La política contemporánea ha mutado en una suerte de escenografía teatral donde el hormigón y el impacto social importa menos que el encuadre de la cámara. En Tunja, esta máxima ha encontrado su profeta en el alcalde Mikhail Krasnov, quien, en la semana que hoy agoniza, nos ha regalado una nueva entrega de su ya acostumbrada ficción administrativa. Esta vez, el reparto incluyó a un actor que se ha vuelto mobiliario común en la propaganda oficial: su primo, Dmitrii Rudkov. El señor Rudkov, cuya presencia en las piezas audiovisuales de la Alcaldía es tan habitual como inexplicable en términos de gestión pública, parece ser la pieza clave de un engranaje diseñado no para pavimentar calles, sino para pavimentar percepciones.

En una reciente última aparición en redes sociales, el burgomaestre intentó una pirueta retórica audaz: justificar la parálisis en el arreglo de la malla vial mientras, en un alarde de desconexión con la realidad, el texto acompañante pregonaba la «alta calidad» de las intervenciones realizadas. Es aquí donde la suspicacia ciudadana se transforma en abierta incredulidad. Para el tunjano que transita diariamente por el calvario de sus avenidas, las afirmaciones del Alcalde no son solo falsas; son un insulto a la inteligencia.

Hablemos de esa «calidad» que Krasnov defiende con el fervor de quien no tiene que cambiar amortiguadores cada mes. Los reparcheos en la Avenida Universitaria son una oda a la obsolescencia programada. Se realizaron al menos dos intervenciones en apenas un semestre, lo que demuestra que la durabilidad de la obra pública en esta administración es tan efímera como una promesa de campaña. El panorama se repite con una monotonía deprimente en la Carrera 14, en el barrio Libertador, en el barrio San Antonio, en la Calle 41 del barrio Santa Inés. Sin embargo, uno de los más grandes monumentos al despropósito técnico se erige en la Calle 17, donde la vía se asemeja más a una atracción del desaparecido «Cici-Aquapark» que a una calle urbana digna.

Pero este patrón de manipulación no se limita al asfalto; se extiende con cinismo hacia los servicios públicos. Con la misma ligereza con la que alaba parches mal puestos, Krasnov, hace unas semanas, salió en un video a asegurar que ha solicitado reiteradamente a Urbaser, la empresa de aseo, una reducción en las tarifas. Es una jugada maestra de populismo, pues el Alcalde sabe perfectamente (porque se lo han explicado con rigor técnico) que el régimen tarifario en Colombia no es un mercado de regateo, sino un sistema regulado por la CRA (Comisión de Regulación de Agua Potable y Saneamiento Básico).

La tarifa que pagamos no nace del capricho de un gerente o de la presión de un alcalde; responde a una fórmula técnica definida por la ley, donde se suman costos fijos y variables (limpieza, recolección, transporte y disposición final en el relleno sanitario de Pirgua), además de un componente de inversión y administración. En Colombia, el costo del servicio público domiciliario de aseo se rige bajo el concepto de «costos eficientes», donde la CRA establece el marco tarifario y la Superintendencia de Servicios Públicos vigila su cumplimiento. El Alcalde miente al presentarse como un «gestor de rebajas» cuando sabe que el único camino real para aliviar el recibo de los ciudadanos no es pelear en videos con Urbaser, sino actuar ante el Concejo Municipal, tarea que hasta ahora no ha hecho.

Resulta perverso que venda humo mientras no ha presentado la más mínima iniciativa para elevar el porcentaje de subsidio de los estratos vulnerables ni para ajustar la contribución del estrato cinco, que hoy se mantiene en un desproporcionado 87%, cuando el mínimo legal es del 50%. Prefiere el video efectista para el «sentir popular» que la gestión técnica real.

