La caída del telón para la accidentada administración de Mikhail Krasnov, tras confirmarse la nulidad de su elección como alcalde de Tunja, no representa únicamente un hito jurídico en los anales del derecho administrativo local; es, ante todo, un suspiro de alivio para una democracia que agonizaba bajo el peso del egocentrismo. Ahora que las aguas buscan su cauce, llega el tiempo del inventario y de reflexionar sobre los escombros institucionales que deja a su paso este experimento fallido, diseñado para brillar en redes sociales mientras se marchitaba en la gestión real.

Entre todos los damnificados de este periodo de incertidumbre, existe un gremio que celebra con particular vigor: la prensa. Durante el fenómeno del «krasnovismo», el ejercicio periodístico de indagar y fiscalizar se transformó en una carrera de obstáculos. Bajo la batuta de Krasnov, se intentó instaurar un régimen de verdad única donde la fuente oficial era un búnker inexpugnable. El asedio no fue sutil; fue una estrategia de asfixia informativa donde algunos de los secretarios de despacho, reducidos a figuras decorativas, solo podían emitir palabra bajo el filtro y la autorización de una Gerencia Estratégica de Comunicaciones que actuaba más como un cuerpo de censura que como un puente institucional.

Sin embargo, el silencio fue apenas el síntoma de una enfermedad más profunda: la calumnia sistemática. Ante la imposibilidad de rebatir con argumentos y cifras, la administración de Krasnov optó por el camino fácil de la difamación. Desde las sombras del despacho del saliente alcalde se ha impulsado una narrativa perversa que acusa a los medios críticos de ser mercenarios al servicio de políticos corruptos del pasado. Específicamente, intentaron vincularnos con el exalcalde Alejandro Fúneme González, pretendiendo que la ciudadanía olvidara que fue precisamente desde medios como este donde se destapó gran parte de la podredumbre y los escándalos que marcaron aquel mandato. A la hora de la verdad son incapaces de demostrar un solo vínculo contractual o beneficio proveniente del señor Alejandro Fúneme hacia este medio, mientras nosotros demostramos con archivo y enlaces de publicaciones la fiscalización implacable que le hicimos a ese mandatario, cuyos seguidores solían ejecutar prácticas similares a las que hoy usan los defensores de Krasnov.

El daño colateral de este mandato fue el secuestro de la narrativa pública mediante el cerco a la información. La Gerencia Estratégica de Comunicaciones impuso una táctica de exclusión deliberada: foros, socializaciones y eventos de interés general se realizaban sin difundir las invitaciones a los medios críticos, garantizando que el único relato existente fuera el oficialista. Se buscaba impedir que la prensa independiente captara otras aristas de la noticia o recogiera el malestar de los ciudadanos inconformes, asfixiando cualquier punto de vista que no encajara en el guion de la Alcaldía. Se privilegió a una casta de portales de marketing político que, bajo el disfraz de periodismo, operan desde la comodidad de un escritorio, lejos del barro del cubrimiento real y siempre prestos a ignorar lo que al poder le incomoda.

Esta exclusión no fue solo institucional, sino que escaló al plano de la fobia personal. Resulta revelador enterarse de cómo el propio Krasnov, en un despliegue de intolerancia absoluta, increpaba a otros protagonistas de los eventos cuestionando nuestra sola presencia en ellos. Le incomodaba nuestro rigor y le irritaba nuestra disciplina de asistir a cuanto encuentro fuera posible, incluso sorteando el silencio de una gerencia que no comunicaba nada. Mientras los medios lisonjeros brillaban por su ausencia en el territorio, este medio se hacía presente por cuenta propia, desarmando con nuestra asistencia el manejo turbio que pretendía ocultar la realidad de los barrios tras una cortina de humo digital.

