¿Qué convierte un objeto en una obra de arte? ¿Quién determina que una creación merece ocupar un lugar en un museo y bajo qué criterios se le atribuye un valor que trasciende el gusto individual? ¿Estamos ante una decisión sustentada en el conocimiento, la investigación y la historia, o ante un ejercicio de interpretación en el que también intervienen las ideologías, los intereses institucionales y las relaciones de poder?

Estas preguntas, que a primera vista podrían parecer exclusivas de artistas, críticos e investigadores, conciernen a toda la sociedad porque en mi opinión, los museos no son comarcas reservadas para una minoría ilustrada sino el espacio de encuentro con la historia, la memoria, la creación y el pensamiento humano y por eso, cuando una institución decide que determinada pieza merece ser exhibida, conservada y reconocida como parte de un patrimonio cultural, resulta legítimo preguntarse qué sustenta esa decisión.

La polémica se agudiza si se tiene en cuenta, que el arte no se deja encerrar fácilmente en una definición porque durante siglos, la belleza, la destreza técnica, la armonía y la capacidad de representar la realidad fueron criterios fundamentales para valorar numerosas expresiones artísticas; sin embargo, las transformaciones culturales de los últimos siglos ampliaron radicalmente esos parámetros por lo que arte dejó de estar necesariamente vinculado con la belleza convencional y comenzó a explorar la provocación, la abstracción, el concepto, la crítica social y la ruptura de las tradiciones; transformación que enriqueció la creación artística, pero también hizo más compleja su valoración y por eso hoy podemos encontrarnos frente a una pintura de extraordinaria elaboración técnica, una escultura colosal, una instalación construida con objetos cotidianos o una propuesta conceptual cuya materialidad parece mínima y sin embargo todas pueden aspirar legítimamente a ser consideradas arte; pero la pregunta es si todas merecen el mismo reconocimiento y, sobre todo, qué razones permiten distinguir su importancia.

Uno de los episodios más característicos de esta discusión ocurrió en 1917, cuando Marcel Duchamp presentó un urinario comercial, firmado con el seudónimo «R. Mutt», a una exposición de la Society of Independent Artists de Nueva York. La obra, conocida como «Fountain», fue rechazada y posteriormente se convirtió en uno de los objetos más influyentes en la historia del arte moderno porque el protagonista de este hecho no estaba proponiendo simplemente que un objeto sanitario pudiera exhibirse en una galería, sino que su gesto cuestionaba la idea de que el arte dependiera exclusivamente de la habilidad manual del creador, de la belleza del objeto o de su elaboración material.

¿Podía la elección de un objeto cotidiano, acompañada de una intención y un contexto determinados, constituir un acto artístico? ¿Qué sucedía cuando una institución rechazaba una pieza que cuestionaba sus propias reglas?

Más de un siglo después, Fountain sigue siendo un referente de la historia del arte y su importancia no radica en que cualquier urinario pueda convertirse automáticamente en una obra de valor equivalente, sino en las preguntas que introdujo y en las transformaciones que provocó en la manera de comprender la creación.

Este ejemplo permite advertir algo trascendental, y es que el valor artístico no siempre está contenido exclusivamente en el objeto, ya que también puede surgir de su relación con una época, con una tradición, con una idea o con una transformación cultural, y reconocerlo no significa renunciar a la evaluación crítica ni aceptar que cualquier declaración del artista sea suficiente para conferir una importancia extraordinaria.

La subjetividad forma parte de la experiencia estética y una obra puede conmover locamente a una persona y dejar indiferente a otra; puede ser admirada por su composición y cuestionada por su significado e incluso puede ser reconocida por su importancia histórica sin despertar una particular conexión emocional en quien la contempla, es decir, que no hay contradicción necesaria entre esas experiencias.

El problema comienza cuando se utiliza la subjetividad como argumento para cerrar cualquier discusión. Si cada interpretación es válida por el simple hecho de existir, ¿con qué criterios se justifican las decisiones de una institución? Y si el juicio de los especialistas se considera incuestionable, ¿qué espacio queda para la mirada del ciudadano que visita un museo, para el estudiante que intenta comprender una exposición o para el artista cuya propuesta no encuentra reconocimiento?

