86 primaveras llenas de satisfacciones; la vida sin fin de Armando Reyes. Memoria, pasión y servicio.

La historia de una ciudad no se escribe únicamente en los grandes libros oficiales ni en las placas de bronce que adornan los parques. A veces, su verdadera memoria habita en las manos y en la mirada de un hombre que decidió hacer de su vida una jornada sin descanso al servicio de los demás. 

Ese es el caso de Armando Reyes, el popular “Armandito”, quien a sus 86 años sigue caminando, cámara al cuello, sonrisa franca y voz dispuesta para narrar las pequeñas epopeyas de la gente común que se convierten, gracias a él, en gestas memorables.

El joven que llegó a la Perla de Boyacá

Cuando Armando llegó a Duitama siendo apenas un muchacho, nadie imaginaba que con el paso del tiempo se convertiría en un referente insustituible para la comunidad. Traía consigo la energía de quien sueña en grande y la humildad de quien sabe que la verdadera grandeza se construye de abajo hacia arriba y de arriba abajo, hombro a hombro con la gente. Muy pronto, su carisma y su entrega lo hicieron uno de los gestores más queridos de la ciudad, un vecino cercano, un amigo leal, un líder natural.

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Armando Reyes: la vida como familia, la familia como vida. Fotografía Archivo particular.

El barrio como trinchera de amor

En el barrio Boyacá encontró un escenario para sus primeras luchas cívicas y culturales. Allí organizó jornadas comunitarias que unieron a familias enteras y que aún hoy son recordadas con gratitud. Fue en esas calles donde germinó una de sus iniciativas más entrañables: la celebración del tradicional Día de las Madres. No fue una simple fiesta, fue un acto de reconocimiento profundo al ser dador de vida. Año tras año, esa conmemoración se convirtió en una cita donde la música colombiana se elevaba como ofrenda de amor y donde el barrio entero se vestía de gratitud. Hoy es uno de los eventos más importantes de la agenda cultural de «La Perla».

El deporte como pasión compartida

Pero Armando no se quedó allí, porque su espíritu inquieto lo llevó a promover con la misma pasión el deporte. El fútbol, el ciclismo y otras disciplinas encontraron en él un aliado incansable. Para muchos jóvenes, fue el hombre que les tendió la mano y les abrió espacios donde podían entrenar, competir y soñar. 

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De su mano han sido muchos los torneos y deportistas que han brillado con luz propia. Fotografía Archivo particular.

De sus gestiones surgieron equipos que más tarde formarían atletas destacados, algunos incluso reconocidos en escenarios nacionales. Armando entendió que el deporte no era sólo competencia, sino una escuela de vida, disciplina y fraternidad.

La memoria atrapada en un lente

Si de pasiones se trata, ninguna lo ha acompañado tanto como la fotografía. Su cámara se convirtió en una extensión de su mirada y de su corazón. Con ella, Armando disparó miles y miles de veces el flash, capturando instantes irrepetibles de la vida de Duitama. 

Desde la algarabía de un partido en las canchas populares hasta la solemnidad de una procesión religiosa, pasando por el gesto alegre de un niño en la plaza o la emoción de un ciclista al cruzar la meta. Su archivo fotográfico es, en realidad, la memoria visual de una ciudad entera.

Cada imagen suya es un pedazo de historia, un testimonio vivo que le recuerda a la comunidad de dónde viene, qué ha logrado y hacia dónde camina. En sus manos, la fotografía trascendió el oficio para convertirse en acto de amor y en servicio colectivo.

La voz de los sin voz

Pero si la cámara fue su ojo, la radio fue su garganta. Desde “La Voz de los Libertadores”, Armando encontró el espacio para narrar lo que veía, lo que sentía, lo que la gente le confiaba en los andenes y en las esquinas. 

Su voz recorre barrios, veredas y corazones, llevando noticias, crónicas y relatos que exaltan a los héroes invisibles: el obrero madrugador, la madre incansable, el vendedor ambulante, el ciclista persistente, el artista soñador.

Con él, la radio dejó de ser solo un medio informativo para convertirse en un espejo donde la comunidad puede verse y reconocerse. Su don no está en las palabras rebuscadas, sino en la honestidad con la que aún cuenta cada historia.

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Armando Reyes, el hombre que hace del servicio, una doctrina sagrada. Fotografía Archivo particular.

Un liderazgo sin heridas

Lo que más sorprende al hablar de Armando Reyes es que logró lo que muy pocos líderes alcanzan: consolidar su nombre en el imaginario colectivo sin pugnas, sin heridas, sin contradictores. Su liderazgo no levantó muros, tendió abrazos; no sembró recelos, cultivó afectos. Fue, y sigue siendo, luz en muchos senderos, guía para generaciones que lo miran como ejemplo de sencillez y grandeza.

Armando, el colonizador de la unión y la familia

«De todas las conquistas que un hombre puede alcanzar en la vida, quizás la más grande no está en los escenarios públicos, ni en las placas de reconocimiento, ni en la memoria de una ciudad. La verdadera victoria se mide en el calor del hogar, en los lazos indestructibles que sostienen una familia. Y allí, Armando Reyes Lara se alza como un ejemplo sin igual. Al tiempo que promovía el deporte, la cultura y la solidaridad en Duitama, supo construir una familia fuerte, amorosa y unida, que hoy es testimonio vivo de su entrega y de su manera de entender la vida: servir afuera, amar adentro, sembrar siempre.»

El hombre, la ciudad y el tiempo

Hoy, a sus 86 años, Armando sigue caminando con paso sereno pero firme. Se le puede ver aun recorriendo calles arriba y calles abajo, siempre con el mismo interés: dar voz a los que no la tienen, rescatar historias que de otro modo se perderían en el olvido, perpetuar en imágenes y palabras el pulso vivo de Duitama.

Su vida es, en sí misma, un rollo sin fin: rollo fotográfico que nunca se acaba, rollo de historias que aún quiere contar, rollo de memoria que sigue revelando la esencia de una ciudad. Armando Reyes es, quizá sin proponérselo, cronista de un pueblo, guardián de sus alegrías, de sus luchas, de sus victorias cotidianas.

Y mientras él siga con su cámara y su voz, Duitama seguirá teniendo un testigo fiel de su historia. Porque hombres como Armando no se apagan con los años, se vuelven luz; no se cansan con el tiempo, se hacen memoria viva.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director General- Sistema Informativo La Palestra

Tomado de https://www.lapalestra.com.co/

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