Hacer periodismo serio en la Tunja de Krasnov implicó un desgaste físico y mental desproporcionado. Los pocos que no cedimos a la lisonja tuvimos que asumir los peligros de una maquinaria de destrucción de reputaciones que no tuvo escrúpulos. Episodios como el del pasado 13 de marzo ilustran esta situación. mientras se inauguraba la sede del Julius Sieber del barrio Santa Rita, Mikhail Krasnov prefirió plantar el acto protocolario para buscar un «baño de popularidad» en la Plaza de Bolívar en una anunciada manifestación a su favor en la que, finalmente, no apareció ni una sola persona. Al abordarlo allí, tras su alocución en un evento de Prosperidad Social, solo buscamos saber quién sería su reemplazo tras los anuncios del gobernador Carlos Amaya de que el reemplazante saldría del gabinete del alcalde ruso. La respuesta de Krasnov fue la de siempre. La prepotencia, la grosería, el paso de largo y el uso de su escolta para cercar a los periodistas incómodos.

Este oscuro manejo de la prensa tuvo su preludio el mismo día de su posesión. En aquella primera rueda de prensa, mientras Krasnov, aún sediento de figuración, disfrutaba de la comodidad de su nuevo cargo, su equipo ya mostraba los dientes. Un asesor intentó cortar abruptamente el flujo de preguntas, forzando un cierre prematuro que solo se evitó gracias a que varios periodistas nos plantamos con firmeza, exigiéndole respeto por nuestra labor. Fue un momento de tensión donde el mismo Krasnov, ante el regaño público que recibió su subordinado, tuvo que ceder. Pero esa escena fue la semilla de lo que vendría: una Gerencia de Comunicaciones dedicada a sacar al mandatario a la carrera, en silencio y con cautela, de los eventos para evitar el cuestionamiento periodístico.

Lo ocurrido el pasado 20 de marzo en el Teatro Mayor Bicentenario retrata con crudeza esa dinámica de evasión. La Alcaldía de Tunja citó a los medios para la rueda de prensa del lanzamiento de la Semana Santa y, aunque efectivamente se cumplió con una rueda de prensa por parte de Monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, el comandante de la Policía Metropolitana, Coronel Javier Gustavo Lemus Pinto, y representantes de la Sociedad de Nazarenos, el gran ausente fue quien nos convocó. Mikhail Krasnov convirtió el encuentro en un teatro del absurdo al huir entre escoltas y carreras para no ser cuestionado, negándonos la posibilidad de obtener audios limpios o declaraciones en primer plano. El exabrupto contra nosotros fue doble, pues se nos utilizó para llenar el auditorio pero se nos negó el acceso al anfitrión, quien prefirió la fuga antes que la transparencia.

Aquel día se constató una vez más el miedo instaurado entre los periodistas de Tunja. Mientras las otras autoridades daban la cara, la mayoría de los colegas presentes resignaron su deber de buscar al alcalde debido a un terror latente a la represalia oficial. ¿Cómo puede ser que un periodista resigne la posibilidad de hablar con el alcalde de su ciudad en un evento en el que sabe que está presente? El temor al regaño de la Gerencia de Comunicaciones que oficia como jefe de algunos directores de medios, la angustia de ser excluidos de los planes de medios o el pánico a ser matoneados por las bodegas de la hiperstición digital hicieron que muchos prefirieran no incomodar al señor Krasnov en un sinfín de ocasiones. Ese silencio forzado por la factible asfixia económica y el hostigamiento habla más que cualquier comunicado oficial, pues representa la radiografía de un gremio que fue llevado a la sumisión por una administración que nunca entendió el valor de la crítica.

El manejo del erario con fines de propaganda personal alcanzó niveles de un cinismo escandaloso. A través de derechos de petición , hemos desentrañado una repartición de recursos que no obedeció a criterios técnicos, sino al capricho de una administración que premió la lisonja. Es incomprensible que el dinero de los tunjanos termine financiando a “portales” como Jkgv Radio, un espacio cuya trascendencia es nula y que miente descaradamente en sus métricas para recibir exactamente los mismos recursos que medios con audiencias orgánicas consolidadas y decenas de miles de seguidores reales. Lo más aberrante no es solo la mentira del medio para obtener el beneficio, sino la negligencia, o quizá la complicidad, de una Gerencia de Comunicaciones que renunció a cualquier labor de contraste, asumiendo como ciertas cifras fantasiosas en una suerte de pacto oscuro para drenar los fondos públicos.

