Acaban de pasar 17 días que a muchos de nosotros nos dejaron extenuados, pues en medio de nuestras labores cotidianas, nos multiplicamos para adentrarnos en una especie de metaverso que disparaba nuestras emociones y en cuestión de segundos nos convertía en atletas, gimnastas, boxeadores, ciclistas, pesistas, tenistas, futbolistas y hasta bailadores de Breakdance.
Porque no me negará que, cada vez que su televisor le suministraba el boleto de entrada a los escenarios deportivos de los Juegos Olímpicos de Francia y veía a un colombiano en acción, hacía más fuerza que trompetista principiante.
Si el pesista Yeison López levantó 390 kilogramos, usted llegó a 400, si Mari Leyvi Sánchez levantó 257, usted se cargó 300 y eso que no le quiero imaginar haciendo piruetas para acompañar la rutina de Ángel Barajas, en la barra fija.
Y qué me dice de la delirante celebración, con lágrima incluida, cuando escuchó: “plata, plata, nuestro representante gana plata”. Todo, porque si hay algo que los colombianos afortunadamente no hemos perdido es la solidaridad, ese instinto natural que nos lleva a desearle lo mejor a una persona.
Tal vez, porque vemos reflejado en nuestros deportistas al colombiano del común, aquel que todos los días se levanta a vivir sus propias olimpiadas, en medio de una lucha desigual contra un adversario llamado injusticia, pues como lo plantea el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, vivimos en un país que “tiene una de las distribuciones de ingresos más desiguales del mundo”.
Y la brecha se hace más grande si se habla de deporte, ya que, al continuo recorte de recursos, se suma la incapacidad de consolidar una entidad que lo oriente; durante este gobierno, el famoso ministerio ha cambiado tres veces de representante, quienes han llegado no han dado la talla y los deportistas abandonados, sin los recursos requeridos para una adecuada preparación.
Por eso, el hecho de saber que las 52 mujeres y los 37 hombres que pisaron un escenario en París, para defender el tricolor nacional, tuvieron primero que superar las adversidades que les impone su propia patria, es ya sinónimo de gloria; y obvio, más sonora la epopeya, si se alcanza la añorada presea, como lo hizo Tatiana Rentería con la de bronce en Lucha 76 kg, o Ángel, Yeison y Mary Leyvi, quienes ganaron plata, y esa “sí que es plata bien habida”.
Pero hablando de los que fueron a París, solo un boyacense nos dio ese honor, el ciclomontañista Diego Arias. Soñar con más era muy complicado, porque si se señala de abandono al gobierno nacional, el departamental se gana la medalla de oro en desidia y abulia en el manejo del deporte.
Y es que Indeportes se convirtió, desde hace tiempo, en un cheque al portador para pagar favores políticos y saciar apetitos burocráticos que distan de un proceso técnicamente estructurado y con conocimiento.
Tanto así, que muchos de nuestros mejores exponentes, no han tenido más remedio que migrar a otros departamentos en procura de un apoyo medianamente adecuado que les permita mantener la ilusión. Tanto así, que el último gerente duró solo seis meses antes de ser relevado; es decir, no había alcanzado ni a calentar y ya lo estaban sustituyendo. Tanto así, que a quien llega, no se le conoce el mínimo asomo por un escenario deportivo, lo que inicialmente ratificaría que es el pago de otro favor político.
Sin embargo, atenderemos el postulado que dice: “no juzguéis nada antes de tiempo” y esperaremos a ver los resultados. ¿Qué tal, de pronto esa persona nos sorprenda? ¿Qué tal, no se deje manipular de quienes se han aprovechado de Indeportes para su propio beneficio? ¿Qué tal, oriente el apoyo hacia los deportistas que realmente lo merecen y no a los que digan los padrinos? ¿Qué tal, le dé por pensar en los deportistas y estructure procesos responsables?
Esas preguntas solo tendrán respuesta con el paso de los días, y así de extenuados como quedamos apoyando a nuestros representantes en las Olimpiadas que acaban de pasar, así mismo lo haremos esperando que la reivindicación del deporte boyacense sea verdadera y no el metaverso en el que viven los que hoy orientan los destinos de nuestro “marraneado” Departamento.
Escrito por: Julio César Corredor
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
