El 2026 comenzó, como suele ocurrir en los años preelectorales, con una ocupación agresiva e invasiva del espacio público y digital. Vallas, pancartas, estrategias auditivas y una avalancha de contenido en redes sociales anuncian, sin pudor, sin pausa y sin contexto, las aspiraciones de quienes buscan llegar a las curules del Congreso y la Cámara, así como de aquellos que desde hace meses se autoproclaman opción para ocupar el primer cargo de la República; este por supuesto no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más exacerbado. Una carrera anticipada donde la visibilidad reemplazó al debate.
La escena se repite con precisión ritual y por eso, nombres, rostros y consignas se multiplican en una competencia desordenada por existir políticamente, como si la presencia mediática fuese sinónimo de viabilidad electoral. En medio de este ruido ensordecedor, la pregunta deja de ser retórica y se vuelve obligatoria: ¿hay realmente cama pa’ tanta gente?
La respuesta, aunque fastidiosa para muchos aspirantes, es menos emocional que jurídica y más allá del entusiasmo militante o del populismo que suele adornar estos procesos, el sistema político colombiano no está diseñado para absorber aspiraciones individuales sin límite.
La democracia representativa no funciona por acumulación de voluntades personales, sino por reglas constitucionales estrictas que delimitan quién puede competir, cómo puede hacerlo y bajo qué condiciones.
La Constitución Política es clara: el acceso al poder se canaliza a través de partidos y movimientos con personería jurídica, concebidos no como formalidades administrativas, sino como filtros institucionales que ordenan el sistema, reducen la dispersión y garantizan mínimos de coherencia programática.
En consecuencia, no todas las aspiraciones que hoy se exhiben con estridencia llegarán siquiera a la línea de partida formal. Avales, umbrales electorales, mecanismos de democracia interna y reglas de financiación operan como procesos de depuración que muchos parecen ignorar, o subestimar, en medio de la euforia preelectoral.
El exceso de nombres en escena, lejos de ser una señal de fortaleza democrática, es síntoma de fragmentación política, toda vez que una democracia saturada de candidaturas sin proyecto colectivo no se fortalece; se debilita y cuando el debate público se diluye entre decenas de aspiraciones personalistas, el riesgo no es solo la confusión del electorado, sino la banalización de la política como ejercicio serio de representación y toma de decisiones.
Por eso, la discusión de fondo no debería limitarse a si existen suficientes cargos para tantos aspirantes, sino a una pregunta más difícil: ¿existen realmente proyectos políticos, estructuras partidarias sólidas y sentido de responsabilidad democrática que justifiquen tal proliferación de candidaturas? Porque la política no es una cama elástica donde todos pueden saltar indefinidamente; es un espacio reglado, con límites claros, donde solo permanecen quienes logran articular legitimidad, respaldo ciudadano y viabilidad legal.
El actual agite político también deja en evidencia otra constante preocupante: la reaparición de quienes, tras haber sido elegidos, se desconectaron rápidamente de quienes los llevaron al poder, y ahora regresan al escenario con discursos renovados, pero prácticas conocidas.
A ellos se suman otros tantos que, aun sin trayectoria, preparación o resultados verificables, aspiran a ocupar posiciones de privilegio dentro del Estado y esta saturada lista convive, sin embargo, con un grupo más reducido pero sustancial: el de aquellos que sí han cumplido con el mandato ciudadano y pueden sustentar sus aspiraciones no en promesas recicladas ni en emociones prefabricadas, sino en hechos concretos. Y en política, los hechos, aunque menos ruidosos, siguen siendo el lenguaje más elocuente.
Ahora bien, ¿cómo se distribuye realmente esa “cama” en Colombia? El mapa político nacional está conformado por partidos y movimientos con personería jurídica reconocida por el Consejo Nacional Electoral, que abarcan desde colectividades tradicionales hasta fuerzas emergentes de derecha, centro e izquierda.
La representación legislativa se estructura en dos corporaciones: el Senado de la República, con 108 curules, 100 asignadas por circunscripción nacional, 2 para comunidades indígenas, 5 derivadas del Acuerdo de Paz y 1 para el segundo en votación presidencial, y la Cámara de Representantes, con 188 curules distribuidas entre circunscripciones territoriales, especiales e internacionales.
La asignación de estos escaños responde a un sistema de representación proporcional, sustentado en el umbral electoral y el método de cifra repartidora, un mecanismo que favorece la concentración del voto y castiga la dispersión.
En otras palabras, no es el volumen de candidatos lo que define la representación, sino la capacidad real de los partidos para organizarse, sumar apoyos, superar el umbral legal y convertir respaldo ciudadano en poder efectivo.
Gustenos o no, esa es la verdadera matemática del poder legislativo en Colombia; una realidad que muchos parecen desconocer, o prefieren ignorar, cuando confunden aspiración con posibilidad real, porque en política, como en la vida, no basta con querer entrar: hay que cumplir las reglas de la casa.
Y… no, definitivamente, no hay cama pa’ tanta gente.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