La podredumbre alcanza ribetes de presunto fraude documental. Este medio posee la respuesta oficial de 2025 donde se reportó que Pedro Pablo Camacho Vargas recibió $25.688.553,33, superando a medios como 7N Noticias, el más visto del departamento (https://www.periodicoeltunjano.com/respuestas-a-derechos…). Sin embargo, en la respuesta de 2026, el rastro de este beneficiario fue borrado, intentando «limpiar» la ejecución presupuestal ante los ojos de la ciudadanía. Esta manipulación de la información pública no es nueva; ya fue objeto de un debate de control político en el Concejo de Tunja, donde el entonces gerente de comunicaciones y hoy secretario de cultura fue acorralado por la contundencia de las pruebas (https://www.facebook.com/share/p/1Dq5frCFfN/). A pesar de que se propuso la moción de censura, la complicidad de los concejales aliados y oficialistas fue tal que no faltaron las artimañas burocráticas que impidieron que el proceso prosperara, dejando impune un manejo del erario que hoy, con Krasnov a punto de dejar del mando, debe ser reabierto por los entes de control.

Este manoseo del presupuesto traiciona el fin social de los planes de medios, cuya existencia se fundamenta en el derecho de la sociedad a conocer asuntos de interés público como campañas de salud, impuestos o eventos culturales, deportivos y recreativos que todos pagamos. En Tunja, se prefirió atomizar el botín para pagar el lavado de cara oficial mediante una legión de perfiles falsos y funcionarios contratados exclusivamente para encumbrar a Krasnov, intentando vender la falsa narrativa del «mejor alcalde de la historia». Resulta indignante que el erario se destinara a financiar sicarios digitales encargados de denigrar a la prensa independiente, mientras se sacrificaba la difusión de información útil para el ciudadano. Ignorar criterios de alcance real para favorecer el matoneo y la idolatría es una gestión ruin que, en manos de quien pasó de gerente de comunicaciones a secretario de cultura, próximamente será objeto de una queja formal ante la Contraloría.

Resulta patético que, ante estas evidencias, los beneficiarios de estos manejos oscuros salgan a victimizarse en sus redes sociales alegando que se exponen sus contratos publicados en el SECOP. A ellos hay que decirles con claridad que el escrutinio de los recursos públicos es un deber periodístico y un derecho ciudadano; si no quieren que sus contratos sean expuestos y cuestionados, la solución es simple: no contraten con el Estado. La victimización no puede ser el refugio de quienes se han lucrado de una pauta asignada a dedo y sin criterios técnicos.

El grado de intimidación fue tal que muchos colegas terminaron por autocensurarse por puro instinto de supervivencia profesional. El miedo al hackeo de cuentas, como ocurrió lamentablemente con Alter-Nativa TV, y el hostigamiento incesante de las bodegas krasnovistas terminaron por sepultar proyectos valientes como el programa ‘Toxinco’.

Krasnov solo hablaba con los medios amigos, a quienes recibía incluso en la azotea de la Alcaldía para realizar contenidos presentados como entrevistas, pero con más rasgos distintivos de una «charla de compadres» televisada, las cuales contaban con niveles de producción que sugerían el uso de recursos públicos para alimentar la lisonjería.

Se va un alcalde que traicionó la promesa de libertad que hizo a los periodistas tras su victoria, para terminar contratando propagandistas inescrupulosos que hoy se agarran de las greñas por pura envidia y exceso de ambición. Estos socios de la desinformación terminaron peleando entre ellos por privilegios como “asesores” del mandatario, por el control de medios utilizados para la propaganda oficial y por contratos de plata mal habida que Krasnov soltaba mediante métodos oscuros e ilegítimos. Tunja despierta de esta etapa de sombras para recuperar, finalmente, el sagrado derecho a preguntar y a estar bien informada.

Tomado de Periódico El Tunjano

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