𝑷𝒐𝒓: 𝑮𝒊𝒏𝒂 𝑹𝒐𝒋𝒂𝒔 𝑯𝒐𝒚𝒐𝒔

Terminamos el primer semestre de 2025 con un panorama amargo que ya se ha vuelto costumbre: violencia reactivada, promesas sin cumplir, instituciones inoperantes, escándalos sin justicia y una ciudadanía cada vez más anestesiada por el espectáculo.

Boyacá cierra seis meses de pan, circo y muchos shows como cortinas de humo. Medio año en el que se cubrieron obras inconclusas con bielas, balones, un heredero, bicis y poesía institucional. Proyectos entregados con atrasos, sobrecostos y contratos inflados fueron disfrazados como logros en un corazón verde que, lejos de emocionar, parece burlarse de una ciudadanía que aplaude mientras olvida los miles de millones desperdiciados por improvisación y falta de planeación.

La Asamblea Departamental continúa su actuación como caja de resonancia del poder. Diez diputados repiten, como eco, lo que dicta el Ejecutivo, sin sonrojarse por lo que prometieron en campaña. Y por si fuera poco, se ha llegado al extremo de perfilar a equipos de trabajo y familiares de quienes se mantienen en la oposición. Una práctica antidemocrática que aquí se normaliza. Porque en Boyacá, pensar diferente se castiga. Y se castiga en silencio.

¿𝗬 𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗻𝘂𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀?

Otra vez hablamos de contratos amayados, de irregularidades administrativas y de contratación ilegal. Pero en estos seis meses las “ías”, como es costumbre, siguen en silencio absoluto. Ni un pronunciamiento. Ni un mínimo acto de control. Aquí, cuando se trata de investigar al poder, el sistema entra en modo avión.

Y es que si vamos a la minucia, los entes descentralizados —que deberían ser ejemplo de gestión— también naufragan. Ahí está Corpoboyacá, con denuncias internas que revelan cómo a los trabajadores les pedían parte de su sueldo para celebrar el cumpleaños de la gerente. Pero, más allá de los titulares, de quienes se atrevieron a informar la situación, no pasó nada. Porque claro, entre tarimas, influencers y ciclismo, todo se diluyó. El escándalo quedó sepultado en el silencio de los pasillos, donde los contratistas comen callados esperando una renovación de contrato. Más que entendible en Boyacá, donde ya sabemos cómo juegan con la papa de la gente.

¿𝗬 𝗹𝗮𝘀 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿𝗲𝘀?

Seis meses más insistiendo en la necesidad de garantizar una vida libre de violencias para mujeres, niñas y niños. Pero el único cambio ha sido más violencia institucional, que ha venido castigando a las lideresas que alzan la voz. A muchas ya las quebraron: las llenaron de miedo, las persiguieron, las perfilaron y las han empujado a un silencio ocasional y preventivo.

Y si a eso se le suma el machismo rampante dentro de las corporaciones, donde las mujeres que hacen política y se atreven a denunciar violencia son tildadas de problemáticas, exageradas o imposibles de debatir, el panorama se vuelve aún más oscuro.

¿𝐘 𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐫𝐢𝐨𝐝𝐢𝐬𝐦𝐨?

Este semestre también volvimos a pensar en quienes ya no están. Como Gonzalo Jiménez. Un periodista de calle, de los que enseñaban con generosidad y sin pretensiones. Que entendía que el cubo del micrófono no es un pedestal para el ego, sino una herramienta para el servicio público. Hoy, ese periodismo se extingue lentamente, arrasado por la pornomiseria política y un servilismo descarado: medios que viven de replicar boletines, de alabar al político de turno, de llenar contenidos con fotos de los mismos de siempre. Periodismo de anticipos por Nequi y comunicados mal pegados.

Y entonces, frente a todo esto, la pregunta de si recuperaremos la esperanza es muy difícil de responder con certeza. Porque, entre otras cosas, cansa ser la voz que incomoda cuando el poder vigila. Cansa denunciar cuando la ciudadanía se deja usar por el ególatra de turno. Cansa escribir cada semana que nada cambia.

Pero también cansa más callar.

Por eso algunos seguimos. Porque a pesar del desgaste, la esperanza puede sostenerse cuando hay tercos que se mantienen en pie. De tanto insistir, tal vez lleguen transformaciones que vayan más allá de una tarima bonita y una bicicleta con moño.

La esperanza vendrá.

Pero no porque alguien la prometa.

Vendrá si la peleamos.

Vendrá si dejamos de normalizar la miseria política, y empezamos a exigir, no como súplica, sino como derecho.

Tomado de Periódico El Tunjano

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