Cuando el mundo vive hoy una de las más agudas crisis a causa de la inflación y Colombia registra el precio más alto en la historia de los alimentos, nos enfrentamos al absurdo e insólito caso del desperdicio y pérdida de víveres.

El desperdicio de alimentos es un problema álgido en Colombia, al igual que en muchos otros países, y se estima que una gran cantidad de provisiones se pierde en diferentes etapas de la cadena de suministro desde la producción hasta el dispendio final.

En la fase de producción, por ejemplo, se dilapidan alimentos debido a factores como: condiciones climáticas adversas, plagas y enfermedades, falta de infraestructura apta para el almacenamiento y transporte, así como la sobreproducción de ciertos cultivos que no encuentran salida en el mercado.

Durante el procesamiento y transporte de los insumos, también se generan pérdidas debido a problemas de logística, falta de tecnología adecuada y manipulación inadecuada de los productos.

En otra etapa, los alimentos son descartados por los minoristas debido a su apariencia física, como frutas y verduras con imperfecciones estéticas, lo que lleva a la selección de productos casi «perfectos» en los estantes. Además, las malas prácticas comerciales y la falta de coordinación en la cadena también contribuyen al desaprovechamiento.

Quizá lo más triste y contradictorio es lo que ocurre en algunos hogares de nuestro país, donde se despilfarran alimentos debido a la falta de conciencia, el desconocimiento para almacenar los alimentos y la compra excesiva de productos que no se consumen a tiempo y finalmente resultan en el bote de la basura.

Muchos miembros de la familia, y en especial aquellos adolescentes inconscientes que no tienen idea cómo y a qué costo se llena una nevera, suelen armar pataletas en momentos en que la familia está sentada a la mesa y finalizan mandando portazos y dejando servida la comida que fue, primero adquirida a muy altos costos y segundo preparada con amor.

En los casos de agresión a la mujer por parte de su pareja, igualmente son los alimentos los paganos, ya que los platos servidos resultan bajo la mesa en una absurda acción de violencia irracional donde se quiere demostrar intimidación y supremacía, y otra vez, es la comida la que “paga los platos rotos”.

Es importante mencionar que el derroche de alimentos tiene serias consecuencias económicas, sociales y ambientales. A nivel económico, representa una pérdida de recursos valiosos porque se disipan insumos, mano de obra y recursos naturales utilizados en su producción.

Socialmente, la dilapidación de alimentos contrasta con la realidad de muchas personas en situación de pobreza o inseguridad alimentaria que no tienen acceso a los mismos.

Desde el punto de vista ambiental, el malgasto contribuye significativamente a las emisiones de gases de efecto invernadero, ya que las porciones en descomposición generan metano en los vertederos, además, se pierden grandes cantidades de agua, tierra y energía utilizadas para producir alimentos que nunca se consumen.

Según el Departamento Nacional de Planeación, DNP “con una oferta nacional disponible de alimentos de 28,5 millones de toneladas, en Colombia se pierden y se desperdician un total de 9,76 millones de toneladas, lo cual equivale al 34% del total”.

Dice el DNP que por cada 3 toneladas de producción se pierde o se desperdicia una tonelada, y que del total de alimentos desechados el 64% corresponde a pérdidas que se ocasionan en las etapas de producción, postcosecha, almacenamiento y procesamiento industrial. El 36% restante corresponde a desperdicios que se generan en las etapas de distribución y consumo en los hogares.

Para abordar este problema, es necesario un enfoque integral que involucre a todos los actores en la cadena alimenticia, desde los agricultores y productores hasta los consumidores.

Es urgente implementar medidas como campañas de concienciación sobre el desperdicio de alimentos, promoción de prácticas de producción y comercialización más sostenibles, mejoras en la infraestructura de transporte y almacenamiento, así como el fomento de prácticas de consumo responsable en los hogares.

Es importante fomentar la colaboración entre el gobierno, el sector privado, las organizaciones no gubernamentales y la sociedad en general para enfrentar este desafío y trabajar hacia un sistema alimentario más sostenible y justo en Colombia.

Recordemos que cuando los alimentos no cumplen con los estándares de calidad o no tienen salida comercial debido a sobreproducción, daños por plagas o condiciones climáticas adversas, a menudo se quedan sin cosechar o se dejan en los campos. En algunos casos, se pueden destinar a la alimentación animal o a la producción de abono.

Los alimentos que se descartan en supermercados, mercados minoristas o almacenes, a menudo terminan en vertederos o rellenos sanitarios y algunas cadenas pueden tener programas para donar alimentos que estén cerca de su fecha de vencimiento y que aún sean seguros para el consumo.

Lo mismo ocurre en restaurantes, en esta área los alimentos que no se consumen en los comedores o en los servicios de catering, a menudo se desechan, por lo que algunos de estos sitios pueden tratar de reducir la pérdida mediante la implementación de prácticas de control de inventario, donaciones a organizaciones benéficas locales o compostaje de residuos orgánicos.

Pero no solamente existen los análisis científicos frente a este aberrante problema, por cuanto desde la espiritualidad y el catolicismo también se aborda históricamente este caos y la Biblia contiene varios pasajes que hacen referencia al desperdicio y enfatiza en la importancia de ser responsables con los recursos que Dios nos ha dado.

La norma Divina nos enseña la importancia de agradecer a Dios por la miga servida y los recursos que nos provee, por eso el Nuevo Testamento nos dice que Jesús da gracias por ellos antes de multiplicarlos para alimentar a una multitud, acción que es replicada hasta nuestros días en muchos hogares cuando el padre o la madre hacen la oración entrelazando sus manos y antes de proceder a ingerir los menús, dan gracias al Todopoderoso por el pan puesto en su mesa.

Compartir con los necesitados, también lo dice las escrituras de la religión católica, dando no lo que nos sobra sino lo que nos hace falta, proclama que aplica de manera perfecta en esta reflexión para afianzar los principios que promueven la responsabilidad, la gratitud, el raciocinio y la lógica.

Mi madre me enseñó a elaborar suculentos platos con las sobras que no se consumían; por ejemplo, el arroz que no se puso en los platos sirve para hacer pastelitos o huevos revueltos, las empanadas son también una buena opción para embutir la masa con papa y grano que no fueron usados; me enseñó a preparar el delicioso guacamole con el aguacate magullado y me ilustró sobre cómo hacer exquisitos calentados y otra serie más de truquitos que evitan la pérdida de víveres en la casa.

De todas maneras, para los creyentes y no creyentes y para cualquier ser humano que tenga «dos dedos de frente», debe ser obvio que el despilfarro de alimentos es un absurdo que contrasta con las necesidades que tiene el mundo y con el sacrificio que hoy se debe hacer para llevar el mercado a casa dado el altísimo costo de los productos y la embarullada inflación que nos tiene al borde del abismo.

Muy oportuno que antes de dejar un plato servido en la mesa o sacar comida del congelador que costó una fortuna para arrojarla a la caneca, pensemos en los cientos de colombianos, niños y ancianos que mueren a diario por desnutrición y hambre o en los millones de seres en el mundo que no tienen ni siquiera una ración al día.

#ColumnistaInvitado

Tomado de https://boyaca 7dias.com.co/

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