Cierro los ojos y los recuerdos me llevan a escuchar una voz, muy ceremoniosa y sonora, que con fino acento nos transportaba a mundos mágicos, nos recordaba grandes epopeyas o describía con especial encanto lo que hace muchos años ocurrió en un sencillo corral de Belén.

Era la voz de Milton Erre, hombre de enigmática figura, que con la mayor elocuencia y abriendo el libro de su conocimiento, describía con pinceles de colores cada una de las carrozas que antaño, engalanaban una de las festividades decembrinas más antigua de nuestro país.

Para entonces, soplaban en Tunja los vientos de los nacientes años 70 y este servidor, que apenas era un mozuelo, quedaba literalmente boquiabierto, ante tanta creatividad e ingenio de quienes transformaban la agarrotada estructura metálica de un tractocamión, en una fantasía sin igual; algo así, como cuando el inadvertido Pavo Real abre su abanico de plumas y se convierte en centro de atención y admiración.

Eran tan mágicos aquellos momentos, que hoy, cuando ya peino canas, todavía los tengo frescos en mi memoria: me veo en la calle 17 con carrera décima, esquina del Hotel Colonial, parado y con las dos manos agarrado de una gruesa e interminable manila de cabuya, que cual gigantesca serpiente se extendía por todo el recorrido del desfile, como símbolo irrefutable de precaución.

Por eso, había que llegar temprano o de lo contrario, para disfrutar del desfile tocaba por intervalos; cinco minutos en los hombros de alguno de mis hermanos y otros cinco, a través de los pequeños espacios que de cuando en vez dejaban quienes estaban al frente.

Fuera cual fuera la situación, se esperaba con ansias el ulular de la sirena del carro rojo del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la ciudad, señal inequívoca de que el desfile estaba cerca y el espectáculo por comenzar.

Cinco o más carrozas desfilaban cada noche, entremezcladas con el colorido de las comparsas; carrozas presentadas por diferentes entidades, empresas y municipios, que se disputaban el honor de ser los llamados “alféreces” del día, para hacer parte de lo que se conocía como “La Fiesta Grande de Boyacá para Colombia”.

Fiesta, cuya programación era variada y nutrida, por lo que, con antelación, se repartía una cartilla de más de 40 páginas con actividades como el “Derby Asnal”, la partida de ajedrez a lo vivo en el tablero gigante de la Plaza de Bolívar, la Minivuelta a Colombia en triciclo, entre tantas otras actividades culturales, deportivas y recreativas que estaban a la orden del día.   

Años más adelante, el Aguinaldo ya no era para mí solo de día o el desfile de carrozas, ya la edad me daba una pequeña licencia, para hacer fila en compañía de los amigos, ser requisado en una de las esquinas de acceso a la Plaza de Bolívar y con el camino libre, deambular por cualquier rincón o “baldosa” de la denominada pista de baile más grande de Colombia.

Recuerdo el estrado de esqueleto metálico y vestido de madera color blanco, que instalaba la Industria Licorera de Boyacá, frente a la sede del Icba, hoy secretaría de Turismo del Departamento.

Nos parábamos muy cerca, sin la sensación de estar en una cárcel o en un corral donde se encierran animales; y mientas mis compañeros de rumba esperaban la salida de Los Ocho de Colombia, Los Hermanos Martelo, Los Hispanos, Fruko, La Sonora Dinamita, y muchas otras orquestas tradicionales, yo aguardaba que retumbara la voz de Sady Rojas, con su tradicional “señoras y señores, a partir de este momento y hasta que raye la luna” …

Ahí comenzaba la parranda, en la que, sin necesidad de empinar el codo, usted degustaba el refajo del momento: aguardiente Onix Sello Negro y manzanilla Sevillana; llovían por todo lado, a pico de botella o en una copa comunitaria, “en fiestas no se repara”; muchas veces, le matizaban el traguito con el popular “confeti”, lanzado al distraído aquel que ojeaba la belleza de las danzantes.  

Después, hizo su aparición la Maizena, especialmente entre los denominados chicos “Play”, quienes ubicados al lado norte y detrás del estrado, lanzaban harina a diestra y siniestra. Y cómo olvidar el regreso a casa, en medio de la calle de honor de quienes, con unas parrillas hechizas, asaban unas tiras de carne clavadas en un palo delgado que remataban con una papa del tamaño de una canica.

Dos o tres de la mañana, usted algo guaroso y ese aroma que estimulaba sus glándulas salivales, conclusión: – ¿a cómo los chuzos?  – “a dos pesos” -Véndame uno… Para saber que terminaba devorándose unos cuantos, antes de retomar el camino al dulce hogar con las ropas impregnadas de humo.

Pero eso hoy, son solo recuerdos de tiempos que seguramente usted también vivió y que como dice la canción “nunca volverán”, porque después, Aguinaldo tras Aguinaldo, la cartilla de programación fue presa de la anemia,  hasta llegar a tres actividades por día y eso incluyendo rezar la novena; las carrozas, de ocho días con grandes desfiles, pasaron a tan solo tres monotemáticos, y los “genios” de la comercialización se adueñaron de la Plaza de Bolívar e inventaron palcos, zonas VIP y un sinnúmero de trabas, que acabaron la fiesta ideada por el sargento Carlos Julio Umaña Torres, como un jolgorio popular.

Adiós a la tradición, adiós a un legado, cuyos relatos no llegaron a oídos de las nuevas generaciones, por lo que nuestra memoria colectiva se nubló y hoy el Aguinaldo Boyacense solo es una empresa contratista de grupos musicales, lo demás, pasa de agache sin que se diga nada, porque no es fácil reclamar sobre lo que se desconoce.   

Escrito por: Julio César Corredor

Tomado de: https://ultimahoraboy.com/

5 comentarios en «¡Adiós! Aguinaldo Boyacense»
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