
𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔
Es real: tenemos petrotusa. Cómo no tenerla si, después de que Colombia eligiera por primera vez a un presidente de izquierda, muchos de quienes votamos por Gustavo Petro creímos que el gobierno que hoy termina sería el del cambio y acabamos encontrándonos con muchas de las mismas contradicciones que durante décadas criticamos.
La verdadera petrotusa es la de un Presidente que prometió ser un aliado de las mujeres y del movimiento feminista, pero que durante su mandato protagonizó constantes descalificaciones contra periodistas mujeres, hizo afirmaciones cuestionadas por su contenido machista e incluso racial, y terminó deteriorando públicamente la relación con Francia Márquez, la mujer afrodescendiente que representó una de las apuestas simbólicas más importantes de su proyecto político. Quienes esperábamos que este fuera el gobierno que transformara la relación entre el poder y las mujeres terminamos viendo cómo esa promesa se fue desdibujando.
Como boyacenses, la petrotusa se agudiza aún más. Basta recordar la complicidad con las ya conocidas «Amayamentiras» que incluyen el gran despliegue con el que, en agosto de 2025, se presentó el Pacto Boyacá, Raíz y Futuro. Se anunció una inversión histórica de 2,5 billones de pesos para proyectos estratégicos relacionados con agua potable, saneamiento básico, infraestructura vial, salud, educación, agro, turismo y transición energética. Sin embargo, hoy muchos ciudadanos siguen preguntándose dónde están esos proyectos y, sobre todo, cómo transformaron de manera tangible la vida de los boyacenses antes de terminar este gobierno.
La verdadera petrotusa es que el departamento terminó esperando más de lo que recibió.
Duitama es un ejemplo de esa sensación. Fue una de las ciudades que, según distintos registros de prensa, más visitas recibió del Presidente y que mantuvo una evidente cercanía política con el Gobierno Nacional. Sin embargo, sus proyectos más esperados, la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) y la universidad en el antiguo terminal, por ejemplo, continúan siendo deudas pendientes. La expectativa era que la afinidad política entre el Gobierno Nacional, la Gobernación y la Alcaldía acelerara las soluciones; la realidad dejó la percepción de que las promesas avanzaron mucho más rápido que las obras.
La verdadera petrotusa también está en la forma en que se construyeron muchas alianzas políticas. Hoy algunos se rasgan las vestiduras porque Boyacá perdería representatividad en el Gobierno Nacional, pero olvidan que el llegar a la Presidencia de la República o a la presidencia de la Cámara de Representantes, en varios casos solo brilló por cuestionamientos públicos, investigaciones judiciales y prácticas que distaban mucho del discurso del cambio.
El gobierno que llegó prometiendo transformar la forma de hacer política terminó pareciéndose demasiado a aquello que decía combatir y reforzó la vieja idea de que el fin justifica los medios, incluso cuando esos medios implicaban unirse con aquello que antes se condenaba.
El propio Gobierno Nacional podrá mostrar cifras importantes en materia de vivienda, agua potable y programas sociales, y sería injusto desconocerlas. Pero gobernar no consiste únicamente en ejecutar recursos; también implica cumplir las expectativas que el propio gobierno sembró y responder a la esperanza que despertó en millones de colombianos.
Tal vez esa sea la verdadera petrotusa.
No la de quienes perdieron una elección.
Sino la de quienes creímos que este gobierno sería diferente y terminamos sintiendo que las transformaciones prometidas nunca llegaron con la profundidad que esperábamos.
Ojalá el camino que hoy inicia el país no sea traumático, cumpla las expectativas de quienes eligieron un nuevo rumbo y le responda con altura a Colombia. Porque, paradójicamente, fueron las propias contradicciones del petrismo las que terminaron abriendo la puerta al momento político que hoy comienza.
Tomado de Periódico El Tunjano
