A veces, aunque pocas, aparecen nombres que una profesión termina guardando en su memoria con una consideración especial no por la acumulación de cargos, premios o años de ejercicio, sino porque detrás de ellos queda una obra, una escuela, una manera de entender el oficio y, sobre todo, una forma de ejercerlo frente a la sociedad. En el periodismo colombiano, ese nombre tiene una dimensión especial: Yamid Amat.

Mientras permanece bajo atención médica en la Fundación Santa Fe de Bogotá, en estado crítico y con pronóstico reservado, el país sigue con respeto la evolución de un periodista cuya carrera profesional supera las seis décadas.

En una hora como esta, cuando la vida obliga a detener por un momento el ruido cotidiano, quizá resulte insuficiente repasar una hoja de vida porque conviene más bien mirar la obra, preguntarnos qué está dejando y, sobre todo, qué aprendimos de aquel hombre que convirtió la pregunta en una de las herramientas más poderosas de su oficio.

Yamid Amat comprendió muy temprano que el periodismo comienza con una pregunta, pero también entendió algo todavía más difícil: una buena pregunta carece de valor cuando quien la formula no conoce aquello que está preguntando.

Preguntar exige preparación, lectura, contexto, memoria y capacidad para escuchar, exige también aceptar que la primera respuesta puede no ser la respuesta definitiva.

De allí nació una manera de trabajar que terminó convirtiéndose en una escuela: preguntar, insistir, precisar, contrastar, volver sobre la respuesta, encontrar la contradicción, advertir el silencio y regresar a la pregunta cuando todavía quedaba algo por explicar.

Durante décadas, esa metodología ha estado presente en entrevistas que pusieron frente a sus micrófonos a presidentes, ministros, empresarios, artistas, escritores, dirigentes políticos y protagonistas de acontecimientos nacionales e internacionales.

La entrevista, en sus manos, adquirió otra dimensión y dejó de ser un simple intercambio entre entrevistador y entrevistado para convertirse en un ejercicio de investigación, confrontación intelectual y búsqueda de respuestas que muchas veces el protagonista no estaba dispuesto a entregar espontáneamente.

Por eso resulta necesario formular una pregunta difícil para quienes ejercemos este oficio: ¿qué queda del periodismo cuando desaparece la preparación? ¿Qué queda cuando el periodista pregunta sin haber leído, cuando una declaración se publica antes de ser comprobada, cuando la velocidad sustituye al contexto o cuando una tendencia barata en redes sociales termina imponiendo la agenda de una sala de redacción? Y quizá la pregunta más dolorosa: ¿qué ocurre con una sociedad cuando deja de distinguir entre información, opinión, propaganda y espectáculo?

En una época de creciente confusión entre esos conceptos, las premisas que Yamid Amat convirtió en práctica profesional conservan plena vigencia, porque de él se aprende que la noticia demanda velocidad, pero la velocidad jamás puede absolver la falta de rigor.

La información requiere verificación, la entrevista exige preparación, la pregunta necesita propósito y la opinión, para ser responsable, debe distinguirse de los hechos, es decir, el periodismo puede cambiar de herramientas, plataformas y lenguajes, pero su responsabilidad frente al ciudadano permanece.

Yamid Amat ejerció esa responsabilidad durante décadas y su carrera en Caracol Radio, Radionet, CM& y Noticias Caracol estuvo vinculada con transformaciones importantes de los medios colombianos.

Dirigió equipos informativos, participó en la creación de proyectos periodísticos y convirtió la entrevista en uno de los centros de su trabajo. Noticias Caracol lo identifica como primer director de ese informativo y recuerda también su papel en la creación del formato de 6 AM en Caracol Radio.

En 1987 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista dato que posee una fuerza particular porque tenía entonces 45 años y el país estaba reconociendo ya una trayectoria que todavía tenía por delante una larga historia profesional.

