Cuando afirmamos que el lugar de estudios se convierte en el segundo hogar, es una verdad reveladora, porque luego del sitio donde compartimos el diario vivir y sacamos a flote el yo verdadero con sus imperfecciones, resabios, dones, cualidades y expectativas, el colegio o la universidad se catequizan como ese segundo espacio donde pasamos la mayor parte del día.
Al colegio o la universidad vamos a aprender y a direccionar el pensamiento hacia el conocimiento, en el entendido que habitamos una sociedad donde la formación convencional es casi que una obligación y aún más, el esquema educativo que se establece desde los gobiernos que regulan tales encomiendas.
Pero en esa labor, convergen varios aspectos fundamentales: por un lado, los padres que entregan a las instituciones, la formación de sus hijos y por el otro, la institución y los docentes que reciben tamaña responsabilidad; una tarea que de todas formas se debe hacer de manera conjunta para que, tanto establecimiento como familia, estén en permanente contacto y articulando tareas y acciones, por cuanto los dos tienen un propósito en común, cuál es la formación y el crecimiento humano del hijo y/o estudiante.
Los centros y las instituciones educativas establecen y redactan objetivos basados en una filosofía, visión, misión y otra serie de postulados más que definen su accionar formativo y los distinga con sello propio dentro de la sociedad, de ahí que cuando precisamos a donde enviaremos nuestros hijos a educarse, miramos con cuidado y discutimos en casa hacia dónde queremos perfilar su formación para que los axiomas de la institución vayan en línea con los sueños que se proyectan en el hogar.
Hasta ahí, todo bien, porque las instituciones publican sus ofertas de servicios educativos como cualquier otro producto del mercado y la sociedad los consume según sus gustos, necesidades y la capacidad económica, donde hay públicos mixtos, gratuitos, costosos, privados y especializados.
La pregunta es si esas premisas finamente redactadas en los portafolios y el marketing de la institución están en concordancia con lo que piensan los maestros que contratan para llevar a la práctica tan elocuentes designios, o si por el contrario van en direcciones opuestas y el maestro se convierte en contradictor de la ideología de la entidad a la que presta sus servicios.
En las semanas de inducción y planeación se reúnen directivos y docentes a diseñar estrategias académicas, definir mallas curriculares y en general a concebir tácticas de todo orden, como lo hacen en los restaurantes sus propietarios y empleados cuando se diseña el esbozo del menú para que lleguen, luego, los clientes y comensales a la mesa.
Pero, la educación va más allá del ejercicio de transmitir información y tiene muchas otras tareas donde converge la aplicación de valores como el respeto, la tolerancia, la solidaridad y en fin… otros motes que aparecen en el catálogo de la oferta y que en ocasiones están allí publicadas en enormes carteleras a la entrada de las instituciones para cumplir con el requisito, pero a veces muy distantes de las acciones concretas que se acometen en las aulas de clase.
Nuestros hijos quedan finalmente en manos del educador, donde al estilo de cualquier pacto o convenio, establecen las reglas del juego entre docente y alumno para lidiar con el diario vivir y echar a andar el vagón que los lleve a escenarios de aventuras donde el conocimiento y el aprendizaje, es el eje articulador del recorrido.
Son muchas las responsabilidades, tanto de profesores como de estudiantes, y las del docente, entre otras, se centran en fomentar una actitud de aprendizaje continuo, atizando el amor por el conocimiento, animando a los estudiantes a cuestionar, investigar y desarrollar sus propias ideas, evaluando el progreso de los escolares mediante pruebas, proyectos y otras formas de valoración y proporcionando una realimentación constructiva.
Pero además de las académicas están las del apoyo emocional para lo cual se requiere ser accesible y empático, animando a los estudiantes a manejar sus emociones y desafíos personales, fomentando la autoestima, guiándolos a reconocer sus fortalezas y a desarrollar una imagen positiva de sí mismos, actuando con integridad, profesionalismo y sirviendo como un modelo de comportamiento ético y social, que promueve valores y cimienta conductas positivas como la honestidad, la responsabilidad y el respeto hacia los demás.
En conclusión, el maestro debe si o si, crear un entorno de aprendizaje inequívoco e inclusivo en un hábitat donde todos los colegiados se sientan seguros y valorados, adaptando las enseñanzas para satisfacer las necesidades diversas de los aprendices, reconociendo y respetando sus diferentes orígenes y habilidades.
