La Alcaldía de Tunja tiene en mente un proyecto que más que proyecto parece un destello de sentido común: llevar una ruta de transporte público colectivo hasta donde se encuentra el icónico letrero gigante con la palabra “Tunja”, en la vereda El Porvenir. Sí, esa idea que parece tan sencilla y evidente, de facilitar el acceso a un atractivo turístico que muchos quieren visitar pero no tienen cómo llegar. Porque, seamos sinceros, ¿cuántos ciudadanos han suspirado por tomarse una foto frente a ese letrero sin tener que organizar toda una expedición familiar para lograrlo?
La idea, además de turística, es profundamente inclusiva. Beneficiaría no solo a los visitantes y turistas de paso, sino también a quienes habitan la zona. Para ellos, la extensión de la vía que se requiere, especialmente el tramo final en el alto de San Lázaro que todavía carece de pavimento, significaría movilidad y conectividad reales. Una pequeña gran obra que ampliaría los horizontes de quienes viven en la vereda El Porvenir y el Alto de San Lázaro, conectándolos con el transporte público que hasta ahora se niega a llegar.
La propuesta contempla además la creación de rutas seguras para ciclistas, acompañadas por la Policía Metropolitana de Tunja, para que los aficionados al ciclismo puedan enfrentarse al desafío de la cuesta en horas de la madrugada, los miércoles y viernes, provisionalmente. Este componente es, sencillamente, brillante. Incentivar el deporte mientras se disfruta de un paisaje imponente y se conoce un nuevo atractivo turístico es un doble gol de proyecto urbano: se fortalece la salud, la actividad económica y el disfrute de la ciudad.
Y para quienes prefieren la caminata a la bicicleta, también se han pensado rutas peatonales. Algo que, de entrada, es inclusivo y necesario. Hasta ahora, quienes se han aventurado a llegar a pie al letrero lo han hecho por su cuenta, perdiéndose en un entramado de caminos poco señalizados y con mínimas referencias. El diseño de senderos guiados, con señalización clara y la posibilidad de contar con guías turísticos locales, no solo resolvería este problema, sino que transformaría la caminata en una experiencia cultural. Que alguien explique la historia, las anécdotas, la vida cotidiana y los secretos de la zona es un toque de sensibilidad y conocimiento que podría hacer del paseo algo memorable.

La visión no termina ahí. Si bien la proyección de la Alcaldía contempla solo las mencionadas rutas de transporte público, los senderos peatonales y las rutas seguras para ciclistas, existe la posibilidad de integrar esta iniciativa con otras ideas que expandan la movilidad y el ocio. Por ejemplo, una ciclovía dominical por el occidente de la ciudad, complementaria a las existentes en el norte y sur, permitiría que ciudadanos de todas las edades y condición física disfruten del deporte, del paisaje y, de paso, del comercio local que podría florecer gracias a esta afluencia de visitantes. Es, sin duda, una sugerencia que busca vida urbana más activa, más inclusiva y más saludable.
Claro que no todo es color de rosa. Existe un efecto colateral que no puede ignorarse: los impactos del turismo masivo. La visita constante a este sector, que hasta hace poco permanecía casi olvidado, traerá consigo problemáticas reales. La más evidente: la acumulación de basura y residuos dejados por visitantes. Si no se planea con cuidado y se implementan políticas de control, limpieza y educación ambiental, todo este entusiasmo podría convertirse en un dolor de cabeza para la comunidad y para la Alcaldía. Un letrero gigante no debería convertirse en un vertedero gigante.
La propuesta de llevar transporte público hasta el letrero gigante de Tunja, acompañada de rutas seguras para ciclistas, senderos peatonales señalizados, más la sugerencia de expansión de la ciclovía dominical, es un ejemplo de planeación urbana que piensa en todos. Es inclusiva, deportiva, turística y cultural. Pero el éxito de esta idea dependerá de la capacidad del municipio para equilibrar los beneficios con los impactos inevitables del turismo. La oportunidad está sobre la mesa: Tunja puede moverse, conectarse y brillar, siempre y cuando lo haga con inteligencia, previsión y, sobre todo, con sentido común. Porque, al final del día, un letrero gigante merece visitantes felices, no ciudadanos frustrados ni caminos llenos de basura.
𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂
Tomado de: Periódico El Tunjano