Pero sería insuficiente medir al maestro Yamid Amat por sus premios, sus cargos o los programas que dirigió, porque su influencia también está en quienes aprendieron de él, en los periodistas que pasaron por sus equipos, en quienes descubrieron que una entrevista no consiste en llenar minutos de transmisión y en quienes entendieron que detrás de una pregunta debe existir una investigación. Julio Sánchez Cristo recordó precisamente una enseñanza recibida de Yamid Amat: la importancia de saber hablar, pero también de escuchar y guardar silencio.

Ahí aparece uno de los grandes misterios de este oficio, porque el periodista habla para que otros puedan conocer, pero escucha para poder comprender y esa diferencia puede separar una entrevista de una conversación superficial y una noticia de una simple repetición de declaraciones.

La trayectoria del maestro Yamid también tiene una entraña boyacense que merece ser recordada y, antes de convertirse en una figura nacional de la comunicación, pasó por el Colegio Salesiano de Tunja y comenzó su actividad radial en esta ciudad de origen que adquiere especial significado cuando se observa la tradición periodística de Boyacá y los nombres que desde esta tierra han aportado a la prensa, la literatura y la comunicación colombianas. José Joaquín Ortiz, Enrique Santos Castillo, Calibán, Plinio Apuleyo Mendoza y tantos otros nombres de distintas generaciones que forman parte de una historia regional extensa, diversa y todavía digna de mayor estudio.

Yamid Amat llevó esa tradición a una escala nacional, pero hizo algo todavía más difícil: consiguió que su nombre dejara de estar asociado únicamente con un lugar de origen para convertirse en referencia de una profesión entera y su carrera demuestra, además, que el periodismo puede convertirse en una escuela y una escuela no se define por un edificio, sino que se reconoce en sus discípulos, en sus métodos, en las preguntas que otros aprendieron a formular y en los criterios que permanecen cuando el maestro ya no está frente al tablero.

Una carrera puede terminar con la última jornada de trabajo, pero una escuela permanece y el maestro Yamid Amat nos ha dejado escuela: en la radio, en la televisión, en las salas de redacción y en quienes comprendieron que una entrevista no consiste en llenar silencios, sino en descubrir aquello que todavía no ha sido explicado, razón por la que resulta difícil hablar del maestro Yamid Amat, sin hablar también de la evolución del periodismo colombiano.

Cuando comenzó, las noticias dependían de máquinas de escribir, líneas telefónicas, agencias y sistemas convencionales de transmisión. Después llegaron la televisión informativa, los satélites, nuevas tecnologías, internet y las redes sociales. El maestro Yamid conoció cada una de esas transformaciones.

Cambió la tecnología, cambió la velocidad, cambió la audiencia y cambió la forma de distribuir la información, pero permaneció la pregunta, y quizá allí se encuentre una de las claves más recónditas de su legado, toda vez que una tecnología puede transmitir una noticia, pero ninguna tecnología puede reemplazar el criterio para decidir qué preguntar.

Ningún algoritmo puede asumir por completo la responsabilidad de verificar; ninguna tendencia puede sustituir el juicio profesional, ninguna plataforma digital puede conceder legitimidad a una información que nació sin rigor y tal vez por eso, el periodismo del maestro Yamid Amat conserva una enseñanza difícil para nuestro tiempo y es que la tecnología puede acelerar la información, pero jamás puede reemplazar al periodista.

Desde el Sistema Informativo La Palestra, desde el ejercicio cotidiano de este oficio y desde la responsabilidad que implica trabajar con la palabra, resulta imposible desconocer lo que significa su nombre para quienes hemos vivido alrededor de la información y los medios, por eso hoy corresponde acompañarlo con respeto, sin estridencias, sin convertir una circunstancia médica en espectáculo, sin titulares irreverentes, sin adulaciones oportunistas. Simplemente con memoria y gratitud.

Porque un periodista también puede medirse por las preguntas que deja después de tantos años, y el maestro Yamid Amat nos está dejando miles: preguntas dirigidas al poder, preguntas dirigidas a los protagonistas, preguntas que quizá nunca encontraron respuesta y que el tiempo todavía conserva; preguntas que algún día podrán ser respondidas por los documentos, por los archivos, por la historia o por nuevas generaciones de periodistas.

