Estamos viviendo días aciagos en los que el corazón de nuestra Nación ha sido mancillado por sus propios hijos, y pisoteada la fantasiosa esperanza de quienes creían en la falacia de que “los buenos somos más”.
Por un lado, una manada de salvajes, destrozando la de por si ya deteriorada imagen que los colombianos tenemos a nivel internacional, como sucedió en la final de la Copa América, y por otro, los continuos escándalos de los llamados ladrones de cuello blanco, que se llevan hasta los discos de lo que parece ser una depredadora orgía con los recursos del Estado. Eso aflige y desmotiva a cualquiera, incluso al más indiferente de la comarca.
Pero de pronto, en medio de ese estruendoso caos, nuestros oídos percibieron un sonido melodioso, cargado de notas que relajan y llevan a cerrar los ojos, convirtiéndose en bálsamo para aliviar los sentimientos que nos ahogan. Viene de muy lejos, viajó miles de kilómetros, impulsado por las ilusiones y anhelos que nacen en el corazón de un puñado de apasionados jóvenes que están robando sentimientos, aplausos y reconocimientos.
Se trata de los integrantes de la Banda Sinfónica Especial Escuela de Formación Musical de Samacá, quienes, en medio de una magistral presentación, anclaron nuestro tricolor en lo más alto del Certamen Internacional de Bandas de Música, en Valencia, España.
Mérito que hace más dignos los elogios, porque no les fue sencillo tocar ese trozo de gloria; como acontece con la mayoría de colombianos honrados, nuestros mozuelos, sufrieron la angustia de la incertidumbre.
De la alegría, al saber que fueron aceptados en uno de los concursos de bandas más importantes del planeta, pasaron a la zozobra y dura realidad de los humildes hogares boyacenses; para “cruzar el charco” necesitaban la inaccesible suma de 500 millones de pesos.
Esos niños y niñas, que en su gran mayoría lo único que conocían, en sus cortas vidas, eran los parajes de su vereda y las calles de su pueblo, debían emprender un viaje transatlántico muy parecido al que adelantó Cristóbal Colón hace 525 años, y por más que buscaban en sus bolsillos solo encontraban un par de monedas para la hora del recreo.
Empezó entonces la odisea, que como lo dijo el maestro Edison Julián Ropero Borda, director de la Banda, es digna de película.
De la mano de todos los santos y de la Virgencita, la comunidad samaquense empezó el camino en procura del milagro. Mientras el alcalde Wilson Castiblanco Gil llamaba a cuanta puerta podía, los demás caminaron las calles, se pararon en los semáforos y hasta en las salidas de las iglesias, y como cosechando sus parcelas, fueron recogiendo de grano en grano. Incluso hasta una moneda de 50 pesos les fue donada.
Pero pasaban las horas, los días y aunque seguían apareciendo benefactores, el sueño parecía diluirse. A veces llovía, a veces hacía sol, llegaba una noticia, llegaba otra, nada realmente efectivo.
Finalmente, gracias a lo que ellos llaman “Dioscidencias” les sonó la flauta y con el acompañamiento del representante Héctor Chaparro, llegaron hasta el Congreso de la República, donde el maestro Ropero movió su varita mágica, para que sonaran los acordes de la ilusión que abrieron el cofre del tesoro y con ello el apoyo del ministerio de Cultura.
Lo demás, ya es el cuento de hadas en el que cruzaron las puertas de una tierra prometida, fascinantemente embrujadora para unos jóvenes que nunca dejaron de soñar y que, pese a enfrentarse a lo desconocido, llegaron al Palau de la Música de Valencia con el desparpajo propio de la edad, hicieron lo que tenían que hacer: se conectaron con su instrumento y disfrutaron cada nota como si estuvieran en el patio de su casa.
Fueron incluso irreverentes, porque en la tierra del pasodoble, se atrevieron a interpretar uno, uno llamado Samacá, inédito, desconocido, pero que a los españoles sonó tan andaluz que les obligó a decir Olé.
Aplausos, aplausos y más aplausos, como homenaje a estos niños, niñas y adolescentes que no necesitaron patadas, gritos o improperios para hacerse sentir, tampoco “jugaditas” impúdicas para ganarse el merecido premio, solo les bastó la decencia, el comportamiento ejemplar y un amor sincero por su patria.
Escrito por: JULIO CÉSAR CORREDOR
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
