
Por: Gina Rojas Hoyos
Con las banderas de Francia Márquez en alto, miles de mujeres colombianas y gran parte de los movimientos feministas apostaron por Gustavo Petro. Seamos sinceras, fue más un voto de confianza en Francia que en él. Hoy, a las puertas del cierre de su mandato, lo que queda es un panorama vergonzoso, lamentable, decepcionante y lleno de deudas con las mujeres.
Las frases machistas, la cosificación, la invalidación de su propio gabinete y la complicidad con figuras como Armando Benedetti (denunciado por presunta violencia de género) no son simples errores: son síntomas de un presidente que, en lugar de avanzar en derechos, retrocede.
El episodio más bochornoso ocurrido recientemente fue con Gloria Miranda, directora del Programa de Sustitución de Cultivos Ilícitos. En plaza pública, Petro la abrazó y decidió hablar de su vida privada y de su físico en lugar de su gestión. Hagamos pedagogía, ¿Por qué no está bien lo que hizo? Porque llevamos décadas exigiendo que se nos reconozca por nuestras capacidades, no por el cuerpo, la ropa o la vida personal. Porque en contextos de poder, ese tipo de comentarios no son halagos: son reducciones que incomodan y perpetúan la idea de que las mujeres ocupamos cargos por apariencia y no por mérito. Y porque, seamos honestas, jamás hemos escuchado a Petro decirle a un ministro: “qué guapo estás” o “te perdimos por casarte”. Eso es sexismo, punto.
Y no fue un hecho aislado. En un consejo de ministros, Petro soltó frases como que “algunas mujeres deberían tener conectado el clítoris al cerebro” o que “ciertas mujeres se embarazan de los Brayan”. El país se rió, lo convirtió en memes, pero lo grave es otra cosa: lo que debería conectar el Presidente es su lengua con el cerebro, y hacerlo con enfoque de género. Porque no es un chiste, es un presidente hablando en espacios oficiales. ¿De verdad ese es el concepto de “gran mujer” que tiene? ¿Ese es el debate que merece un consejo de ministros?
Ni siquiera quiero especular qué quiso decir. Lo que me pregunto es si era un consejo de ministros para tratar temas de salud, ¿Por qué no abordó las verdaderas brechas? ¿Qué pasa con el acceso de las mujeres rurales a servicios médicos? ¿Con las barreras para la IVE? ¿Con la salud menstrual que sigue siendo un privilegio en muchas regiones? ¿Dónde quedaron las promesas de campaña que hoy son letra muerta?
Y la lista sigue: cuando dijo que se la pasaba resolviendo conflictos entre mujeres en su equipo, como si el problema fuera el género y no la corrupción de algunos aliados; cuando habló de “feminismos que destruyen” para defender a Benedetti, desconociendo la lucha de los mismos movimientos que lo apoyaron; o cuando calificó de “muñecas de la mafia” a las periodistas del país. Un patrón, no un lapsus.
Más allá de las palabras, los hechos también hablan. El Ministerio de Igualdad, que pudo haber sido una conquista histórica, terminó siendo un cúmulo de escándalos y burocracia. Su ejecución presupuestal no supera el 4%, mientras las necesidades en los territorios son urgentes. ¿De qué sirve asignar más de 500 mil millones de pesos para 2026, si no se sabe en qué se gastarán ni cómo mejorarán la vida de mujeres, jóvenes o población LGBTIQ+? Hoy esa cartera es más símbolo de frustración que de igualdad.
A estas alturas, lo que queda es un sinsabor: la primera presidencia progresista de Colombia, en la que tantas depositamos confianza, nos deja igual o peor que las anteriores en materia de género. Y no, esta no será la última columna sobre el tema, porque lo que está en juego no es Petro ni su ego, sino la vida y la dignidad de las mujeres y niñas en un país que todavía no aprende a respetarlas.
Ojalá alguien le recuerde al presidente que el cargo que ocupa exige estar a la altura. Porque cada vez que reproduce los mismos patrones machistas que tanto daño nos han hecho, no solo decepciona: confirma que aún estamos muy lejos de tener un gobierno verdaderamente feminista.
Tomado de: Periódico El Tunjano
