El perdón es un acto de liberación emocional que implica dejar ir resentimientos, enojos o emociones negativas hacia alguien que nos ha herido o causado algún daño.
Perdonar no significa olvidar o justificar lo que ha sucedido, sino que, por el contrario, trata de inducir a la toma de decisiones de manera consciente para no llevar el peso emocional de una situación particular para siempre.
El perdón es beneficioso para la salud mental y física, ya que reduce el estrés, la ansiedad, promueve una sensación de bienestar general, mejora las relaciones interpersonales y fomenta la empatía y la compasión.
Es importante señalar que perdonar no siempre significa reconciliarse o continuar una relación con la persona que nos ha herido, especialmente si la correspondencia es tóxica o dañina o si ese ser que está a nuestro lado, invade terrenos, maltrata, aminora y descompensa nuestro bienestar.
El perdón es un regalo que uno se hace a sí mismo, porque redime la carga y permite seguir adelante con la vida de una manera más positiva, como quien se libera de un pesado costal donde guarda malos recuerdos, atropellos, traiciones, maltratos, usurpación, envidia y matoneo.
A simple vista la palabra perdón puede parecer fácil, sin embargo, es un proceso complejo que tiene varias aristas o etapas que cumplir para llegar realmente a encontrar ese esquivo sentimiento invisible para unos y evidente para otros, como medicina para corazón, mente y cuerpo. De ahí que perdonar es un asunto desafiante, para lo cual es importante superar uno a uno cada escaño.
Antes de perdonar es importante reconocer y validar nuestros propios sentimientos de dolor, enojo o resentimiento porque no es sano reprimir o negar lo que sentimos, por el contrario, se debe ser lo más honesto posible a la hora de iniciar la travesía.
Muy importante entender que perdonar no significa justificar o minimizar lo que ha sucedido y, en cambio, es una decisión consciente de liberar toda esa carga emocional negativa asociada a cualquier situación en particular y a esa negación por entender, catalizar y oxigenar el alma.
Aunque parezca imposible, debemos tratar de empatizar con el par y poner en perspectiva lo sucedido desde el punto de vista de la otra persona y esto no significa que debamos aceptar o excusar su comportamiento, pero ayuda a comprender mejor las circunstancias.
En algunos casos, hablar con el individuo involucrado puede ser útil para expresar cómo nos sentimos y entender su perspectiva; no obstante, esto no siempre es necesario o recomendable, especialmente si la situación es muy dolorosa o la comunicación puede ser perjudicial y en vez de ayudar en ocasiones aumenta y acrecienta las rencillas, más aún cuando de una o de las dos partes no hay la suficiente grandeza para redimir, aceptar o ceder en algunas posiciones.
Si la relación con la persona que deseamos perdonar es tóxica o dañina, es importante establecer límites para protegerse a sí mismos y esto puede significar mantener cierta distancia o incluso cortar de tajo con la relación, sea cual sea para no pasar al grupo de los masoquistas a quienes les gusta sentir la incomodidad permanente en las experiencias cotidianas de sus vidas.
Cultivar la compasión hacia nosotros mismos y hacia la otra persona es un factor preponderante por aquello de que “todos somos humanos y cometemos errores”. La autocompasión nos ayudará a sanar y a desatarnos de impresiones de rencor interior que a la postre envenenan, corroen y aminoran nuestra productividad diaria porque es como una cadena que nos amarra y no permite que volvamos a emprender el vuelo.
Siempre será sano y benéfico hablar con amigos de confianza, familiares o incluso un profesional de la salud mental si llegamos a necesitar de ese acompañamiento médico durante el aventurado proceso, porque en ocasiones solo se requiere de alguien que nos escuche y sea depositario de nuestras dolencias interiores, pero cuidado que tan delicado sumario no se puede poner en las manos de cualquiera y menos en quienes luego utilizan nuestras infidencias para hacer un chantaje y manejarnos a su antojo.
El país entró en una era a la que se le han colocado varios motes, quizá algunos con intenciones populistas o propagandísticas, frente a la reconciliación con las víctimas de la violencia en Colombia, pero en éstos y reconfortantes ejercicios el afectado a quien le asesinaron, violaron y desaparecieron a un ser querido, se encuentra cara a cara con el agresor para abrazarlo y perdonarlo.
Este es entonces un acto osado de valentía que a decir verdad ayuda mucho en la búsqueda de una solución que nos permita encontrar la paz y llegar a escenarios más esperanzadores para nuestra sociedad, como herencia cierta a las presentes y futuras generaciones.
Pero recordemos, también, que para que estos actos de perdón se puedan materializar ha sido necesario conocer la verdad, saber a ciencia cierta lo que sucedió y estar al corriente de hechos que, aunque sea doloroso conocerlos, ayudan a descifrar enigmas y en especial esos episodios creados en el imaginario con guiones absurdos salidos del desespero y la irresolución.
En el mundo católico es mucho lo que refiere al perdón las Sagradas Escrituras y aparecen pasajes donde el Redentor habla de poner la otra mejilla, a la vez que recalca sobre realizar actos de clemencia, porque dice textualmente: “Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa, así tendrán un gran premio. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados”.
Es completamente normal encontrar el perdón como un juicio difícil y a veces incluso retador, por cuanto perdonar puede ser complicado por varias razones, entre ellas las heridas que deja el que nos ha agredido profundamente. Ahí es natural sentir una escala de emociones intensas como enojo, tristeza, vacío y una sensación extraña e indescriptible donde la congoja se convierte en compañera de días, noches y segundos como el taladro que hace lo suyo en la mente para abrir agujeros de dolor y desconsuelo.
Perdonar a alguien implica abrirse a la posibilidad de ser golpeado nuevamente y eso genera miedo, zozobra e incertidumbre. ¿Quién quiere volver a ser agredido luego de haber recibido una fuerte golpiza?
Cuando se ha herido el orgullo, la secuela que queda es como un gigantesco cráter que amenaza con mandar al abismo la cordura, por lo que es urgente y muy oportuno buscar la cura magnificada en un pleito interior de sanación personal que consiste en desanudar todo aquello que nos ata a la pata de la mesa para poder salir en busca de otros rumbos menos dolorosos en el entendido que de todas maneras la vida no es un jardín de rosas.
Pero quizá el dolor más grande, fuera de la agresión física o la muerte, es la traición, asociada al abuso de la confianza entregada, al maltrato verbal, al irrespeto y a la revelación de los secretos que confiamos en aquella persona que creímos honesta, prudente, ecuánime y recatada.
Finalmente, es preciso anotar que no existe una línea de tiempo establecida para perdonar porque el perdón es un sumario de acciones y etapas muy íntimas y en este caso, lo verdaderamente importante es que nos sintamos cómodos y seguros con la decisión que tomemos.
Si sentimos que luego de todo este autoanálisis de introspección aún estamos teniendo dificultades para perdonar porque lo que nos hicieron pegó muy duro, es muy conveniente hablar con ese yo íntimo al que casi siempre desconocemos y que habita en el espacio espiritual donde está también el auto perdón que apacigua la conciencia.
José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://boyaca7dias.com.co/