Para blindarse ante estas verdades, el Alcalde recurre al viejo truco del «enemigo invisible». Pretende engañar a la ciudadanía asegurando que no hay obras porque recibió una ciudad endeudada. Es una verdad a medias que funciona como una mentira completa. Nadie niega que Tunja tenga deudas, pero el pago de intereses en 2025 no llegó siquiera a los 30.000 millones (https://www.facebook.com/share/p/1Bi37aPoZG/), cifra considerable pero, a la hora de la verdad, no determinante frente a un presupuesto anual que ronda los 500.000 millones. El problema es la aterradora incapacidad de ejecución. En su primer año dejó un superávit de 111.000 millones, y para este segundo se proyecta que la cifra de recursos sin ejecutar hará parecer pírrica a la que se dejó guardada en su primer año de gobierno. Es una gestión que condena a Tunja a un estancamiento exasperante; el dinero duerme en las cuentas mientras el progreso de la capital boyacense se mantiene en un punto muerto.

Este vacío de gestión se intenta llenar con un aparato de validación artificial que va mucho más allá de una oficina de prensa; se trata de una cultura de la cooptación que ha permeado diversas dependencias y niveles de la vida pública. El modus operandi es tan viejo como efectivo: identificar a las voces críticas o «incómodas», ya sean gestores culturales, presidentes de juntas de acción comunal o líderes de opinión; para neutralizarlas mediante el ofrecimiento de contratos de prestación de servicios (OPS) o puestos estratégicos. Una vez dentro de la nómina, el otrora fiscalizador se convierte en un engranaje de la defensa radical, alimentando unas «bodegas» que no solo están compuestas por algoritmos o perfiles falsos, sino por personas de carne y hueso que han vendido su autonomía por un contrato.

La gestión de Krasnov es, en esencia, un fenómeno de marketing para consumo externo. Muchos opinan desde la comodidad de Bogotá, seducidos por la imagen exótica del outsider, ignorando la opacidad que reina en el sistema electrónico de contratación pública de Tunja, donde los procesos son turbios y la trazabilidad es un lujo inexistente.

¿Dónde están las grandes gestiones ante ONGs internacionales, los empresarios extranjeros o los fondos de inversión que prometió en campaña? Lo único tangible son convenios con la embajada rusa que siempre han existido a lo largo y ancho del país, pero que ahora se empaquetan en videos cinematográficos para simular actividad. Y mientras tanto, el primo Dmitrii sigue ganando visibilidad en lo que parece un proyecto proselitista a futuro, además de darse el lujo que no ha podido darse el mismísimo Krasnov, apoyar de frente al poderosísimo Partido Verde.

Llegados a este punto, resulta inevitable abordar el «comodín» de esta administración: el fantasma de Alejandro Fúneme. Es innegable que la gestión anterior fue nefasta, cuestionable y dejó a la ciudad sumida en un endeudamiento asfixiante sin obras de peso que lo justificaran. Sin embargo, Krasnov ha convertido ese desastre en su principal activo político, usándolo como una bandera falsa para evadir su propia responsabilidad. Es el «caballito de batalla» perfecto. Si el Aguinaldo de 2025 es un caos o si las vías siguen intransitables en su segundo año de mandato, la culpa, según el libreto de sus seguidores más radicales, siempre será de quien se fue. Esta narrativa no busca justicia, sino impunidad administrativa. Culpar al pasado de las decisiones (o la falta de ellas) del presente es un acto de cinismo puro que solo sirve para distraer la atención de un gobierno que, hasta hoy, se firma en contratos multimillonarios de los cuales el resultado es la nada.

Es momento de abrir los ojos. Tunja no está viviendo una revolución; está padeciendo una administración de redes sociales que sobrevive de señalar el retrovisor. Detrás del acento extranjero y las publicaciones de Tiktok no hay un administrador, hay un prestidigitador. La ciudad no ha visto la primera obra de envergadura, y el silencio de sus contratistas de bodega cuando se les pide enumerar un solo logro real es el testimonio más fiel de que, en la Alcaldía de Krasnov, lo único que se construye con calidad son las excusas y los videos de redes sociales.

Tomado de: Periódico El Tunjano

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