La cultura no es un escenario de exhibición individual ni un recurso ornamental para engrosar egos: es, en su sentido más insondable, un sistema de construcción simbólica que sostiene el tejido social, orienta la formación de valores y proyecta el horizonte ético de una comunidad.

Y es allí, donde la cultura se entiende como proceso y no como espectáculo, se siembran las bases de una ciudadanía crítica, sensible y capaz de reconocerse en lo colectivo.

Sin embargo, no todos quienes asumen responsabilidades en el ámbito cultural comprenden la dimensión de ese encargo y mientras algunos dirigentes ejercen su labor con criterio, discreción y conciencia histórica entendiendo que su papel consiste en abrir caminos, visibilizar nuevos talentos y facilitar procesos de formación, otros convierten estos espacios en plataformas de autopromoción, desdibujando el sentido mismo de la gestión cultural.

En estos últimos casos, la cultura deja de ser un vehículo de transformación para convertirse en una vitrina personal, porque se desplaza el foco y ya no son los procesos, ni los niños, ni los jóvenes, ni las comunidades quienes ocupan el centro, sino la figura del gestor que, en un ejercicio de vanidad, irrumpe en los escenarios buscando aplausos que no le corresponden. Se trivializa así lo que debería ser sagrado: la formación, la memoria, la identidad.

Resulta aún más inquietante advertir cómo, en muchos de estos casos, quienes hoy ostentan cargos culturales fueron en otro tiempo voces vehementes de crítica y desde sus tenebrosas tribunas digitales y redes sociales, cuestionaban con severidad a sus antecesores, señalaban errores, denunciaban desviaciones y exigían altura en la gestión, pero una vez en el poder, aquella retórica se diluye con desconcertante rapidez porque las palabras se vacían de contenido y la coherencia cede ante la tentación del protagonismo.

Es entonces cuando surge una práctica peligrosa: la banalización de la cultura. Se sustituyen los procesos por espectáculos, la formación por entretenimiento efímero, el sentido por la apariencia.

Se “chabacanea” la cultura no en el lenguaje, sino en la intención al reducirla a eventos desarticulados del verdadero propósito de fortalecer el espíritu colectivo, el patrimonio ancestral, la historia y el formar ciudadanos con criterio, sensibilidad y arraigo.

La cultura no puede ni debe ser tratada como un escenario para la improvisación o la complacencia porque exige rigor, conocimiento, responsabilidad y, sobre todo, una insondable humildad ya que quien gestiona cultura debe comprender que su lugar no es el centro del aplauso, sino la retaguardia del proceso; no es la figura que brilla, sino la que permite que otros encuentren su luz.

Cuando la cultura se trivializa, no solo se pierde calidad estética: se erosiona la posibilidad misma de construir sociedad y más en tiempos donde la fragmentación, la violencia simbólica y la pérdida de referentes son evidentes; convertir la cultura en espectáculo vacío no es un error menor: es una renuncia silenciosa a la responsabilidad histórica de formar, de unir y de dignificar.

En ese orden de ideas, la “chabacanería” aplicada a la cultura no es un desliz pequeño, sino una distorsión que erosiona su razón de ser: la formación rigurosa de talentos y la construcción de públicos cualificados, capaces de comprender, valorar y sostener los procesos artísticos en el tiempo.

Desvía, además, la lectura del patrimonio, que deja de ser un eje de resignificación de los espacios icónicos para convertirse en simple escenografía sin contexto ni profundidad. Y se debilitan así los eventos que, despojados de su sentido fundacional, pierden coherencia y propósito.

Y más grave aún, se confunde lo público con lo privado, porque ningún gobernante está llamado a imponer sus preferencias personales ni las de su entorno familiar sobre la agenda cultural de un territorio.

Gobernar implica representar la diversidad de un pueblo, no satisfacer gustos individuales con recursos públicos y quien desee rendir culto a sus artistas predilectos tiene la libertad de hacerlo como ciudadano, adquiriendo una entrada y ocupando una butaca en un espectáculo masivo; lo contrario, instrumentalizar la cultura para obtener aplausos, fotografías o validaciones personales, no sólo empobrece la gestión, sino que traiciona el principio mismo de lo público.

Atención, señores gobernantes y dirigentes: por más que hayan anhelado ese cuarto de hora ese privilegio concedido por el pueblo y, para muchos, por la Divina Providencia, ello no les otorga licencia para desvirtuar el sentido de lo público, ni para instrumentalizar la cultura al servicio de intereses personales, vanidades pasajeras o caprichos vanidosos momentáneos.

El poder no es un escenario de complacencias, es un mandato de responsabilidad; no es un reflector para el lucimiento individual, sino una tribuna para dignificar a la sociedad.

Recuerden que todo encargo es transitorio, pero las huellas que dejan sus decisiones permanecen en la memoria colectiva para siempre, y honrar ese tiempo es ejercerlo con integridad, con mesura y con un profundo respeto por aquello que no les pertenece: la cultura, el patrimonio y la confianza de un pueblo.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona 

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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