En estas épocas de “las y los”, de revoluciones sociales proclamadas a gritos y de una supuesta modernidad que confunde libertad con permisividad, asistimos también a la peligrosa normalización de lo que antes generaba debate y rechazo.
Bajo la bandera de la libertad artística y el entretenimiento, se han legitimado discursos que no solo degradan a la mujer, sino que erosionan silenciosamente los valores que una sociedad dice defender con fervor en el espacio público.
Durante décadas se nos ha enseñado que la música es identidad cultural, memoria colectiva y expresión popular; pero rara vez se insiste en que también es un poderoso agente formador. La música educa, moldea imaginarios y construye conductas; por eso resulta urgente preguntarnos qué estamos escuchando, qué estamos celebrando y, sobre todo, qué estamos transmitiendo a las nuevas generaciones.
Hoy basta con detenerse a escuchar, con verdadera atención, los títulos de muchas canciones que suenan de forma insistente en fiestas, emisoras y plataformas digitales. El vallenato, «Dos mujeres». Un título que no necesita explicación adicional para normalizar la infidelidad y presentar el engaño como algo simpático, casi anecdótico, convertido en tradición sonora de las celebraciones navideñas. No hay cuestionamiento moral ni reflexión emocional: hay exaltación de la acumulación y la cosificación.
Más explícito y perturbador resulta «Dame tu mujer, José». El título, sin metáforas ni sutilezas, expone una visión arcaica y violenta: la mujer como propiedad transferible, como promesa incumplida, como objeto de intercambio entre hombres. No hay voluntad femenina, no hay decisión propia; solo una transacción narrada con ligereza y cantada con alegría.
En el ámbito de la música urbana, la narrativa es cada día más aberrante. «Felices los cuatro» convierte la infidelidad múltiple en un estribillo alegre, minimizando el impacto emocional de las relaciones humanas y promoviendo la superficialidad afectiva. Aquí la traición deja de ser conflicto para convertirse en celebración colectiva. Todo vale, siempre que nadie pregunte demasiado.
A esto se suma cientos de letras como «Perrea, mami, perrea», un título que reduce a la mujer a un cuerpo sin rostro ni historia, destinado únicamente al consumo visual y sexual. La repetición constante de este mandato no es casual: refuerza la idea de que el valor femenino se mide en movimiento, disponibilidad y exhibición; siendo aún más degradante referirse a la mamá de manera tan baja y repudiable.
Lo verdaderamente preocupante es que estas canciones no se consumen en espacios aislados o marginales, sino que suenan en reuniones familiares, en celebraciones decembrinas, en el automóvil camino al colegio y en la intimidad del hogar. Las repiten niños y niñas con inocencia, sin comprender el contenido de las palabras que pronuncian, pero absorbiendo lentamente su significado.
Lo que hoy se canta como juego, mañana se asimila como conducta, porque los niños no solo repiten letras: las internalizan y poco a poco, esos mensajes se instalan en el imaginario, se normalizan y comienzan a moldear formas de pensar, de relacionarse y de percibir al otro. Así, la cosificación, la infidelidad y la desvalorización se convierten en referentes aceptables de la vida cotidiana.
De ahí la enorme responsabilidad de los adultos, porque no basta con decir que “solo es música” o que “el ritmo es pegajoso”. Precisamente ahí radica el peligro, ya que los ritmos contagiosos funcionan como caballos de troya que introducen mensajes subliminales en el disco duro de los cerebros infantiles, almacenando ideas que más adelante se traducirán en actitudes y comportamientos.
Saber escuchar no es arruinar la fiesta; es ejercer conciencia. Escuchar la letra, entender el mensaje y preguntarse qué tipo de sociedad estamos ayudando a construir cada vez que reproducimos una canción sin cuestionarla. Porque lo pegajoso pasa, pero lo aprendido permanece.
Y es que, no se trata de censura ni de prohibición, sino de responsabilidad cultural, porque la música no es inocente, los títulos no son neutros. Nombran, legitiman y normalizan realidades y cuando una sociedad decide bailar sin pensar, termina educando sin darse cuenta. No todo lo que se repite merece respeto ni todo lo que se hereda debe conservarse. Hay tradiciones que no educan: deforman. Tradiciones que no representan identidad, sino comodidad moral.
Ampararse en la excusa de “así ha sido siempre” para justificar letras que cosifican a la mujer, glorifican la infidelidad y normalizan la violencia simbólica no es defender la cultura, es renunciar a la conciencia, porque las verdaderas tradiciones elevan, construyen y humanizan; las falsas se perpetúan porque nadie se atreve a cuestionarlas.
Y mientras en estas épocas festivas, sigamos bailando, cantando y enseñando estas letras a nuestros hijos sin pensar, no estaremos preservando una herencia cultural, sino transmitiendo un error aprendido que, tarde o temprano, volverá a cobrarnos la factura social.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
