El pasado 8 de noviembre, Tunja, la ciudad más segura entre las capitales de Colombia, despertó abruptamente en medio del estruendo de un atentado terrorista del ELN que, por fortuna, no dejó víctimas mortales ni heridos de gravedad. Aun así, dejó algo que pesa y permanece: la sensación de que, incluso aquí, donde no estamos habituados a la guerra, el conflicto armado del país puede tocar a la puerta sin previo aviso.

La historia, ya conocida por muchos, comenzó con una volqueta comprada en Duitama, cargada con arena en Sogamoso y llevada luego a una bodega en Tunja, donde fue acondicionada como lanzador de veinticuatro lanzamisiles de fabricación artesanal. Esa volqueta llegó poco después de las cinco de la mañana al barrio Prados de Alcalá, vecino del Cantón Militar Gustavo Rojas Pinilla, popularmente conocido como el Batallón Simón Bolívar, que alberga tres batallones en su interior. Desde allí, horas más tarde, se activaría el artefacto.

Que un hecho así ocurriera justo aquí, en una ciudad donde este es apenas el segundo atentado terrorista en toda su historia, explica el nivel de conmoción que produjo, no solo en Boyacá sino en todo el país. Tunja no es una ciudad acostumbrada a estos sobresaltos. Su seguridad ha sido un rasgo diferencial, casi un sello, y por eso el ataque tomó por sorpresa tanto a sus habitantes como a sus autoridades militares y policiales.

Como era de esperarse, parte de la opinión pública reaccionó con dureza hacia las autoridades, criticando el manejo inicial de la situación. Y es cierto que se cometieron errores, empezando por la narrativa oficial divulgada en las primeras horas, cuando se aseguró que la explosión registrada hacia las 8:30 de la mañana en las instalaciones del cantón militar había sido una detonación controlada. Más tarde se supo que esto era falso: veintidós de los veinticuatro “tatucos” se accionaron mediante temporizador y solo dos fueron detonados de manera controlada por expertos horas más tarde. Sin embargo, también es cierto que a esa hora la zona ya estaba mayoritariamente evacuada, lo que explica que no hubiera muertos ni heridos de gravedad. Al finalizar la jornada, según información oficial, quienes resultaron heridos habían sido dados de alta y se encontraban en sus casas.

Un punto que no puede pasarse por alto es que esta reacción oportuna no fue producto de trabajos de inteligencia militar, sino del aviso de la ciudadanía. Fue la comunidad la que actuó de manera vigilante y oportuna, dando la alerta que permitió activar los protocolos necesarios antes de que ocurriera una tragedia. Este dato, que debería valorarse como una muestra del compromiso cívico de los tunjanos, también evidencia un vacío en la labor de inteligencia y en la capacidad del Estado para anticipar este tipo de amenazas.

Desde un punto de vista objetivo, aunque incómodo, el ataque fue exitoso como acto terrorista porque generó angustia y pánico, pero fue un fracaso como atentado, en tanto que su propósito de arrebatar vidas no se cumplió. De ahí que algunos sectores de la opinión pública hayan preferido llamarlo “intento de atentado”, una denominación que refleja con mayor precisión lo que realmente ocurrió. No es un dato menor que, según las autoridades, el ELN habría invertido cerca de mil millones de pesos en la compra de la volqueta, la arena, el alquiler de la bodega donde la adecuaron, el arriendo de un inmueble cercano al batallón y otros insumos logísticos. Para una guerrilla que históricamente solo destina semejantes recursos cuando busca causar muertes, el resultado es, en términos de su propio cálculo criminal, una derrota.

En medio de todo esto, es necesario cuestionar el papel de ciertos medios de comunicación que, lejos de informar con rigor, optaron por alimentar el miedo. El caso más evidente es el de El Colombiano, cuya publicación sobre el atentado no solo exageró al afirmar que Tunja y Boyacá estaban “a merced del ELN”, sino que ni siquiera tuvo el mínimo cuidado de verificar el nombre del barrio donde ocurrieron los hechos, al que llamaron equivocadamente “Alcalá”. Un error tan elemental revela un periodismo descuidado, politizado y carente de principios, que en lugar de aportar claridad contribuye a sembrar más terror, como si esa fuera su intención. Decir que el ELN está extendiendo sus tentáculos en Boyacá desconoce que esta guerrilla ha tenido presencia en el departamento desde hace décadas; no es un fenómeno nuevo, ni un despliegue expansivo como se quiso narrar.

Ahora bien, si hay un punto donde sí se debe exigir una respuesta contundente del Estado es en el funcionamiento del sistema de monitoreo y vigilancia de la ciudad. Resulta difícil entender cómo una volqueta pudo circular a las cinco de la mañana por zonas residenciales sin ser detectada, más aún cuando se desplazó desde la antigua terminal de transporte hasta el sector del batallón en un horario en el que este tipo de vehículos no suele transitar. Es comprensible que no se detectara la llegada de la volqueta a la ciudad ni su estadía en una bodega, pues ninguna ciudad del mundo tiene la capacidad de rastrear cada vehículo o cada movimiento de todos sus habitantes. Pero un sistema de vigilancia incapaz de advertir un vehículo de estas características en esas circunstancias sí evidencia una falla seria, sea por falta de operatividad, de personal o por simple exceso de confianza.

