Pasaba por aquí con la intención de saber si alguna vez, como a mí, le preguntaron: ¿qué quieres ser cuándo seas grande?
Y si su respuesta, en ese inocente momento, fue: policía, bombero, enfermera, profesora; creo que también le miraron con una sonrisa medio tontaina y dijeron: “tan lindo el niño” o “tan tierna la niña”.
No entendían que la contestación, más que cándida, era sincera, pues a esa edad los mencionados personajes se convertían en modelos del heroísmo y campeones del bien, que seguramente queríamos emular.
Ahora de adultos, seguimos observando referentes sociales, ya no con el sueño de copiarlos, como cuando éramos niños, sino que, por su prestigio, se nos convierten en sinónimo de buenos resultados y casi sin darnos cuenta, depositamos en sus actuaciones o conceptos altos grados de confianza y certeza.
Claro que para llegar a ser referente social se necesitan años y años de esfuerzo, que llevan a construir una imagen de respeto, basada en coherencia, en valores, también en resultados y en aportes al desarrollo de su comunidad.
Alcanzar esa dignidad no es para nada fácil, como tampoco sostenerla; lo sencillo es destruirla, sobre todo si tenemos en cuenta el codicioso ambiente que nos rodea, porque como dijo el pintor inglés Benjamín Robert Haydon: “la primera gran dificultad consiste en ganar una buena reputación; la segunda, en conservarla toda la vida; la tercera, en preservarla después de muerto”.
Ejemplos, muchos, desde grandes imperios e “impolutos” personajes de la historia universal, hasta celebres eminencias de la tierra en la que “del hombre los derechos, Nariño predicando, el alma de la lucha profético enseñó”.
También los verdes parajes de “la cima que guarda la memoria de tanto inmortal”, han visto cómo célebres referentes de su sociedad pierden, de un solo tajo, su buena reputación.
No voy a enunciar o a hacer lista alguna de esas estropeadas figuras públicas, eso se lo dejo a usted, cuya memoria ya le habrá recordado uno que otro ejemplo. Lo que, si voy a referir, es un caso que por estos días pareciera entrar a la lista de personajes e instituciones que han perdido o están camino a perder su proba reputación.
Se trata del Tribunal Administrativo de Boyacá, que como reza en su propia presentación, es una institución que “garantiza la efectividad de los derechos y la integridad de un orden justo y democrático”; sin embargo, por estos tiempos se ha convertido en centro de atención por las decisiones adoptadas frente a varios casos de su conocimiento y como dicen algunos, está en el ojo del huracán.
Se sabe que es la segunda autoridad nacional dentro de la jurisdicción de lo Contencioso Administrativo, para dirimir temas legales que involucren lo Público, pues está por encima de los juzgados, pero por debajo del Consejo de Estado.
Y es que no es nada positivo, para la imagen, reputación o prestigio de cualquier profesional, sobre todo cuando se presume erudito, que su superior, no solo lo corrija, sino que lo desautorice públicamente.
Ahora, no se trata de ser infalibles, todos tenemos derecho a equivocarnos, solo que al Tribunal Administrativo de Boyacá ya le aplica el verso de una canción que dice: “no fue uno, ni fueron dos, fueron treees” los casos en los que, en menos de seis meses, el Consejo de Estado le revoca fallos proferidos y ordena se haga todo lo contrario a lo dicho por el Tribunal.
El 27 de junio de 2024, le revocó auto proferido en marzo en el que rechazó la demanda contra la elección del alcalde de Tunja, Mikhail Krasnov; contrario a ello, ordenó proceder a aceptarla, según correspondía en Derecho.
El 10 de octubre de 2024, le revocó sentencia en la demanda por nulidad electoral contra la alcaldesa de Nuevo Colón, Alba Merly Maranta Contreras, pues para los magistrados del Tribunal, los demandantes no tenían la razón; sin embargo, el Consejo de Estado declaró la nulidad electoral.
El 28 de noviembre, le revocó sentencia en la demanda por nulidad electoral contra el alcalde de La Victoria, Alcides Florido Pabón, porque también, según los magistrados del Tribunal, el demandante no tenía la razón. El Consejo de Estado declaró la nulidad electoral.
Preguntas sueltas: ¿qué pensarán los hoy discípulos que ponen su confianza académica en quienes emiten estas degradadas decisiones?
¿Está o no, perdiendo credibilidad, autoridad, confianza el Tribunal Administrativo de Boyacá?
Porque, además, a los negados fallos se suman los escándalos de uno de sus miembros, el magistrado Luis Ernesto Arciniegas Triana, quien hasta donde sabemos, es nada más ni nada menos su presidente y se ha visto salpicado por supuesta corrupción. Recordemos que, en marzo de 2024, Yohir Akerman, columnista de la revista Cambio, publicó un artículo denominado “Los milagrosos contratos del alcalde de Tunja”, en los que refiere que Arciniegas, como magistrado ponente de la demanda por nulidad electoral contra Mikhail Krasnov, fue el “…gran ganador de un pedacito de la torta presupuestal del municipio” … y deja como “extrañas” varias decisiones jurídicas asumidas por Arciniegas dentro del proceso.
Paso seguido, Akerman se ratifica diciendo que, Arciniegas habría incurrido en una falta disciplinaria y una posible actuación de prevaricato, ya que el magistrado tenía que declarase impedido.
Afrenta directa contra la imagen de Luis Ernesto Arciniegas Triana, hasta ese momento considerado, incluso por este humilde servidor, figura incólume de la justicia colombiana. Tanto, que muchos esperamos la reacción legal en defensa de su imagen, de su reputación; algo así, como cuando de niños, aguardamos ilusionados que nuestro héroe reaccionara a la golpiza que estaba recibiendo y saliera orgullosamente victorioso.
Pasaron los días y la esperada respuesta del afectado, no fue más que un par de comunicados poco claros, en los que más allá de victimizarse, no presentó argumentos para restablecer la imagen de profesional íntegro e incorruptible que teníamos de él; es más, al poco tiempo hizo lo que dijo Akerman, se declaró impedido, pero luego de dejar un proceso “patas arriba”.
Más allá de lo personal, en donde cada quien decide si lo entrega todo a cambio de beneficios o desbordadas avaricias, están las consecuencias que arrastran a la institucionalidad, hoy altamente menoscabada en su credibilidad, no solo por todos estos casos, sino por muchos otros, en los que a las decisiones, se suman las omisiones, que aparentemente, y lo decimos así porque somos respetuosos de los principios legales, aparentemente, se amañan para impartir una justicia que se deslinda de la Norma y el Derecho, una justicia cuya reputación, está hoy “reputeada”.
Escrito por: Julio César Corredor
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
