Escrito por: Julio César Corredor
Llega por estos febreros, la fecha en la que Colombia celebra el Día del Periodista, en razón a que, durante los mismos amaneceres, se presentase ante la sociedad, el primer periódico del país conocido como Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá.
Claro que, hasta para ponerse de acuerdo en estas celebraciones, hay polarización en estas praderas del amarillo azul y rojo, porque después, resultaron que debía celebrarse el 4 de agosto, en homenaje a Antonio Nariño, considerado por muchos, el primer periodista político del país, quien tradujo la Declaración de los Derechos del Hombre y el pionero de la libre expresión en Colombia.
Pero sea una o sea otra, para quienes nos dedicamos a esta hermosa profesión, más allá de recibir homenajes y palabras de felicitación, estas fechas deben servirnos para tener, como escribió la psicóloga española, Marta Guerri, el “acto heroico” de vernos en el espejo y “mirarnos fijamente a los ojos, sin prisa, sin juicios, con toda la atención, y no bajar la mirada avergonzada ni esquivarla cobardemente”.
Ese es un ejercicio necesario en todos los ámbitos de la vida, pero creo, que para los comunicadores y periodistas debe ser un hábito obligatorio, como el impulso que lleva a la mayoría de personas a dedicarle tiempo a un espejo, para ver si están o no físicamente bien presentadas.
Vernos al espejo y descarnadamente revelarnos si llegamos al periodismo para comerciar con el o para servir a través de él; si solamente lo tomamos como una mercancía que vendemos, encimando la conciencia o, por el contrario, ofrecemos un servicio tan valioso que no tiene precio.
Y no se trata de clases o lecciones de ética y moral, ni más faltaba, se trata de recordarnos que en algún momento se nos dijo que el periodismo era el “cuarto poder”, calificativo que se acuñó porque se suponía, encarnaba al guardián de los intereses sociales.
Hoy, en Colombia ese postulado se está diluyendo, de manera acelerada, ante el implacable fantasma de nuestra realidad mediática y con intensión o sin ella, el periodismo pareciera perder la batalla ante el poder económico y político, que sistemáticamente le hace la encerrona.
Si eso ocurre en lo nacional, qué decir de lo regional, en donde muchos de quienes ostentan el poder, viven en el asteroide de la vanidad y como en “El Principito”, “se sienten los más ricos, bellos e inteligentes del planeta”, por lo que se consideran intocables y con el derecho a manipular o acabar cualquier manifestación que les afecte.
Esa es una verdad que vivimos en Boyacá, en donde silenciosa y marrulleramente, se han venido ahogando las manifestaciones de la libre expresión; no en vano, escuché en una reunión con el secretario Anticorrupción de la Presidencia de la República que: “En Boyacá impera el miedo a denunciar, por temor a las represalias”.
A esa presión no escapa el periodismo y muchos han sucumbido, así en sus inicios les haya acompañado una verdadera intención de servir; sofocados, especialmente, por la presión económica que estratégicamente ejerce el poder, se ven obligados a ignorar realidades. Justificado o no, saben, al verse en el espejo, que terminaron al servicio de sus propios verdugos.
Claro que, tampoco faltan los que sin el mayor sonrojo y en medio del descaro, se arrodillan para recibir el mendrugo que les lanzan por tergiversar la realidad en favor de sus “patrones”; no sé si adviertan al verse al espejo, el mal que le hacen a su propio entorno, no sé si ven la desfachatada ignorancia que les refleja el escudarse en esta profesión para convertirse en los judas de la sociedad. Y no lo digo porque defiendan el establecimiento, si esa fuera una postura seria y coherente con sus análisis, bienvenida dentro del mundo de la libre expresión, lo digo porque los hechos muestran que son las simples monedas las que mueven su intelecto.
Bien lo dijo el escritor y periodista argentino, Tomás Eloy Martínez, el periodismo “no está llamado a resolver las crisis, está llamado a decirlas, a registrar su peso, a registrar qué se esconde, qué se oculta o simula, cómo duele la llaga, por qué y cómo y a qué horas, desde cuándo y por qué, se manifiesta el yugo que oprime nuestra vida social”.
Por eso y mucho más, creo que, en Boyacá los periodistas necesitamos, cuanto antes, vernos al espejo para tomar conciencia, para reflexionar sobre el impacto y las consecuencias del camino que estamos tomando.
Quedamos en manos de los formadores, pero de aquellos que saben que el periodismo no es solo enseñar a redactar, a hablar ante una cámara o un micrófono, sino que también es inculcar principios, bases sólidas de ética, rectitud y responsabilidad para con nuestra profesión. De no ser así, perderemos por completo el más preciado valor que como periodistas tenemos ante la sociedad: la credibilidad. Ese día, no habrá nada que preguntarle al espejito, espejito, pues seremos los “dráculas” de nuestra profesión a la que le chupamos todo, hasta hacerla desaparecer.
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