Algunos sectores han querido sobredimensionar el hecho de que este atentado haya ocurrido en Tunja, argumentando que evidencia una supuesta toma del país por parte de la guerrilla. Pero basta recordar que en enero de 2019, en plena capital de la República, se cometió un atentado terrorista al interior de la Escuela de Cadetes General Santander, dejando muertos y heridos. Y en ese entonces, pese a lo grave del ataque, nadie afirmó que Bogotá estaba bajo las garras del ELN. Comparar ese episodio con lo ocurrido en Tunja permite poner las cosas en perspectiva.

Este atentado, más que una demostración de poder territorial del ELN, parece tener un mensaje político directo: una respuesta al gobierno Petro, que meses atrás había señalado que Tunja era la ciudad más segura del país y que sus indicadores superaban incluso los de ciudades europeas o estadounidenses. No se trata de un intento de convertir a Tunja en un epicentro del conflicto, como irresponsablemente insinuó El Colombiano, sino de un ataque puntual en una ciudad que, como tantas otras en la historia del país, ha sido ocasionalmente golpeada por la violencia, y que por más indicadores de seguridad que tenga, no puede escapar a un conflicto que inmiscuye a toda Colombia.

La reflexión más necesaria ahora es que, aunque las autoridades reaccionaron con eficacia una vez conocida la amenaza, sí hubo un descuido o un exceso de confianza que fue aprovechado por los terroristas. El campanazo está dado: es urgente que las fuerzas militares y policiales revisen sus protocolos de inteligencia y vigilancia. Pero esto no significa que Tunja sea una ciudad insegura. Aquí la gente puede caminar de noche sin miedo a que la maten, la roben o la violen. Aquí la mayoría de personas no recuerda la última vez que las atracaron, porque ocurrió hace demasiado tiempo o porque simplemente nunca les ha sucedido. Aquí, a diferencia de la mayoría de capitales del país, la ciudadanía puede caminar con el celular en la mano, usar el transporte público sin estar expuesta a asaltos recurrentes y vivir sin la amenaza constante del fleteo. Los casos que ocurren son ocasionales, extraordinarios, tanto que, cuando ocurren, generan gran revuelo precisamente porque no son parte del día a día.

La idea de que Tunja se convirtió en un sitio peligroso como consecuencia del atentado es exagerada y malintencionada. Más aún cuando se sabe que Tunja no es un corredor estratégico para el narcotráfico, condición que sí comparten municipios como Tibú, El Tarra, Convención, Sardinata, Caucasia, Ituango, Segovia, Tumaco, Timbiquí, Apartadó y tantos otros donde confluyen rutas de coca y presencia permanente de grupos criminales.

Además, estas narrativas no son inocuas. Pueden afectar la moral de las Fuerzas Armadas y, aún más, pueden dañar la imagen de la ciudad como un lugar estable y atractivo para invertir. A nadie le conviene que, por irresponsabilidad mediática o por oportunismo político, se construya una percepción de inseguridad que no se corresponde con la realidad.

Por supuesto que deben mejorarse los sistemas de inteligencia y fortalecer la capacidad de reacción. Es obvio que nuestras fuerzas militares no pueden confiarse ni dormirse. Pero exigir que no ocurra absolutamente nada y condenar duramente a las autoridades por no detectar cada movimiento es desconocer la naturaleza misma del terrorismo y pretender un nivel de control que ninguna ciudad del país ni del mundo puede garantizar. Cualquiera que conozca la rutina en los alrededores de Unicentro podría preguntarse: ¿Quién garantiza que un día, entre tanto carro que dejan estacionado en los alrededores, no existe uno que tenga una bomba? La respuesta es nadie. Y ese es precisamente el reto que plantea el terrorismo: la imposibilidad de controlarlo todo.

Finalmente, conviene recordar que las guerrillas no son fuerzas omnipotentes. Lo ocurrido en Tunja no demuestra dominio territorial ni capacidad de sometimiento. Atacar con una volqueta cargada de “tatucos” no es señal de poder absoluto ni de expansión militar; es apenas un acto terrorista puntual, como otros tantos, del mismo estilo, que se han presentado en diferentes ciudades del país a lo largo de los años. Sembrar miedo no es conquistar, y eso es algo que debe quedar claro para evitar caer en narrativas que exageran el alcance real de estos grupos.

Tunja sigue siendo Tunja. Una ciudad tranquila, segura, ordenada, donde la gente vive sin los niveles de violencia que afectan a la mayoría de capitales colombianas. Lo ocurrido el 8 de noviembre debe servir para corregir, fortalecer y ajustar las deficiencias en inteligencia y vigilancia, pero no para desdibujar la realidad de una ciudad que ha demostrado, incluso en circunstancias extremas, que su institucionalidad responde y que su ciudadanía coopera. Tunja no cayó ni está cayendo ante ninguna garra, cuando mucho habrá caído en las garras de las malintencionadas y terroristas narrativas de El Colombiano, pero no mucho más que eso. Tunja resistió un intento de atentado y lo superó. Y en un país como Colombia, eso ya dice muchísimo.

𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂

Tomado de: Periódico El Tunjano

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