La respuesta no puede consistir en entregar toda decisión al gusto mayoritario porque los museos necesitan profesionales capacitados para investigar, conservar, documentar y contextualizar sus colecciones y tampoco sería razonable exigir que cada adquisición se decidiera mediante una votación popular por cuanto el conocimiento especializado es indispensable y el arte no tiene la obligación de resultar inmediatamente comprensible para todo el mundo.

Sin embargo, una cosa es reconocer la importancia de la especialización y otra convertirla en una autoridad sin posibilidad de examen y aquí aparece una de las cuestiones más importantes del debate, que es el papel de las curadurías, porque el curador no se limita a escoger obras y distribuirlas en una sala. Investiga, establece relaciones, propone interpretaciones y construye un relato que orienta la experiencia del visitante y sus decisiones pueden contribuir a rescatar expresiones olvidadas, cuestionar versiones tradicionales de la historia, dar visibilidad a artistas emergentes y establecer conexiones entre diferentes épocas y culturas.

Un curador de arte puede formarse profesionalmente mediante carreras como Historia del Arte, Artes Plásticas, Artes Visuales o disciplinas afines, complementadas con estudios especializados en curaduría y museología. En Colombia, por ejemplo, la Universidad de los Andes ofrece el pregrado en Historia del Arte y la Universidad Nacional cuenta con una Maestría en Museología y Gestión del Patrimonio.

Sin embargo, no existe una única trayectoria académica universal para llegar a ser curador, ya que son fundamentales la experiencia en investigación, el conocimiento de las colecciones, la elaboración de proyectos expositivos y la capacidad de argumentar por qué determinadas obras merecen ser seleccionadas. En otras palabras, el título académico aporta formación, pero la legitimidad de una curaduría también depende del rigor de la investigación, la transparencia de los criterios y la responsabilidad con la que se ejerce esa función.

Elegir unas obras significa dejar otras por fuera. Decidir qué artistas reciben atención, qué períodos históricos se destacan y qué discursos articulan una exposición supone ejercer una influencia considerable sobre la manera en que una sociedad comprende su producción cultural y la curaduría, por tanto, no es una actividad completamente neutral. Incluso cuando se desarrolla con rigor, incorpora perspectivas, prioridades y decisiones interpretativas y eso no la deslegitima. Lo que exige es ética y responsabilidad.

La autonomía curatorial es necesaria para evitar que gobiernos, patrocinadores, coleccionistas o grupos ideológicos impongan sus preferencias sobre la creación artística; sin embargo, la autonomía no debe confundirse con la ausencia de rendición de cuentas y la libertad de decidir no elimina la obligación de argumentar, especialmente cuando se trata de instituciones financiadas con recursos públicos o que cumplen una función educativa y patrimonial.

En Colombia, esta discusión merece una investigación mucho más profunda que las habituales declaraciones a favor o en contra del arte contemporáneo toda vez que existen marcos institucionales para la gestión de colecciones, como las políticas aplicables a los museos del Ministerio de Cultura, y estándares profesionales internacionales, entre ellos el código de ética del Consejo Internacional de Museos, no obstante, la existencia de normas no demuestra por sí sola que todos los procesos sean transparentes ni permite afirmar, sin evidencia, que exista una práctica generalizada de favoritismo o arbitrariedad.

La pregunta pertinente es cómo funcionan estos procedimientos en la realidad. ¿Se conocen los criterios de selección y adquisición? ¿Son públicas las políticas curatoriales? ¿Cómo se eligen los integrantes de los comités que intervienen en las decisiones? ¿Existen mecanismos para declarar y gestionar conflictos de interés? ¿Qué información puede consultar un ciudadano sobre la incorporación de una pieza a una colección pública? ¿Cómo se distribuyen las oportunidades de exhibición entre artistas de distintas regiones y trayectorias?

Responder estas preguntas requiere examinar documentos, contrastar testimonios y estudiar decisiones concretas, y no basta con sospechar de los curadores ni con aceptar automáticamente sus argumentos, ya que una discusión seria exige pruebas y la disposición de las instituciones a explicar cómo cumplen sus responsabilidades.

