Con 84 años de robusta y fructuosa presencia en la esfera terrenal, se despidió el gran patriarca de la cultura y las letras, el historiador Gustavo Mateus Cortés, estudiante egresado del glorioso colegio de Boyacá de la ciudad de Tunja, autodidacta, investigador, reportero gráfico de la vida y creativo.

“Lo que se hereda no se hurta” reza el adagio popular y ésto se ratifica en la afición por la fotografía que sacó de su padre y que lo llevaría, luego, a convertirse en el más importante y destacado recopilador gráfico que haya tenido el departamento de Boyacá, por cuanto Gustavo Mateus Cortés dejó plasmada en la retina de sus lentes, bellos paisajes de la exuberancia lugareña, así como exquisitas y refinadas postales, dignas de ser elegidas como portada de cualquier publicación de alta calidad en el mundo.

Cuando se recorre, palmo a palmo una región como lo hizo Gustavo Mateus en su departamento para encontrar las iconografías que inmortalizaran el amor que sentía por su tierra, no solo se busca el encuadre perfecto o el ángulo de luz ajustado a los cánones de tan sublime arte, sino que se indaga sobre cada estancia, cada inmueble y cada elemento que de por sí tiene su propia historia y reveladores relatos escondidos.

De ahí el entusiasmo e interés de Gustavo Mateus por adentrarse en las letras y en la investigación histórica de la estancia campesina o de esos terrenos apostados al costado del tiempo de la colonia con un santoral de anales, que el genial Gustavo lograba captar con su tomavistas para obtener verdaderas tarjetas que parecía que hablaran y contaran, mudas, sus cuitas y leyendas.

En sus cuarteles de invierno guardaba con celo un envidiable arsenal de cámaras, lentes, accesorios y elementos que iba coleccionando y que adquiría en otras latitudes del mundo por donde también anduvieron sus pasos y de donde seguramente obtuvo esos conceptos estéticos y vanguardistas que caracterizaron sus impecables imágenes fotográficas.

Su amor por el arte en todas sus manifestaciones lo llevaría pronto a inmiscuirse de lleno en la magia de la retórica, la escritura y la composición literaria, destreza que, también, dejó plasmada en las publicaciones que pronto le otorgarían el derecho a ingresar a la Academia Boyacense de Historia, en donde ejerció una labor de elogiadas y ejemplarizantes acciones, porque sus debates fueron siempre con altura, como riñen los hombres y mujeres de estirpe gallarda, seria, sabia y responsable.

El humor, cualidad de los grandes humanistas, fue también su sello e impronta, por eso se refería con cierta picardía de traducciones cultas, sobre los acontecimientos diarios de la vida y más los que tenían que ver con el devenir de su amado Boyacá, la cuna que meció sus anhelos y en la que halló la verdadera esencia de sus luchas y conquistas.

El periodismo fue otra de sus aplaudidas facetas y el “Periódico Barricada” que se distribuía, de manera gratuita calle arriba y calle abajo en su amada Tunja, fue el que refugió los primeros asomos de esa habilidad. Posteriormente “El Espectador” y “El Tiempo” permitieron que el escritor y relator de usanzas se encontrara con grandes y cualificadas audiencias del país y el mundo, quienes disfrutaban de sus fascinantes disertaciones.

Jefe de redacción del “Diario Boyacá”, director ejecutivo de Coldeportes, director del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, ICBA, gerente del Instituto de Desarrollo de Boyacá, gerente del Fondo Mixto de Cultura del departamento y director del Museo de Arte Colonial de Tunja, entre otros cargos, desarrollados con decoro, lo catapultaron como una de las celebridades más importantes y sobresalientes de la zona andina colombiana.

Pero quizá una de sus obras más significativas, que están en la retentiva del imaginario colectivo, fue la creación del Festival Internacional de la Cultura, evento que logró posicionar en la esfera mundial, amén de las compañías de música, danza y teatro que llevó a Tunja, provenientes de diferentes rincones del mundo.

Osada acción con la que Tunja salió del anonimato en materia cultural y se mostró con arrojo en la esfera universal, codeándose de tú a tú con las grandes potencias del globo, especialmente en tiempos en que la única esencia del Festival era el componente cultural y no lo había permeado, aún, las voraces garras de la industria, las redes y el mercantilismo.

Y si de recuerdos gratos se trata, no podemos dejar de mencionar los nombres de afamadas agrupaciones que, gracias al visionario pensamiento de Gustavo Mateus Cortés, llegaron a la capital boyacense en aquellas épocas gloriosas de la cultura, como la Orquesta de Cámara de Leipzig de Alemania, la Orquesta Sinfónica de Boston, Colectivos Orquestales de Rusia, China, México, Europa y varios países más.

Como toda figura icónica que deja rastro, Gustavo Mateus Cortés también tuvo sus detractores, algunos abucheadores olvidadizos que crecieron bajo su sombra y luego, sin éxito, pretendieron tapar con un dedo su grandeza. Para ellos Gustavo entregó un suculento banquete de bocados, preparados con guante blanco, logrando callar la voz agresiva de aquellos que aún, y con la boca llena, le bostezaban y pedían más para saciar la gula.

Gustavo confrontaba con sapiencia y argumentos sólidos a todo aquel que controvertía con malicia soterrada sus iniciativas, y por eso porfiar con altura, fue siempre otra de sus tantas ajustadas y rigurosas características comportamentales.  

La Academia Boyacense de Historia, magna institución a la que quienes, como yo, pertenecemos y profesamos admiración y acatamiento, fue el espacio donde el magno cultor desarrolló una serie de ejercicios benéficos para las letras colombianas, porque sus obras se convirtieron en apetecidos y aplaudidos documentos impulsados y respaldados siempre por su gran amigo y contertulio, el humanista Javier Ocampo López, presidente de la emérita entidad erudita.

Cuántos estudiantes de diferentes facultades visitaron su morada en busca de asesoría, entrevistas, documentales, consejos o simplemente para conocerlo, estrechar su mano y tomarse la memorable fotografía.

Cuántos relatos quedaron para la historia y cuánta huella dejó plasmada en ese camino, a veces árido y arisco donde agonizan las esperanzas, pero qué, gracias al legado de este hombre, se revitalizaron en su suelo para que brotara de la entraña nuevos estolones que hoy testimonian la nobleza sembrada por Gustavo Mateus Cortés y que permanezcan por siempre florecidas en la parcela, recordándonos que “jamás muere quien nunca se olvida”

Hasta pronto querido amigo, contertulio y gran maestro. “Por fortuna, en vida tú me hiciste el retrato y ahora yo, con humildad y gratitud, te saco un son”.

José Ricardo Bautista Pamplona #ColumnistaInvitado

Tomado de https://boyaca 7dias.com.co/

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