En la complejidad del tejido social, pocas acciones resultan tan corrosivas y despiadadas como la calumnia.

Este acto, profundamente inmoral y jurídicamente sancionable, va más allá de una simple ofensa, porque es una agresión premeditada al núcleo más sagrado del ser humano, su honor y su buen nombre.

Calumniar no es solo mentir, es fabricar una realidad paralela, contrafactual, que tergiversa la esencia misma de una persona para arrastrarla al fango del descrédito y la sospecha.

Es un arma de doble filo que hiere al inocente, sí, pero también envenena a quien la empuña, ya que, el calumniador, en su intento por falsear la realidad, se ve obligado a construir castillos de arena sostenidos por artificios, manipulaciones, testimonios forzados y estrategias que rozan lo maquiavélico.

Se vale de documentos amañados, maquillados y adulterados, palabras sobornadas, testigos de ocasión y circunstancias fraudulentas que, aunque al principio pueden confundir y empañar, terminan por desplomarse por sí solas, bajo el peso implacable de la verdad. Recordemos que dos más dos son cuatro y no cinco.

Quien es objeto de una calumnia enfrenta una batalla desgastante, pero no imposible y tiene, ante todo, el deber moral y jurídico de defenderse; no solo para limpiar su nombre, sino para restablecer la verdad como principio rector de la convivencia civilizada.

En el derecho, no basta con ser inocente, hay que probarlo, especialmente cuando los ataques llegan disfrazados de legalidad o pretenden tener sustento testimonial o documental.

En este caso, la defensa del honor exige más que palabras: requiere pruebas, evidencias, testigos auténticos y, sobre todo, coherencia entre lo que se dice y lo que se es, porque la veracidad tiene una cualidad indeleble, y es que, siempre sale a flote.

Puede tardar, puede ser soterrada bajo escombros de infamia y ruido mediático, pero no muere, y cuando se manifiesta, no solo restaura la dignidad del afectado, sino que revela la podredumbre de quienes intentaron mancharla.

Cuando la calumnia se convierte en expediente armado, con testigos falsos, tergiversaciones dolosas y maniobras judiciales pervertidas, no solo se ataca a una persona, sino que, se hiere el sistema de justicia, se profana el debido proceso y se pervierte el valor de la palabra jurada.

Ante semejante amenaza, la verdad no puede ser pasiva y, todo lo contrario, debe ser activa, combativa, incansable, y el calumniado está llamado a convertirse en defensor férreo de su verdad, sin miedo ni rencor, pero con la firmeza de quien no está dispuesto a ceder su honor a las fauces de la invención.

Y es que el honor, ese bien intangible pero profundamente real, es el patrimonio moral más elevado que puede ostentar un ser humano. No se compra ni se impone: se cultiva con actos, se protege con ética y se honra con la exactitud.

Por eso, quienes buscan mancillar con calumnias se exponen no solo al rechazo social y a la sanción legal, sino a la condena más implacable que es la de la verdad misma, aquella que arrastra consigo el castigo de la conciencia y de la ley.

En una sociedad justa, la palabra debe tener peso, y en una democracia saludable, la mentira como arma no puede prosperar, por cuanto, cada calumnia vencida con pruebas, integridad y autenticidad es una victoria de la ética sobre la vileza, del derecho sobre el abuso, de la humanidad sobre el odio.

No se puede basar en el rumor para lanzar señalamientos falsos contra la honra de las personas, porque como decía mi abuela: «Cuando le quitamos a la gallina las plumas, después es imposible volverlas a colocar», y así ocurre con el buen nombre de una persona o una institución. Luego de las injurias y acusaciones falsas, ya no hay reversa por cuanto, ese manto de duda queda sembrado en quienes escucharon el rumor y lo multiplicaron, incluso con añadidos de sus propias fantasías y su versátil imaginación.

El honor es un bien sagrado. No es tangible, pero pesa. No se compra, pero se pierde. Es el patrimonio silencioso que acompaña al ser humano en su vida pública y privada. Por eso, atacar sin causa ni fundamento es uno de los actos más ruines que pueden cometerse en una sociedad que aspire a ser justa y civilizada.

Finalmente, quién es calumniado tiene el derecho y el deber de defenderse. No basta con decir «soy inocente»: hay que demostrarlo con pruebas, coherencia y hechos, porque mientras el calumniador juega a destruir con palabras vacías, el calumniado debe edificar su defensa con argumentos sólidos y evidencias claras, capaces de vencer la infamia de aquellos «boquisueltos» e irresponsables que, en un segundo, arrasan con lo que otros han construido con lucha, esfuerzo y disciplina durante toda su vida.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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