En una habitación sombría, de paredes raídas que chorrean humedad y moho, una luz parpadeante descubre un caos de cables enredados, sueros que gotean sin prisa y pantallas con cifras alarmantes. Un viejo monitor cardíaco apenas percibe los hilos de un latido errático. El oxígeno escasea en el respirador artificial y la piel de la paciente se torna cada vez más gélida, confirmando una fase preagónica bajo un manto de inconsciencia profunda.
Al agudizar la mirada en este escenario lúgubre, el rótulo de la cama revela una cruda verdad: el nombre de la moribunda es Tunja. Sí, la paciente moribunda es nuestra ciudad.
El diagnóstico es devastador. Es el cuerpo de una capital desgastada por décadas de pésimas administraciones y por la hemorragia imparable de una corrupción voraz que succiona el presupuesto público hasta dejarlo seco. La infraestructura urbana se desploma bajo el peso del abandono, de obras mal diseñadas y de parches absurdos nacidos de una total falta de planificación. Todo sucede ante la mirada indolente de unos organismos de control que, lejos de vigilar, parecen padecer la misma anemia que corroe las venas de la ciudad; un agujero negro donde los recursos se esfuman en la impunidad.
Sin embargo, el verdadero horror de esta crisis terminal no radica solo en los corruptos implacables o en los administradores ineptos. El síntoma más destructivo es la apatía ciudadana: esa inmensa mayoría silenciosa que observa el colapso desde la aparente comodidad de sus hogares. La pasividad colectiva actúa como un veneno letal, un silencio sepulcral que legitima la ruina. Al cruzarse de brazos, el ciudadano se convierte en el espectador indolente que, teniendo el remedio en sus manos, prefiere ver cómo su tierra muere asfixiada en esa habitación enmohecida.
A pesar del panorama, en este quirófano urbano todavía late una última esperanza. Tunja, próxima a cumplir 487 años de historia, se resiste a morir en la camilla del olvido. Requiere, con urgencia máxima, una transfusión de patriotismo y voluntad. Haciendo honor a su título de ciudad “muy noble y leal”, se aferra a la respuesta de sus hijos nativos y adoptivos. Confía en que su gente le dedique, al menos, una hora de su tiempo para salir masivamente a las urnas este domingo 26 de julio.
Aunque se trata de unas elecciones atípicas para elegir un gobernante por solo año y medio, la gravedad de la paciente las convierte en las más cruciales de los últimos tiempos. Votar es el único torniquete de emergencia para detener la infección y arrebatarles el bisturí a los verdugos de siempre, evitando que las aceitadas maquinarias burocráticas se roben el destino de la ciudad. Quedarse en casa no es neutralidad, es complicidad con el desastre. El voto libre y consciente es la transfusión exacta que puede devolverle el pulso a nuestra amada capital. Vote por la opción que su conciencia le dicte, pero actúe. Su Tunja, mi Tunja, nuestra Tunja, nos necesita activos y presentes.
Escrito por: Julio César Corredor
Tomado de https://ultimahoraboy.com/