La solución no consiste entonces en eliminar el rigor ni en reducir el arte a explicaciones elementales, sino en comunicar mejor porque un museo puede ofrecer una explicación inicial clara, ampliar posteriormente el contexto histórico y conceptual y, finalmente, poner a disposición de quienes quieran profundizar los estudios y las referencias especializadas. La complejidad no tiene por qué convertirse en oscuridad y se trata más bien de ofrecerles herramientas para comprender por qué una creación puede resultar significativa, qué preguntas plantea y qué argumentos respaldan las distintas interpretaciones posibles, es decir, que la educación artística debería formar ciudadanos capaces de pensar y no solamente espectadores dispuestos a aceptar jerarquías culturales.

La experiencia internacional ofrece ejemplos que ayudan a comprender esta tensión. El impresionismo encontró resistencia en los circuitos académicos de su tiempo antes de convertirse en una referencia fundamental de la pintura moderna. El Guernica, de Pablo Picasso, alcanzó una relevancia que no puede explicarse únicamente por la técnica pictórica y su relación con la violencia de la Guerra Civil española; su lenguaje visual y su dimensión simbólica contribuyeron a convertirlo en una imagen universal del sufrimiento provocado por la guerra.

Pero sería un error concluir que toda obra rechazada está destinada a convertirse en una obra maestra o que toda propuesta contemporánea merece reconocimiento por el simple hecho de romper con las convenciones, porque la innovación no garantiza por sí sola la calidad, del mismo modo que la tradición no constituye una garantía automática de excelencia y cada creación debe examinarse dentro de su contexto, atendiendo a sus características, sus propósitos y los argumentos que sustentan su valoración.

Conviene entonces desconfiar de las respuestas demasiado sencillas, mediáticas y apresuradas, porque ni el artista tiene la última palabra sobre el valor histórico de su creación, ni el curador posee el monopolio de la interpretación, ni el mercado determina qué merece permanecer en la memoria colectiva y tampoco el gusto mayoritario puede ser el único juez de la cultura, porque el arte se mueve en una orilla de libertad, experimentación y discusión y su riqueza reside, en buena medida, en que no admite una clasificación definitiva que resuelva todas las controversias, y la ausencia de una fórmula universal no significa que debamos renunciar a los criterios, la investigación o la transparencia.

Un museo tiene derecho a exhibir obras difíciles, polémicas y experimentales y parte de su misión consiste en ampliar los horizontes culturales, preservar expresiones que pueden ser incomprendidas en su tiempo y abrir discusiones que la sociedad todavía no ha resuelto. Lo que no debería hacer es presentar sus decisiones como verdades indiscutibles o suponer que la incomprensión del visitante demuestra necesariamente una insuficiencia intelectual de este último.

El artista tiene libertad para crear; el curador, responsabilidad para investigar y seleccionar; el museo, obligación de preservar, contextualizar y comunicar; el crítico, tarea de argumentar; y el ciudadano, derecho a comprender, preguntar y construir su propia relación con las obras, y ninguno debería reclamar un monopolio absoluto sobre el significado del arte.

Un museo no tiene que exhibir exclusivamente aquello que el público ya conoce, admira o comprende, pero sí debería ofrecer razones para explicar por qué una obra ocupa ese lugar y qué aporta a la historia, al pensamiento o a la sensibilidad colectiva y esa explicación no tiene que convencer a todos ni eliminar las discrepancias. Debe, al menos, permitir que la discusión se desarrolle sobre una base de conocimiento y no sobre la obediencia a una autoridad, ya que un museo no debería ser un templo en el que el visitante se limita a aceptar aquello que otros han consagrado, sino más bien un espacio donde la creación, el conocimiento y la ciudadanía se encuentren para pensar, discutir y descubrir.

La pregunta que queda abierta es si estamos formando ciudadanos capaces de interpretar el arte o si, por el contrario, estamos construyendo instituciones cuyas decisiones sólo parecen comprensibles para quienes ya pertenecen al círculo cerrado y exclusivo de los ilustrados pensadores especializados.

Por:  José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *