Escrito por: Julio César Corredor
Estadio Atahualpa de Quito, 29 de junio del año 2000, eliminatorias al campeonato del mundo; Ecuador, dirigido por el colombiano Hernán Darío “el Bolillo” Gómez, enfrentó a Perú, cuyo estratega, era su compatriota y amigo, Francisco Maturana. Los ecuatorianos vencieron 2 por 1 al conjunto “Inca” y en las graderías del escenario, cerca de 40 mil personas corearon hasta el llanto: ¡sí se puede! ¡sí se puede!
Aquella, fue la primera vez que escuché esa expresión, sin lugar a dudas, cuando sale del corazón, estimula y llena de confianza para hacernos creer que no todo está perdido.
Poco después, vine a saber que, el motivador enunciado, fue un lema creado a comienzos de los 70 en Estados Unidos, al interior de un movimiento de campesinos latinos, y que brotó en medio de sus protestas, en procura de mejores condiciones.
Luego, recordé que “el Hombre Fuerte de Amagá”, lo utilizó como eslogan de campaña para ganarle la presidencia de Colombia a “el Pollo” López en 1982 y que años más tarde, también lo hizo célebre Barack Obama, en sus campañas políticas.
Pues bien, el ¡Sí se puede!, ese mismo que se escuchó en el Atahualpa de Quito, ese mismo que inspira protestas para reivindicación de derechos, se me vino a la memoria y retumbó en mi cabeza el pasado viernes, cuando caminaba por los diferentes espacios del, en adelante, celebre Club Comfaboy en Tunja.
¡Sí se puede! Me decía una y otra vez, en medio de una peculiar sensación de emoción, la cual por momentos evite expresar, para no parecer recién colonizado. Sin embargo, las miradas y expresiones de los demás asistentes, me reafirmaban que deslumbrarse era la nota predominante del momento.
Sencillo, la ciudad que amas, la que llevas en el corazón, ve cómo después de mucho tiempo, después de muchos engaños de falsos promeseros, le entregan una obra digna y propia de una capital. Una obra en la que los del sur, los del norte, los del oriente y los del occidente, vamos a reencontrarnos. Porque es una obra pensada para el bienestar de todos.
¡Sí se puede! Es la lección de eficacia y eficiencia, que, sin tanta charlatanería, dicta hoy un grupo de trabajo llamado Comfaboy, liderado por Freddy Garciaherreros Russi, quien encontró la llave para abrir la puerta del esfuerzo en equipo y entregar resultados palpables.
No se trata de lisonjas baratas hacia un personaje, no ha sido ni será mi estilo, se trata de reconocer una labor, en la que, indudablemente, muchas personas han concurrido. Para ellas, a quienes no terminaría de nombrar, pero conscientemente saben que realmente aportaron a la causa, reconocimiento total.
Del Club Comfaboy, cuya inversión se plantea cercana a los 40 mil millones de pesos, no me voy a referir, simplemente dejo la inquietud para que ustedes mismos vayan y saquen sus propias conclusiones.
Solo les puedo decir que, muchos de los asistentes a la inauguración, entendieron que obras como esta, son las necesarias para sacar a la ciudad del eterno rezago; ojalá, eso mismo lo hayan captado los tantos “lideres” políticos presentes en el acto y quienes más allá de espectadores, ahí si mudos, hayan asimilado que, realizaciones de este talante, les permitirán caminar con la cabeza levantada, sin temor a ser señalados como simples vendepatrias. Gracias Comfaboy, porque más allá de una muy atractiva estructura de hierro y cemento, agradablemente dotada, hoy está enviando un mensaje a una ciudadanía resignada a la mediocridad que celebra cualquier ramplonería; un mensaje para que, como la mencionada hinchada en el Atahualpa de Quito, despierte del letargo y se desgañote gritando a los cuatro vientos: ¡sí se puede! ¡sí se puede!
Tomado de: https://ultimahoraboy.com/
