¡Guerra! Esa es la palabra más pronunciada en los últimos tiempos, traducida en un momento de consternación, desgarro e impotencia total.
La guerra entre Israel y Palestina es un conflicto prolongado y complejo que se centra en la disputa territorial y política entre dos grupos: los israelitas y los palestinos, cuando a finales del siglo XIX y principios del XX se desarrolló un movimiento sionista que buscaba el establecimiento de un estado judío en la región histórica de Palestina.
Tras la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se desintegró y Gran Bretaña tomó el control de Palestina, bajo el mandato de la Sociedad de Naciones. En 1947 las Naciones Unidas propuso un plan de partición que dividía Palestina en un estado judío y otro árabe, con Jerusalén bajo administración internacional, los líderes judíos aceptaron pero los cabecillas árabes rechazaron el plan.
Con la declaración de independencia de Israel en 1948 los países árabes vecinos atacaron al nuevo estado y entonces Israel prevaleció, expandiendo su territorio más allá de las fronteras propuestas por la ONU, por lo que cientos de miles de palestinos huyeron o fueron expulsados de sus hogares durante la guerra de 1948, creando una población de refugiados que sigue siendo el tema central del conflicto.
En 1956 Israel se unió a una operación militar, con Reino Unido y Francia, contra Egipto y en 1967 Israel lanzó un ataque preventivo contra Egipto, Siria y Jordania en lo que se conoce como la Guerra de los Seis Días y ganó territorios significativos, incluyendo la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania y los Altos del Golán.
En 1979 Israel firmó un tratado de paz con Egipto, devolviendo la Península del Sinaí; en 1994, un acuerdo entre Israel y Jordania normalizó las relaciones. En 1993, se iniciaron conversaciones de paz en Oslo y Noruega que llevaron a los Acuerdos de Oslo en 1993 y 1995, pactos que establecieron la autoridad nacional Palestina (ANP) como una entidad semiautónoma en Cisjordania y Gaza.
La construcción de asentamientos israelíes en territorios ocupados y la anexión de Jerusalén son fuentes de disputa, ya que los palestinos consideran estas áreas como parte de un futuro estado para ellos. Desde 2007, Gaza ha estado bajo un estricto bloqueo israelí y egipcio, con un impacto devastador en la economía y la vida cotidiana de los habitantes, y a lo largo de las décadas hubo intentos de reactivar las conversaciones de paz, entre numerosos obstáculos, incluyendo la falta de confianza mutua y la divergencia en cuestiones fundamentales que hoy ha sido el detonante de la más cruel y sanguinaria guerra de los últimos tiempos.
Por otro lado está la guerra entre Rusia y Ucrania, que endureció el panorama cuando en el año 2014 Rusia anexó la península de Crimea, que anteriormente pertenecía a Ucrania, tras un referéndum que fue considerado ilegal por la comunidad internacional.
Estos disturbios llevaron a la proclamación de repúblicas separatistas en Donetsk y Lugansk, que declararon su independencia de Ucrania y hay pruebas sustanciales que culpan a Rusia de haber proporcionado apoyo militar, incluyendo armamento y tropas, a los separatistas en el este de Ucrania; sin embargo, Rusia negaba siempre su participación militar directa.
Pues bien, el conflicto ha resultado en miles de muertes y desplazamientos masivos de personas y los enfrentamientos entre las fuerzas ucranianas y los separatistas continúan cobrando vidas, a pesar de los intentos de alto el fuego y los esfuerzos diplomáticos.
En esta pequeña síntesis del desmoronamiento social no puedo dejar de referirme al caso de Venezuela, un país comprobadamente rico en recursos naturales, especialmente en petróleo, sin embargo, a pesar de su fortuna, hoy enfrenta los más delicados desafíos políticos, económicos y de disgregación de toda su historia.
En 1999 Hugo Chávez fue elegido presidente y lideró una transformación socialista conocida como Revolución Bolivariana y durante su mandato implementó políticas que redistribuyeron la riqueza, confiscaron industrias clave, incluida la petrolera, con la promoción de un fuerte nacionalismo.
