Una de las manifestaciones más recurrentes utilizadas por las personas es la apariencia, una práctica que, en la mayoría de los casos pretende esconder el verdadero yo para mostrar una envoltura falsa, que a la postre resulta peligrosa y engañosa.
La apariencia hace referencia a cómo algo o alguien se ve o se percibe desde fuera y describe la manera en que una persona, objeto o lugar parece, a simple vista, sin profundizar en sus características internas o cualidades más recónditas.
En el ámbito de las rutinas, la apariencia se reseña como la combinación de características físicas: altura, el peso, el color de piel, el color de ojos, el tipo de cabello, el estilo de vestimenta, o cualquier otro aspecto visible. También se refiere a cómo una persona se presenta a sí misma en términos de postura, gestos y expresiones faciales.
La apariencia no siempre refleja la realidad completa de algo o alguien, por cuanto puede ser embaucadora y no necesariamente revelar la verdadera naturaleza, personalidad o calidad de lo que se está viendo.
La apariencia física o exterior es la más comúnmente entendida y se describe a cómo lucen las personas u objetos en términos de sus características físicas externas; por ejemplo, la apariencia óptica de una persona incluye rasgos de su corporalidad y el cuerpo que luce hacia afuera.
La apariencia social o pública tiene que ver cómo una persona se presenta a sí misma en sociedad. Incluye la forma en que habla, se comporta, su lenguaje corporal, sus gestos, su tono de voz, entre otros aspectos que pueden influir en la impresión que causa en los demás.
La apariencia psicológica o interna es la que tiene que ver con los estados internos, como sus emociones, pensamientos y actitudes, y aunque no es directamente visible, puede manifestarse a través de expresiones faciales, aptitud física y otros comportamientos sutiles. Por ejemplo, alguien puede parecer ansioso, feliz, triste, enojado, aunque no lo esté expresando de manera explícita.
Cuando refiero a estos temas, suelo documentar a los lectores y audiencias, no solo sobre las intimidades etimológicas o históricas, sino también las causas y consecuencias que, aspectos como el que tratamos hoy ocasionan, tanto a la persona como a la sociedad, veamos:
Mantener una imagen falsa requiere un esfuerzo constante y la persona puede sentirse constantemente ansiosa por ser descubierta o por mantener la fachada y al no ser fiel a uno mismo, se pierde la conexión con los propios sentimientos, deseos y valores y ésto, por supuesto, lleva a una sensación de vacío o falta de propósito en la vida.
Cuando se teme ser descubierto la persona puede alejarse de los demás, limitando sus relaciones auténticas para quedar ensimismada en una encrucijada sin salida que causa un daño interior irreparable.
La necesidad de aparentar a menudo surge de inseguridades profundas y por no sentirse aceptado, lo que conlleva a minar la autoestima, conduciendo al individuo a cuadros de depresión. Además las personas que aparentan a menudo tienen dificultades para establecer relaciones genuinas, ya que la conexión se basa en una imagen falsa distante de la realidad.
Ahora bien, aparentar no solo tiene esas y otras consecuencias en la persona que practica la fraudulenta acción, sino que afecta, también el núcleo social, generando daños para los demás porque cuando alguien descubre que ha sido engañado por la apariencia de otra persona, lleva de inmediato a una pérdida de confianza.
Si alguien presenta una imagen idealizada de sí mismo puede llevar a otros a tener expectativas poco realistas sobre cómo deben ser o actuar deteriorando las buenas relaciones para avanzar en propósitos colectivos.
Cuando la verdad detrás de la fachada se revela, es confuso y decepcionante para quienes están cerca de esa persona que se sienten manoseados, engañados y asaltados en su buena fe y eso produce reacciones a veces agresivas, revanchistas y vengativas, nocivas en cualquier círculo social, familiar o comunitario.
La falta de autenticidad puede interferir con la comunicación efectiva, ya que las personas pueden no sentirse cómodas siendo honestas y abiertas, porque cuando las relaciones están basadas en una imagen falsa, es muy difícil abordar problemas y conflictos de manera constructiva.
Vivimos en una sociedad de apariencias y aún en pleno siglo XXI hay familias apegadas a sus escudos de armas y abolengos que mantienen una fachada para demostrar un falso imperio, pero que al mejor estilo de «la estrategia del caracol», por dentro son tan solo ruinas, producto de la demolición paulatina de valores que quedaron rezagados en la carrera por demostrar, quizá a ellos mismos, el poder adquisitivo que se tuvo o la felicidad de hogares perfectos que realmente nunca existió.
Fomentar la autenticidad y la honestidad en las relaciones es crucial para una vida emocionalmente saludable, por lo que debemos ser lo más transparentes que podamos en todos los actos privados y públicos, sin esconder nada, sin fingir lo que no se tiene, sin hurgar la confianza que los demás depositan en nosotros, sin inventar mundologías fantásticas con las que se oprime la verdad, en fin… ser auténticos es la mejor manera de entender las realidades sobre las cuales basamos sueños, anhelos y verdaderos propósitos de vida.
José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
