Escrito por: Julio César Corredor

Cuenta la historia que en los años 1540, “cuando en tirano mandó”, Aquimín, el último Zaque de Tunja, fue asesinado en la plaza principal de la ciudad, al parecer por un error de cálculo, pues Los Hunzas, quienes creían necesario que dejara descendencia, le organizaron matrimonio; pero, cuando empezaron a llegar los invitados de los pueblos vecinos, los españoles creyeron que se trataba de una rebelión, por lo que decretaron su decapitación, en medio del silencio de la sometida comunidad indígena.

Ese pedacito, como dice la canción, “de la historia nuestra, caballero”, lo traigo para recordarles que el monumento en la Glorieta Norte de Tunja, que hoy pasa casi inadvertido para los moradores de la ciudad, representa la figura del caído Aquiminzaque, junto a su prometida Adeizagá.

Está en ese lugar hace 60 años, viendo cómo su entorno se hace cada vez más vetusto, pese a múltiples promesas que hablan de la reorganización del lugar, no solo desde lo estético, sino desde lo funcional, en temas de movilidad tanto peatonal como vehicular. Promesas y proyectos austeros que iban y venían, en procura de cumplir con una acción popular que exigía garantías para quienes transitan por la zona.

Pero a mediados de 2017, primer periodo como gobernador del joven Carlos Andrés Amaya Rodríguez, asomó una muy rimbombante propuesta: John Ernesto Carrero Villamil, secretario de Infraestructura del Departamento, poseído por el espíritu de Harry Houdini, ilusionó a la ciudadanía tunjana con un macroproyecto.

Carriles vehiculares deprimidos en uno y otro sentido, pasos peatonales subterráneos interconectando, incluso, los parques Biblioteca y Recreacional, llamativas obras de ornato; en fin, algo monumental, imposible de imaginar para los contemporáneos del supremo Aquimín.

En medio de aquellos anuncios, el joven Amaya se ufanaba diciendo que habían firmado un convenio con su amada y gloriosa UPTC, para la elaboración y proyección de los estudios y diseños, porque, según él, era la entidad o institución más idónea en la materia.  

Para la época, se hablaba de 80 mil millones de pesos, con inicio de obra a finales de aquel 2017 y terminación, en los últimos suspiros del 2019. Pero recuerden que Houdini, además de ilusionista era escapista… a la luz del sol que hoy nos alumbra, nada por aquí, nada por allá.

Hoy, ocho años después, Aquimín y Adeizagá siguen en el mismo lugar, con las promesas de la misma gente y en medio del silencio de su descendencia, derrotada por el clientelismo y burocracia de los politiqueros.

El proyecto, más que una realidad, se convirtió en caballito de batalla de todo aquel trolero que quiere conquistar el favor de los ilusos electores, pero a la hora de la verdad, empantanado como nunca.

Tanto lo estará, que el gobernador Carlos Andrés Amaya Rodríguez, uno de los mayores exponentes de la garrulería moderna, en febrero de este año, adelantó un consejo de gobierno conjunto con la alcaldía de Tunja e incluyó dentro de “7 grandes compromisos para Tunja”, “un deprimido en la Glorieta Norte para mejorar el tráfico”; pero, un mes después, en medio de la gala Boyaco – Rusa para reanunciar las obras de la calle 59, no encontró discurso de excusa y obligado a reconocer que no se avanza, al mejor estilo de Pilatos, le echó la culpa a su amada y gloriosa UPTC.

Palabras más, palabras menos, por falta de estudios y diseños, fase tres, el “Deprimido en la Glorieta Norte para mejorar el tráfico” no está en el mapa de asignación de recursos que permitan su cofinanciación por parte del gobierno nacional. Recursos que ya no son los 80 mil millones de pesos que se proyectaron en 2017, sino que ahora se estiman en 140 mil millones, cifra que como van las cosas pasará también a la historia.

Conclusión, los tunjanos seguirán sin Deprimido, pero deprimidos por la falta de Deprimido y como cada día el presupuesto estará más deprimido, seguirán deprimidos, porque difícilmente la ciudad contará con Deprimido.  

Tomado de: https://ultimahoraboy.com/

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