Después de la muerte de Chávez en 2013, Nicolás Maduro asumió el poder y su mandato ha estado marcado por una profunda polarización política, acusaciones de autoritarismo, corrupción y una creciente dificultad financiera que ha dado origen a una inflación descontrolada, escasez de alimentos y medicinas, así como una fuerte devaluación de su moneda, desatando una peligrosa crisis humanitaria con millones de personas que enfrentan dificultades para obtener comida y atención médica digna.
Desde el 2014 ha habido una serie de protestas, tanto a favor como en contra del régimen, y algunos de estos reparos han sido reprimidos violentamente, lo que ha resultado en la pérdida de cientos de vidas humanas, así como heridas y lesiones con imborrables secuelas a manifestantes y opositores.
La reelección de Nicolás Maduro en 2018 fue cuestionada por varios países y organizaciones internacionales, quienes no reconocieron los resultados como legítimos, generando un vacío de poder y una situación de doble dominio entre Maduro y Juan Guaidó, quien se autoproclamó presidente interino con el apoyo de países, incluido Estados Unidos y Colombia por mencionar algunos.
El trance ha llevado a un revelador desplazamiento de la población venezolana, con millones de personas emigrando a otros países en busca de mejores condiciones de vida y oportunidades, como a Colombia, donde según migración Colombia, hoy habitan más de 2,5 millones de venezolanos, muchos de ellos asociados a bandas delincuenciales y otros trabajando honestamente y aportando al crecimiento de las posibilidades de oferta y demanda.
Tampoco podemos apartarnos de lo que sucede con las diferencias, a otra escala pero no menos importante, entre ecuatorianos, peruanos, brasileños y argentinos o lo que atañe a este suelo colombiano donde el secuestro, las transgresiones a los derechos humanos, las andanadas y las masacres protagonizadas por los grupos al margen de la ley o por la misma sociedad civil, siguen haciendo carrera en medio de falsos anuncios del cese al fuego.
Pues bien, expuesto a grandes rasgos el panorama de algunos conflictos, vale la pena anotar que el mundo se ha consternado con estos sucesos y en todo el globo pulula un estallido informativo que para niños, jóvenes y comunidades se ha vuelto el pan de cada día, servido a la mesa por parte de los medios de comunicación con debates camuflados y revelados en una ofensiva más de doctrinas y divergencias.
Y es que, si nos detenemos a estudiar, apartados del morbo que producen las noticias o el marcado respaldo a X o Y caudillo, la guerra tiene una serie de consecuencias manifiestas para todos en diversos niveles que afectan a las naciones involucradas y a la comunidad internacional en su conjunto.
La guerra causa una pérdida masiva de vidas humanas, tanto entre combatientes como entre civiles, con un impacto devastador en las colectividades y en la sociedad en general, las guerras resultan en la destrucción de infraestructuras, como edificios, carreteras, puentes, hospitales y escuelas, con una minoración en la calidad de vida y el atraso total del desarrollo de los pueblos.
Las guerras provocan el desplazamiento de millones de personas, tanto al interior de los países como a nivel internacional, y los migrantes y desplazados enfrentan dificultades en la búsqueda de refugio, alimentos, agua y atención médica.
Las guerras son extremadamente costosas en términos económicos por los gastos en defensa y la pérdida de productividad, llevando a recesiones económicas con coletazos escalofriantes a inmediato, mediano y largo plazo.
La guerra tiene una marca perpetua en la salud mental y emocional, tanto en los soldados que participan en el conflicto como en los civiles que viven en zonas afectadas, alterando de tajo las estructuras sociales y la estabilidad emocional que finalmente revienta en acciones psicópatas que traen más pánico y desconsuelo.
Las guerras crean tensiones y conflictos entre países, lo que dificulta la cooperación y la diplomacia entre las naciones con el daño irreparable a las relaciones internacionales, porque las beligerancias alteran el equilibrio de poder a nivel global y reconfiguran la distribución de influencia entre los estados involucrados, con implicaciones casi que insubsanables.
