
𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔
«En Boyacá reina el miedo». Esta frase, pronunciada en abril del año pasado por Andrés Idárraga, secretario de Transparencia de la Presidencia, ha cobrado cada vez más fuerza cuando se habla de denuncias y veeduría sobre la administración pública. Y no es para menos: en los últimos años, el silencio se ha impuesto como norma, y el control político se ha convertido en una simulación conveniente para quienes ostentan el poder, especialmente en la Gobernación de Boyacá.
Lo más preocupante es que este miedo no solo afecta a ciudadanos y denunciantes, sino que parece haber alcanzado a quienes fueron elegidos por voto popular para representar a la gente. La Asamblea Departamental de Boyacá es el ejemplo más evidente: señalada desde hace años como un recinto donde la vigilancia es mínima y las expectativas de los boyacenses quedan en el aire. Aunque en este periodo han surgido más voces críticas, la aplanadora oficialista sigue inclinando la balanza a su favor, bloqueando cualquier intento de control real sobre la administración pública.
La situación más reciente ocurrió el pasado 1 de marzo, en la apertura de sesiones ordinarias. Sin mayor debate, la mayoría de la Asamblea rechazó dos proposiciones de control político: una para revisar la gestión del Hotel Hunza por parte de la Lotería de Boyacá y otra sobre la Dirección de la Unidad Especial de Asesoría y Defensa Jurídica del Departamento. No importaron los argumentos de los diputados que impulsaron la iniciativa. No importó la transparencia ni el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad. Lo único que importó fue que el poder siguiera incuestionable.
Pero esta es la verdadera cuestión: el miedo que imponen no es sinónimo de fortaleza, sino de sus propias inseguridades. Durante años, su estrategia ha sido sembrar terror con amenazas veladas, marginar a quienes no se alinean con su agenda, manipular a los más necesitados y perseguir voces incómodas. Sin embargo, su mayor debilidad es que ese miedo solo funciona mientras la gente calla. Cuando se alza la voz, cuando se enfrenta sin temor, se derrumba la fachada de poder que han construido.
He visto muchas denuncias anónimas en redes sociales. También he visto cómo algunos prefieren la adulación antes que la crítica. Pero el silencio solo perpetúa el abuso. Es momento de exigir respuestas. Es momento de convertir la indignación en acción.
Porque el verdadero cambio no vendrá de una clase política complaciente. Llegará de una ciudadanía que decide no dejarse intimidar.
Tomado de https://www.facebook.com/gina.j.hoyos
