Tunja vive hoy bajo el imperio de la imagen, una administración que parece más preocupada por el encuadre de sus videos en redes sociales que por la eficacia de sus políticas públicas. El despliegue digital de la Alcaldía intenta vender una ciudad en movimiento, pero en la práctica, lo que recibimos son campañas que se quedan cortas; acciones tan tibias que, al contrastarse con la realidad, parecen tender a la nulidad operativa. El ejemplo más visible de esta desconexión es la campaña del «Tunjano de Calidad», una iniciativa que nació con la pretensión de mejorar el comportamiento vial y ciudadano, pero que hoy deja mucho que desear al carecer de un impacto real y comprobable.

Aunque la campaña se ha extendido a diversos frentes, como el cuidado del medio ambiente o el comportamiento ciudadano general, es en el ámbito vial donde su vacuidad resulta más evidente. No se trata solo de que la caravana pedagógica, compuesta por un pequeño grupo de amigos de la exgestora social; recurra a tácticas cuestionables como ridiculizar al peatón con sonidos de trompeta o gestos de mimos. El problema de fondo es que la campaña parece ensañarse con el eslabón más débil de la cadena (el peatón), mientras ignora deliberadamente las infracciones de los conductores poderosos o influyentes. Además, existe un despropósito geográfico: según las cifras de la Secretaría de Movilidad y la Agencia Nacional de Seguridad Vial, los puntos críticos de accidentalidad son la Avenida Norte y la Oriental; sin embargo, la «pedagogía» se concentra en la Avenida Maldonado o en la Avenida Universitaria, zonas de bajo riesgo donde es más cómodo posar para la cámara o incluso encontrar espacios para el ocio, o incluso a veces en las avenidas donde se registra la mayor cantidad de accidentes, pero no necesariamente en los puntos identificados como críticos.

Esta puesta en escena palidece cuando se intenta comparar (como pretende la narrativa oficial) con el fenómeno de cultura ciudadana liderado por Antanas Mockus en Bogotá a finales del siglo pasado. La diferencia es abismal: Mockus fue disruptivo y radical, llegando incluso a redestinar el presupuesto para sustituir agentes de tránsito por mimos en un acto de audacia pedagógica que, más allá de la polémica, buscaba una transformación estructural. Lo de Tunja, en cambio, es una emulación pálida y superficial. Mientras el exalcalde de Bogotá lograba cambios tangibles mediante la innovación, aquí la «caravana» se limita a espectáculos de escaso alcance que no tocan la raíz del problema, demostrando que la administración de Mikhail Krasnov prefiere la caricatura de la norma antes que la verdadera pedagogía disruptiva.

La falta de contundencia quedó registrada en una publicación oficial de la propia Alcaldía que terminó siendo un bumerán de críticas. Mientras los integrantes de la caravana gesticulaban para sus redes, en video quedó registrado el momento en que, frente a las narices de los agentes de tránsito y de los promotores del «Tunjano de Calidad», un conductor pasaba con un menor de edad y su mascota en el asiento delantero y sin cinturón. Los comentarios en la publicación fueron lapidarios: «Qué tristeza ver cómo tapan la realidad con payasadas». Esta complicidad por omisión demuestra que la campaña no busca salvar vidas, sino alimentar una narrativa de «gran visionario» que se desmorona ante el primer semáforo.

Esta tibieza administrativa se extiende a la gestión turística, donde el gasto público parece no tener auditoría de resultados. Tunja suele pagar su participación en la vitrina de ANATO año tras año, pero tras este ejercicio, la Alcaldía es incapaz de mostrar un impacto real o una cifra que justifique la inversión. Es una campaña insulsa y sin resultados, pues mientras se posa en los stands de Corferias, el Índice de Competitividad Turística Regional (CPTUR)2025 nos devuelve a la tierra con un golpe seco: Tunja ocupa el puesto 19 entre 31 capitales. Estar en la parte baja de la tabla es un resultado pobre para alguien que se precia de «conectar a Tunja con el mundo», demostrando que ir a ferias sin una estrategia técnica es simplemente tirar el dinero.

Bajo esa misma narrativa de internacionalización, el alcalde Mikhail Krasnov ha publicitado viajes al exterior, convenios preexistentes con la embajada rusa y clases de idiomas dictadas por amigos personales, sin beneficios tangibles. Más allá de justificar la agenda personal de la administración, este eslogan se ha convertido en un recurso discursivo para manipular la percepción de mentes ilusas que tragan entero un relato de grandeza global mientras la ciudad no se ha conectado con nada sustancial. El reporte del CPTUR lo confirma: con una humillante calificación de 2.1 sobre 10 en bilingüismo de funcionarios y un 1.5 en material promocional, la internacionalización es un espejismo para consumo interno. Mientras Tunja se estanca, municipios como Villa de Leyva y Paipa demuestran que el problema es la ineficiencia técnica de la capital.

La realidad de Tunja es la de una ciudad donde los reparcheos se presentan como hitos de ingeniería, pero duran lo que dura una campaña de redes por su mala ejecución. Es una gestión de intermitencias, donde la “cultura ciudadana” se suspende por vacaciones contractuales en fin de año, como si la imprudencia tuviera calendario fiscal. Y mientras los muchachos de la ruidosa caravana de conciencia ciudadana se pasean por zonas de escasa trascendencia en materia de accidentalidad, la ciudadanía percibe que por otro lado, la autoridad vial «se encuentra tomando tinto y viendo el celular» mientras el caos se toma las calles y aceras peatonales.

Tunja no necesita mimos ignorando infracciones reales ni agentes con instrucciones de «ahuyentar» al mal parqueado con alarmas pedagógicas. Se requiere una combinación de pedagogía masiva y eficiente en los puntos de alta accidentalidad, mezclada con una mano dura que no le tema al cumplimiento de la norma. La instrucción de «primero educar» ante infracciones de puro sentido común es una capitulación de la autoridad; si alguien infringe la ley, se le sanciona y listo. No hay por qué «ahuyentar» o “advertir” al infractor; se actúa para que la norma se respete. Si la administración no logra pasar del maquillaje digital a la contundencia, el «Tunjano de Calidad» no será más que otra promesa tibia que solo será recordada por las viejas publicidades que se resisten a cambiar en paraderos de buses.

𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂

Tomado de Periódico El Tunjano

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