Colombia es un país que desborda belleza en cada dirección; en cordilleras que ordenan el paisaje, selvas que sostienen una biodiversidad excepcional, mares que conectan con el mundo y una diversidad que configura múltiples formas de habitar el territorio. PERO esa misma geografía convive con zonas donde la institucionalidad es intermitente y la vida cotidiana depende de equilibrios frágiles, donde la presencia del Estado es ocasional y la norma se negocia.
Colombia posee una riqueza cultural que se manifiesta en sus músicas, en sus fiestas, en sus autores, compositores y creativos, en la persistencia de tradiciones que no se diluyen. PERO esa vitalidad coexiste con la apropiación indebida de lo público, con recursos desviados y con una estructura de corrupción que no es episódica, sino recurrente en todos los periodos administrativos, y en todas las trincheras políticas, sin importar discursos ni banderas.
Colombia es una suma de climas, de acentos, de sistemas productivos que podrían articularse en modelos sostenibles, con vocaciones regionales claras y capacidades diferenciadas. PERO ese potencial se ve condicionado por una polarización que convierte la diferencia en bloqueo, la crítica en confrontación y la construcción colectiva en un terreno improductivo.
Colombia tiene un folclor que se proyecta como identidad, una tradición que no depende de habilidosas peroratas para existir y una memoria que resiste. PERO, en paralelo, operan estructuras ilegales que controlan territorios, ejercen violencia sistemática y disputan la autoridad del Estado, imponiendo sus propias reglas.
Colombia cuenta con normas e instituciones diseñadas para garantizar los derechos, con marcos jurídicos amplios y mecanismos de protección muy bien redactados. PERO en la práctica, el ciudadano enfrenta trámites dilatados, servicios saturados, decisiones arbitrarias, trato irrespetuoso y la necesidad de acudir a mecanismos excepcionales para acceder a lo esencial, como si el derecho fuera un privilegio.
Colombia exhibe una gastronomía diversa, resultado de la mezcla de territorios, saberes y productos que configuran una de las cocinas más ricas del mundo, con ingredientes únicos y técnicas ancestrales. PERO ese potencial se moviliza sobre una infraestructura incompleta, con vías inconclusas, corredores informales, transporte precario y una conectividad que limita la circulación de esa misma riqueza.
Colombia tiene pueblos cuya arquitectura, escala y relación con el entorno configuran escenarios de alto valor cultural y turístico, verdaderos patrimonios vivos. PERO la ausencia de políticas públicas sostenidas deja ese patrimonio expuesto al deterioro, al abandono, a la intervención desordenada, a las edificaciones icónicas en ruina, a los elefantes blancos que causan grima, al pago millonario de estudios con coimas que nunca se ejecutan, y a la pérdida progresiva de su esencia originaria.
Colombia cuenta con una capacidad creativa evidente, con ciudadanos que innovan, que producen, que resuelven incluso en episodios adversos, que inventan donde no hay condiciones. PERO esa iniciativa convive con la eliminación sistemática de líderes sociales, con amenazas constantes a quienes cuestionan y con una violencia que sigue operando como mecanismo de silenciamiento y ahora también desde las bodegas temerarias de las redes sociales
Colombia dispone de una base demográfica joven, con potencial de formación, adaptación y emprendimiento en un entorno global cambiante. PERO ese capital humano se enfrenta a brechas estructurales en educación, a oportunidades limitadas, a empleos precarios y a un mercado laboral que no absorbe ni reconoce plenamente esas capacidades.
Colombia tiene una ubicación estratégica, con acceso a dos océanos y cercanía a mercados clave, con ventajas logísticas naturales. PERO esa ventaja geográfica no se traduce en una logística eficiente, en infraestructura portuaria y vial adecuada, ni en una política coherente de inserción internacional.
Colombia posee recursos naturales que podrían sostener un modelo energético y ambiental de largo alcance, con potencial para liderar procesos de sostenibilidad, PERO la explotación irregular, la minería ilegal, la deforestación y la ausencia de control efectivo evidencian la incapacidad de orientar ese mismo patrimonio.
Colombia se define como una democracia plural, con diversidad de voces, de ideologías y de posiciones. PERO en todos los espectros, izquierda, derecha, centro o cualquier otra denominación que le quieran poner a las ansias de poder, persisten estructuras de supremacía que instrumentalizan el discurso, que convierten la representación en acumulación y que operan bajo intereses particulares.
Colombia celebra en el deporte una fuente constante de reconocimiento y cohesión, con atletas que se imponen en escenarios internacionales, campeones que elevan el nombre del país y equipos que convierten cada triunfo en un momento compartido por millones.
En la música, voces y creadores han llevado sonoridades propias a circuitos globales, posicionando una identidad que trasciende fronteras, PERO detrás de esos logros persisten estructuras precarias de apoyo, procesos formativos discontinuos, falta de inversión sostenida y decisiones administrativas que no siempre acompañan el talento, y mientras algunos alcanzan proyección internacional, otros quedan en el camino por ausencia de oportunidades.
Colombia tiene ciudadanos que emprenden, que arriesgan su patrimonio, que crean empresa, que generan empleo y que aspiran a construir un futuro estable, incluso a acceder a una vivienda digna. PERO ese esfuerzo se enfrenta a una carga tributaria asfixiante, a costos financieros desproporcionados, a tasas e intereses que desbordan cualquier lógica de sostenibilidad y a exigencias del Estado que terminan consumiendo gran parte de lo que se produce y en ese escenario, el impulso por progresar no se detiene por falta de voluntad, sino por un sistema que convierte el crecimiento en una carrera cuesta arriba donde cada avance se diluye en obligaciones que desbordan la capacidad real de quienes intentan salir adelante.
Colombia entonces, no carece de capacidades, sino que lo que está en cuestión es la forma en que esas capacidades se administran, se protegen y se proyectan, y mientras el “PERO” siga siendo el elemento constante que acompaña cada posibilidad, el país continuará operando en una tensión permanente entre lo que es capaz de ser y lo que efectivamente logra sostener.
El “PERO” en este caso, no es una palabra pequeña, no es el pesimismo del «mala leche», ni un recurso retórico; es la línea que separa lo posible de lo realizado, lo que se proclama de lo que realmente se sostiene y mientras ese “PERO” continúe enquistado como condición estructural y no como excepción superada, cada logro seguirá incompleto y cada promesa quedará en suspenso, atrapada entre lo que somos capaces de ser y lo que, por ahora, seguimos sin resolver.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