Si bien es cierto que las guerras obligan a la innovación en un conjunto de técnicas militares, ésto tiene ramificaciones en términos de nuevos descubrimientos en ciencia y tecnología, conduciendo a una carrera armamentista de terror imperecedero que fortalece el poder de quien lo protagonice.
Las guerras dan lugar a la radicalización de grupos y movimientos, así como el surgimiento de tendencias extremistas que trae funestas consecuencias en términos de seguridad integral y estabilidad, porque las ofensivas tienen una huella imborrable en la cultura y la memoria agrupada de las sociedades afectadas, ya que surgen narrativas y mitos en torno a los eventos de espanto que influyen en la identidad de una nación, dado que el contexto histórico y geográfico se altera de manera radical.
Y mientras contemplamos con pavor lo que ocurre al otro lado de la cerca, al interior de nuestra nación la crisis de intimidación, ataques verbales y filosóficos agudiza aún más la polarización, convirtiendo los conflictos ajenos en dosis diaria y en la nota de actualidad que se vuelve cada día más insoportable de sobrellevar, porque pone en disputa a los más allegados y se fijan posiciones que terminan por distanciarnos para defender supuestas corrientes que nada aportan a las propias realidades.
¿Qué decirles a nuestros niños sobre el terror que perciben diariamente por la televisión y las redes sociales? ¿Como explicarles que esos cuerpos destrozados que vemos en las espeluznantes imágenes no son de una película de ficción, sino que, por el contrario, son reales y obedecen al resultado de unas diferencias de pensamientos, credos, egos y poder?
La guerra entró sin permiso a los hogares. En la mesa no se habla de otra cosa porque se tiene encendida la radio o la tele cuando se llevan los alimentos a la boca, dosificando el trago amargo que tenemos que pasar mientras contemplamos fusilamientos y llamas sobre los edificios o los cuerpos lacerados de los cadáveres.
Pero no solo son los sonidos de tanques y metralletas, porque el bombardeo es también de frases incendiarias, ataques entre unos y otros, comunicados que exponen posiciones a favor y en contra, pujas entre versados cronistas y estadistas, ráfagas de vocabularios venenosos, indirectas premeditadas, enfrentamiento de núcleos políticos, sociales y familiares y en fin… otra conflagración interna, consecuencia del espanto que, como la granada, allanó de repente nuestras proximidades.
El rancho arde con la intolerancia, con los ataques de aquí y de allí, con la intensificación de un fuego cruzado de locuciones peligrosas soltadas de manera irresponsable al viento, como el misil lanzado al aire que finalmente cae en los cuerpos de niños, madres y ancianos inocentes que nunca imaginaron iban a ser el blanco de la barbarie.
Los fallecidos y masacrados no tienen etiquetas de distinción y tal vez si le colocamos el nombre de los nuestros a cada víctima, entenderíamos que los muertos eran personas, sean de donde sean y que los niños que entran en pánico con gritos de terror salidos de sus aturdidas gargantas, como tantos otros hechos desgarradores, no permite identificar el color o el bordado de las pañoletas que llevan los sacrificados sobre su cabeza, porque el terrorismo no se puede justificar y menos enredar en la maraña de exámenes imaginativos que solo ahondan heridas, pero… ¿Cómo explicarle al necio, al impetuoso y arrogante lo que no tiene explicación?
La violencia y la masacre es una sola, venga de donde venga, sea por las causas que sean y eso no tiene discusión, porque cualquier cosa que se diga contradice la horrenda realidad que se vive día a día en las guarniciones del conflicto.
Oramos para que no arda más el rancho, solidaridad plena con las víctimas, con las familias de los muertos y afectados, y apoyo total a todos, óigase bien, a todos los pueblos que sufren la crueldad de la guerra y a los que habitan en zonas minadas por el autoritarismo, el terror, la incomprensión, la soberbia, la ignorancia y el revanchismo que son los que finalmente acorralan la paz y atrofian la razón.
José Ricardo Bautista Pamplona #ColumnistaInvitado
Tomado de https://boyaca7dias.com.co/
