y el bombardeo de mensajes preventivos, sigue cobrando víctimas todos los años.

En las calles, las consecuencias son tan visibles como dolorosas. ¿Cuántos atropellados más se necesitan para que los ciudadanos entiendan que mezclar trago con gasolina es una combinación mortal? 

Conductores ebrios que se creen invencibles aceleran como si las vías urbanas fueran pistas de competencia, ignorando los avisos luminosos que indican la velocidad máxima o los mensajes pintados en el pavimento que claman prudencia. 

La ciudad, en esas noches, se convierte en una autopista de la muerte donde la irresponsabilidad al volante cobra vidas inocentes: peatones que regresan a casa, trabajadores nocturnos, niños que cruzan frente a su barrio. Nadie está a salvo cuando la inconsciencia gobierna un volante.

Pero la tragedia no se queda únicamente en la vía pública, porque también entra, a empujones, a los hogares. El consumo de alcohol se convierte, para muchas familias, en el detonante de episodios de violencia intrafamiliar que dejan cicatrices más profundas que cualquier accidente. 

En innumerables casas, niños y niñas viven en carne propia el terror de ver a sus padres enfrentados en discusiones que escalan a insultos, golpes, destrucción. El sonido de una botella destapándose se transforma, para ellos, en la antesala del miedo. 

¿Cuántos hogares se desmoronan en estas fechas por culpa de discusiones provocadas bajo los efectos del alcohol? ¿Cuántos menores crecen sintiendo que diciembre no es un tiempo de magia, sino un campo minado emocional del que no saben cómo escapar?

Las cifras, si se contaran una por una, no solo serían alarmantes, serían vergonzosas, porque detrás de cada número hay una silla vacía en una cena familiar, un niño que llora en silencio, una madre que no regresa, un padre que queda postrado, una familia desgarrada. 

Y aunque las autoridades repitan cada año sus campañas de prevención, aunque los medios de comunicación adviertan de los peligros, aunque se instalen controles y comparendos, el problema sigue siendo más profundo: es cultural, es social, es personal.

Diciembre debería ser un mes para recordar que la vida es frágil y valiosa, no para comprobar cuán vulnerables somos ante la imprudencia. La responsabilidad individual, esa que empieza por saber decir “no manejo”, “he bebido lo suficiente”, “no quiero discutir”, “me voy a casa”, parece diluirse entre brindis interminables y celebraciones que olvidan su verdadero propósito. La fiesta no exige exceso; exige conciencia.

Es hora de que esta temporada deje de asociarse con tragedias evitables y que entendamos, de una vez por todas, que el disfrute no está reñido con el cuidado, que celebrar no significa destruir, que el licor no es excusa ni combustible para la violencia o la imprudencia.

Tal vez el verdadero espíritu de fin de año sea justamente ese: aprender a celebrar sin convertir la alegría ajena o propia en un riesgo y que el “trago” no conduzca al “estrago”. 

Que el brindis no termine en luto y que, por primera vez en mucho tiempo, diciembre sea un mes donde las noticias hablen más de unión que de tragedia y más de vida que de muerte, porque resulta paradójico que, mientras celebramos el nacimiento del Niño en el pesebre, ahoguemos la existencia de los seres queridos que nos rodean. 

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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