Y también preguntas dirigidas a una colectividad que necesita comprender lo que ocurre sin apasionamientos ideológicos, sin la mezquindad del egocentrismo y sin esa peligrosa idolatría que una sociedad fragmentada puede desarrollar alrededor de falsos caudillos, porque allí también reside la función del periodismo: no fabricar ídolos, no destruir personas y no servir de instrumento a intereses particulares, sino poner preguntas sobre la mesa y permitir que los ciudadanos conozcan los hechos para formar su propio criterio.

Quizá por eso, cuando se escriba la historia del periodismo colombiano de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del XXI, el nombre del maestro  Yamid Amat ocupará un capítulo propio y no por la cantidad de micrófonos que tuvo delante, ni por los estudios desde donde transmitió, ni por la cantidad de personajes que entrevistó, sino porque consiguió convertir la pregunta, ejercida con conocimiento y oficio, en una herramienta de conocimiento público.

Ese puede ser uno de los mayores reconocimientos para un periodista: que después de tantos años, cuando se pronuncia su nombre, aparezca todavía la imagen de un hombre frente a un micrófono, atento a la respuesta de su interlocutor y dispuesto a formular la siguiente pregunta. Sin mirar el teléfono para buscar a última hora aquello que debió estudiar antes, sin improvisar conocimiento, sin disfrazar ignorancia con arrogancia, sin confundir velocidad con inteligencia y sin convertir la profesión en una sucesión de opiniones lanzadas al aire.

Porque esa también es una pregunta que deberíamos hacernos quienes ejercemos hoy el periodismo: ¿estamos formando periodistas o simplemente operadores de contenido? ¿Estamos enseñando a investigar o únicamente a publicar? ¿Estamos formando ciudadanos capaces de preguntar o personas entrenadas para repetir tendencias? ¿Estamos defendiendo el oficio o estamos entregándolo, poco a poco, a la inmediatez?

Frente a esas preguntas, la trayectoria del maestro Yamid Amat adquiere todavía mayor significado y no porque debamos regresar al pasado, sino porque algunas reglas del oficio no envejecen y la verdad necesita comprobación. El poder necesita preguntas, el ciudadano necesita información confiable y el periodista merece criterio.

Hoy Colombia escucha en silencio,  y desde tierras libertarias, desde Tunja, desde la ciudad que también guarda una parte de sus primeros pasos, desde este oficio que él ayudó a dignificar, solo podemos decir: Maestro Yamid, gracias por enseñarnos que preguntar también es una manera de servir. Gracias por las madrugadas, por las entrevistas, por las noticias, por las redacciones, por las preguntas difíciles, por las respuestas que consiguió y por aquellas que dejó pendientes. Gracias por las generaciones de periodistas que encontramos en su trabajo una escuela y un método certero de ejercer la profesión, y por haber entendido que el periodismo tiene una misión que ninguna tecnología puede reemplazar: preguntar cuando otros callan, escuchar cuando todos hablan y buscar la verdad cuando resulta más difícil encontrarla.

El maestro Yamid Amat no necesita que exageremos su historia porque su historia ya es suficientemente grande; no necesita que inventemos su legado, porque su legado está en los periodistas que aprendimos de él, en los medios que ayudó a transformar y en las preguntas que quedaron registradas en la memoria de Colombia y tampoco necesita una estatua. Necesita algo mucho más difícil: que el periodismo colombiano conserve la dignidad que él le exigió durante tantos años.

Y quizá esa sea la mejor manera de honrar al maestro: seguir preguntando, seguir investigando, seguir escuchando, seguir incomodando al poder cuando corresponda, seguir defendiendo al ciudadano frente a la desinformación y seguir creyendo que una pregunta bien formulada puede abrir una puerta que durante años permaneció cerrada.

Mientras existan periodistas dispuestos a preguntar con conocimiento, escuchar con humildad y buscar la verdad con rigor, la escuela del maestro Yamid Amat seguirá viva y entonces podremos comprender que la verdadera grandeza de un maestro no consiste en haber sido escuchado durante tantos años, sino en conseguir que, después de escucharlo, otros aprendan también a preguntar.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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