Estamos en un momento donde lo trivial le ha dado la vuelta a la moneda, dejando en primer plano el sello que ahora es el ganador.

Lo trivial es algo sin importancia, dicho por decir, hablado por hablar, discursos y verborrea un tanto superfluos que no tienen la estatura para sostener, con altura, un debate serio e importante.

Se asegura que aquello que es banal, por el solo hecho de la repetición que convierte todo en costumbre, es algo trivial y que este término se ha usado para restar importancia a lo que se dice y asegura; sin embargo, lo trivial paso del polo sur al polo norte y ahora es titular de primera página o argumento valedero de los que antes vivían en el anonimato.

“Disculpen la trivialidad en mi discurso” decían unos. “que pena lo trivial” añadían otros, por supuesto en momentos donde los vocablos tenían un enorme valor y cada frase que se lanzaba al viento contenía un argumento válido digno de analizar, discutir y desglosar.

Ahora no y en este mundo al revés como decía Jaime Garzón (q.e.p.d.) todo cambió y hoy lo trivial es lo que acapara la atención de los cibernautas y de aquellos lectores que sumergidos en esas “trivialidades” perdieron, hace rato, la brújula que les orientaba un puerto seguro de crecimiento intelectual y humano.

Hoy se dice cuanta cosa se ocurre, se escribe al azar y sin filtro, se responde sin análisis, se arman arengas baratas que acaparan grandes audiencias, se plagia con descaro y sin sonrojo, se copia y pega o se ponen disertaciones banas donde la palabra perdió su atributo y se convirtió en un acto de espontaneidad irreverente con la que se opaca y se turba la frase fina, el contexto analítico y el razonamiento asertivo.

El que más grite y tenga mayores verbos de embestida y volumen es el que encabeza la lista, el que más hable, así sea incoherencias, es quien triunfa en la faena; panorama triste que se presencia todos los días hasta en los más encopetados círculos, como en las reuniones, sesiones y cabildos donde participan aquellos que, se supone, son grandes pensadores que orientan los pueblos.

Lo trivial nos está agobiando y lo superficial se apoderó de las vitrinas donde antes se exhibía la fina alocución. Estamos en un agónico instante donde lo vulgarizado y lo carente de importancia ahora tiene mucha categoría.

Pero, para no seguir calificando tan duro lo trivial, digamos que ese lenguaje simple es en ocasiones oportuno, como el caso de las  conversaciones casuales que tenemos con extraños o con la gente que de repente conocemos de vista en el autobús, la tienda de la esquina, o cuando vamos paseando a nuestra mascota y se dicen expresiones sin importancia como: ¿uy qué frío hace, verdad?, ¡cómo están de caros los huevos! y otra sarta de divagaciones más que, aunque sirven para romper el hielo y entablar conversación, no tienen escala de examen serio o relevante.

Hay quienes afirman que hablar sobre trivialidades con extraños nos hace sentir que podemos confiar en la gente y que el mundo en general es un lugar seguro, igual que nuestra comunidad.

En otras oportunidades nos apegamos a las personas que están más contiguas a nosotros, ya que de alguna manera sabemos lo que ellos saben, oímos lo que ellos oyen, pero irónicamente aprendemos más de extraños recién conocidos que de los que están más cercanos.

En el trabajo estas conversaciones triviales nos hacen sentir más cómodos y facilitan el buen ambiente; pero, cuidado porque se debe pasar rápidamente la línea de lo trivial a lo fundamental dado que corremos el peligro de quedarnos hablando de simplezas y descuidamos lo importante. 

Los calificativos con los que definen ahora las actuaciones en las redes nos han llevado al malgasto de nuestro léxico y a la combinación de frases con la que supuestamente se publican grandes reflexiones, pero que a la final son solo motes publicitarios y en cuyo interior no hay otra cosa que el desespero por ganar adeptos y llamar la atención al costo que sea, con tal de obtener, un me gusta o un número de visitas.

Un mundo plástico que tiene adormecida la humanidad, y peor aún, sumergida en una cláusula letal que embulla, absorbe y aprisiona tanto que no permite sacar la cabeza siquiera para respirar o tal vez para huir del atolladero.

Ya hemos descubierto la trivialidad del éxito vano que el mundo aplaude, ya hemos adquirido tantas cosas que han puesto en riesgo hasta la estabilidad económica de la familia, algunos ya llenamos las paredes de distinciones y condecoraciones, otros ya alcanzaron la fama en las redes y el reconocimiento que los galardonó con el apelativo de YouTuber; hay quienes, al costo que sea, incluso vendiendo sus secretos íntimos, alcanzaron la notoriedad  en los mundillos pasajeros de la cibernética, en fin… es el momento de hacer un alto en camino para retomar esas acotaciones y disertaciones que nos hacen crecer en intelecto y nos aproximan a un hemisferio real de fascinantes realidades, esa es la vida que nos merecemos.

#ColumnistaInvitado

Tomado de https://boyaca 7dias.com.co/

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