Después de semanas de farándula política, simulacros de renuncia y una gira personal por el país, el gobernador de Boyacá decidió quedarse. No porque el amor por su tierra lo hiciera recapitular —como repitieron de rodillas sus fanáticos—, sino porque el plan no le salió.

𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔
Y ahora que el show terminó, la pregunta es inevitable: ¿será que por fin se va a dedicar a gobernar?
Aunque hay quienes califican su permanencia como un acto heroico y celebran su decisión como si hubiese hecho algo excepcional, hay que decirlo con claridad: no es un favor, no es un gesto noble. Es su deber. Fue elegido para liderar Boyacá durante cuatro años, no para jugar con el tiempo ni con la necesidad de un departamento que atraviesa una de sus etapas más críticas, especialmente en lo económico y lo social.
Y las cifras lo demuestran con rigor. Como explicó el profesor Jacinto Pineda, por sexto año consecutivo la economía boyacense creció por debajo del promedio nacional. En 2024, apenas alcanzó un 1,0 %, frente al 1,6 % del país. Somos la décima economía con menor crecimiento entre los 33 territorios del país. El agro crece, sí, pero más lento que en otras regiones, y eso que aquí se ha dicho una y otra vez que es prioridad. La construcción, clave para el desarrollo local, cayó un 5,2 %. Seguimos representando apenas el 2,65 % del PIB nacional, una participación incluso menor a la de 2023.
¿Y qué decir de los indicadores sociales? Boyacá tiene hambre, como ya lo dijimos en otra columna. Más del 19,9 % de su población sufre inseguridad alimentaria, y más de 3.600 hogares pasaron de una situación moderada a una crítica. A eso se suman los alarmantes datos sobre violencias de género, intrafamiliares y sexuales que azotan este «oasis de paz» autoproclamado desde la Gobernación.
Mientras tanto, el gobierno ha ido a media marcha, bien sea por vacaciones, retiros espirituales o lo que se intensificó en los dos últimos meses un gobernador más enfocado en construir una imagen nacional que en resolver los problemas que desbordan a los municipios. Y en medio de esta distracción mediática, lo que sí ha avanzado son millonarios procesos contractuales que merecen toda la vigilancia ciudadana. Porque ya sabemos cómo funcionan las jugadas políticas de largo aliento: el que hoy se queda, prepara el terreno para que otro —con su mismo apellido— busque curules en el Congreso.
Y no se dejen engañar: el discurso oficial habla de 700 logros inflados, pero ¿cuántos de esos se traducen en cambios reales en la vida de las y los boyacenses? ¿Cuántos se sostienen más allá de la foto, el titular o el video en redes sociales?
Ya cansan las poses y fastidian las lágrimas de utilería. Urge acción. Urge una gestión pública que no sea rehén de intereses personales ni de ambiciones electorales de un grupo político que ha convertido al departamento en su feudo.
Concéntrense, de una vez por todas, en hacer lo que corresponde: gobernar. No por aplausos. Gobernar porque para eso les pagamos. Porque no es un acto de bondad cumplir con el deber.
Es simplemente lo justo.
Tomado de: Periódico El Tunjano
