La corrupción no tiene color político, no pertenece a una ideología determinada ni reconoce fronteras entre izquierdas, derechas o centros.
El corrupto es corrupto, venga de la ideología que sea y quizá uno de los mayores errores de nuestras sociedades ha sido convertir la corrupción en un argumento político; es decir, condenarla cuando la comete el adversario y justificar, minimizar o guardar silencio cuando la protagoniza alguien de nuestro propio sector.
La corrupción ha sido, durante décadas, uno de los grandes obstáculos para el desarrollo de las comunidades y allí donde los recursos públicos terminan en bolsillos particulares, las carreteras no se construyen, los hospitales no funcionan como deberían, las escuelas se deterioran, los proyectos se paralizan y las oportunidades desaparecen, porque cada peso que se roba, se desvía o se utiliza indebidamente representa, en alguna medida, una posibilidad de bienestar que se le arrebata a la sociedad.
Pero existe algo todavía más peligroso: la capacidad del corrupto para disfrazarse de hombre honesto, porque suele hablar de transparencia, principios, moral y defensa de lo público, y construye cuidadosamente un discurso que repite tantas veces que termina creyéndose él mismo.
Aprende el libreto de la honestidad y lo interpreta con una convicción sorprendente; tiene habilidad para el verbo, sagacidad para convencer y una extraordinaria capacidad para convertir las explicaciones en argumentos y las evidencias en supuestas persecuciones.
El corrupto no siempre llega anunciando que viene a robar, por el contrario, muchas veces llega hablando de cambio, de transformación, de justicia, de pueblo, de instituciones, de democracia o de defensa de los más necesitados. Se presenta como salvador mientras encuentra la manera de convertir el poder en una herramienta para beneficio propio o de su círculo cercano.
Y ahí está uno de los grandes peligros de la corrupción y es cuando consigue que la sociedad termine defendiendo al corrupto simplemente porque lleva puesta la camiseta de su propia ideología.
No importa si quien roba se proclama de izquierda, de derecha, liberal, conservador, progresista, independiente o apolítico. El delito no cambia de naturaleza dependiendo de quién lo cometa.
Un peso público malversado no es menos público porque lo robe alguien que piensa como nosotros; una contratación amañada no deja de ser corrupta porque beneficie a nuestro partido; una mentira no se convierte en verdad porque sea pronunciada por nuestro líder, es decir, que la ética no puede tener militancia.
Una sociedad verdaderamente democrática no puede construir su concepto de honestidad dependiendo de quién ocupa el poder, ya que la corrupción debe ser condenada con la misma fuerza cuando la comete el adversario que cuando la comete el amigo, de lo contrario, no estamos defendiendo principios, sino que estamos defendiendo intereses.
Y quizá sea necesario decirlo con absoluta claridad, ya que el problema no es solamente el corrupto sino una sociedad cómplice y enferma que lo protege, lo aplaude, lo justifica y lo vuelve a elegir después de conocer sus actuaciones, porque cuando la corrupción se vuelve tolerable dependiendo de quién la protagonice, el problema deja de estar únicamente en los gobernantes y comienza a enquistarse en la conciencia colectiva.
La lucha contra la corrupción no puede ser una bandera electoral ni un instrumento para destruir al adversario, sino que tiene que ser un compromiso ciudadano, una exigencia permanente, una línea ética que nadie pueda cruzar sin recibir el rechazo de una comunidad que entienda que los recursos públicos no pertenecen a los gobernantes, sino a todos.
Por otra parte, hay cosas que deberían estar sobre la mesa, a la vista de todos, pero terminan sancionadas por una sociedad que muchas veces prefiere la apariencia antes que la verdad y entonces algunos terminan dándole la vuelta por otro lado, no por falta de claridad, sino porque decir las cosas de frente y hacerlas como corresponde molesta, especialmente cuando se trata de reconocer el trabajo, el mérito y el esfuerzo de los demás.
Corrupto el que se embolsilla el diezmo de la iglesia mientras habla de moral y levanta las manos al cielo; corrupto el que diseña contratos a la medida para favorecer a quienes le secundan y luego pretende vender la trampa como gestión; corrupto el que acomoda los principios según la conveniencia del momento y aplaza la objetividad para darle gusto a los «mugrecitos» de su mente; corrupto el que utiliza un cargo público para cobrar favores privados; corrupto el que convierte la amistad en moneda de contratación; corrupto el que reparte puestos como quien reparte fichas de casino y después llama meritocracia al juego.
Corrupto el que exige transparencia mientras esconde las cuentas debajo de la alfombra; corrupto el que condena el robo ajeno porque todavía no encuentra la manera de hacerlo propio; corrupto el que utiliza la religión para aparentar decencia, la política para negociar privilegios y la amistad para blindar negocios; corrupto el que sabe perfectamente dónde está la línea de la decencia y se dedica a cruzarla cuando nadie está mirando.
Después de esta repudiable lista de prácticas, aparecen los grandes moralistas del micrófono, los guardianes de la ética de bolsillo, indignados contra la corrupción… siempre que la corrupción la cometa otro, porque al parecer, para algunos, el delito cambia de nombre cuando la mano que lo ejecuta pertenece al amigo, al padrino, al contratista de confianza o al compañero de la misma rosca.
Al final, las ideologías pasan, los gobiernos cambian, los caudillos desaparecen, los arrogantes permutan, los manipuladores se extinguen y los discursos se transforman; pero las consecuencias de la corrupción permanecen durante generaciones y tal vez por eso no podemos seguir preguntando de qué orilla política o ideológica está el corrupto porque la única pregunta que debería importar es si es corrupto; y si lo es, debe ser señalado, investigado y sancionado, sin importar el color de la bandera que levante, el partido que lo respalde o el discurso que utilice para intentar justificar lo injustificable, porque la corrupción no tiene ideología sino víctimas.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