Esto demanda estar siempre alerta, manteniendo una comunicación abierta y honesta con ellos, escuchando sus preocupaciones y comentarios y trabajando conjuntamente con padres, tutores y otros actores para apoyar el desarrollo integral de los estudiantes, por cuanto un verdadero profesor no solo se preocupa por la transmisión de contenidos, sino que también se dedica al crecimiento integral de sus alumnos, equilibrando la autoridad con la empatía, fomentando un ambiente de aprendizaje positivo y buscando constantemente mejorar sus pericias y métodos para ofrecer la mejor alineación posible.
Las responsabilidades del docente van en doble vía y el mismo compromiso debe existir por parte de los estudiantes, más aún cuando el vertiginoso cambio de los tiempos convierte el arte de enseñar y formar en un verdadero desafío que, de no ser asumido con decisión y arrojo, trae desenlaces fatales al final del ejercicio.
A pesar del adelanto de los tiempos, en algunos centros educativos llámese preescolar, primaria, bachillerato o de estudios superiores, aún existen las dos esquinas. El docente en una zona de dominio y poder, y el estudiante en un asiento desde donde en muchas veces esquiva, alega, controvierte o en ocasiones agrede con su comportamiento beligerante, rebelde e impetuoso.
La balanza entonces debe ser en proporciones equivalentes para lograr ese ambiente útil donde el maestro no se convierta en verdugo y el estudiante no asuma el papel de retador y desafiante; todo lo contrario, se requiere emisor y receptor en sintonía tras el objetivo de enseñar y aprender en medio de la aplicación juiciosa de los refundidos valores a los que me refiero en este escrito.
Elegir entre «profesor» y «verdugo» es muy importante, porque si estamos describiendo a alguien que tiene el poder de evaluar y tomar decisiones críticas sobre los demás, es pertinente considerar si esa persona usa su autoridad para educar y construir o por el contrario para castigar y destruir.
Cuando se habla del excesivo poder e imperio de los profesores frente a sus alumnos, nos referimos a una discusión muy interesante sobre la moderación entre disciplina y apoyo en el entorno educativo y dependiendo de cómo se gestione ese poder, un profesor puede ser percibido como un mentor efectivo o, como una figura opresiva y dañina en la formación de un estudiante.
Su mando se debe aplicar de manera justa y equitativa, con la intención de beneficiar a los estudiantes y ayudarles a alcanzar su máximo potencial y un profesor que ejerce su autoridad de manera excesiva y punitiva es percibido como un verdugo, que usa su autoridad para abusar, intimidar, manipular e imponer miedo y castigo, en lugar de avivar un entorno de aprendizaje efectivo.
Los alumnos pueden sentirse acobardados, desmotivados y resentidos, lo que afecta negativamente su rendimiento académico y su bienestar emocional, y lo mismo ocurre con docentes amenazados por sus estudiantes y sobornados con la amañada utilización de la ley o el chantaje en la que se ha convertido la trillada frase del “libre desarrollo de la personalidad”.
Es crucial reflexionar, entonces, sobre el papel que desempeñan los profesores en la vida de sus alumnos y cómo su estilo de gestión de la autoridad afecta el entorno educativo y para ello dejo algunas preguntas, añorando hallar respuestas ciertas por parte de quienes tienen la noble profesión de educar.
¿Cómo pueden los profesores equilibrar la disciplina con el apoyo?, ¿Qué impacto tiene el uso excesivo de la autoridad en el desarrollo de los alumnos?, ¿Cuáles son las mejores prácticas para que los profesores ejerzan su poder de manera justa y equitativa?, ¿Cómo se pueden abordar y corregir los abusos de poder en el ámbito educativo?
Por fortuna, hay más de lo uno que de lo otro y con enorme satisfacción la historia registra el nombre de abnegados y éticos maestros que han entendido la importancia de su papel en la sociedad y también, para fortuna, hay estudiantes que aplican en el aula los valores aprendidos en el hogar y actúan de manera regulada y respetuosa, a sabiendas que el ambiente escolar debe ser el pebetero en el que se enciende la llama diaria del crecimiento intelectual y humano.
Analizar estos aspectos nos ayudará a promover una biosfera educativa más saludable y efectiva, donde los profesores sean verdaderos mentores y no figuras opresivas que acosen, destruyan, intimiden y lleven a algunos alumnos a tomar decisiones tan lamentables como la del suicidio.
Delicado y amplio debate en el que juega un papel fundamental y tienen responsabilidades compartidas todos los involucrados en el sistema educativo: Instituciones, docentes, administrativos, estudiantes, sociedad, gobiernos y padres de familia.
Finalmente, la sugerencia respetuosa es que cuando haya agresión, matoneo e intimidación por parte de alguno de los actores del sistema, venga de donde venga, sea quien sea sea, con poder o no, se hable y se denuncie oportunamente para evitar desafortunados e irreparables desenlaces.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
