En el interior del ser humano habita una tensión constante entre la lucidez y el deseo.
Hay palabras que sabemos que no deberíamos oír, frases que pueden quebrar el ánimo o abrir cicatrices dormidas; sin embargo, las buscamos. Algo en nosotros se siente atraído por el sonido que hiere, como si necesitáramos tocar la herida para convencernos de que seguimos vivos.
Expertos aseguran que desde la neurociencia se sabe que el cerebro no distingue del todo entre el placer y el dolor y ambos activan las mismas rutas de recompensa. El sufrimiento emocional, si no amenaza la vida, puede convertirse en un estímulo.
Por eso volvemos una y otra vez a escuchar lo que duele, porque la mente advierte el riesgo, pero el cuerpo y la emoción lo interpretan como una forma de presencia y en esa contradicción se revela un hecho elemental: el ser humano prefiere el malestar antes que la indiferencia.
Freud llamaba a esto el instinto de repetición, una inclinación inconsciente a revivir lo que alguna vez nos marcó, y es que no se trata de buscar el dolor por el dolor mismo, sino de intentar comprenderlo.
Quien se expone a una verdad amarga suele hacerlo para encontrar sentido o para cerrar un ciclo que quedó abierto, y aunque esa búsqueda termine por doler más, es también un intento de dominio sobre lo que una vez fue pérdida.
Nietzsche advertía que del dolor puede nacer una forma de fuerza. Hoy, la psicología lo explica con el concepto de resiliencia emocional, es decir, la capacidad del cerebro para reacomodarse después del daño, ya que escuchar lo que no deberíamos escuchar puede ser, entonces, un ensayo de resistencia y una forma de aprender a soportar la realidad sin negarla.
Desde lo biológico, el ser humano necesita coherencia y cuando algo queda sin explicación, el cerebro busca llenar los vacíos; por eso, a veces, preferimos escuchar la frase que nos desgarra antes que quedarnos con la duda. “Ya no te amo”, “te fallé”, “nunca fui lo que esperabas”: son dictámenes que golpean, pero al menos ordenan el caos. El silencio, en cambio, descompone.
En la vida cotidiana, esta contradicción se muestra con nitidez y, el ejemplo más común es alguien que revisa una y otra vez los mensajes de quien lo abandonó. Sabe que cada palabra traerá tristeza, pero necesita leerlas para no sentir que todo fue un espejismo; es ahí cuando el dolor se vuelve, en cierta medida, una forma de compañía.
Otro caso es el de un hijo adulto que busca la aprobación de un padre crítico, aun sabiendo que el juicio será implacable. No lo hace por debilidad, sino porque su mente necesita cerrar un diálogo pendiente desde la infancia y en ambos ejemplos, el oído funciona como una secuencia que une el pasado con la necesidad de comprender.
Esta tendencia también puede tener un matiz moral, porque escuchar lo que lastima puede convertirse en un modo de castigo interior; y por eso en la psicología del apego los expertos de detienen en quienes repiten vínculos que reproducen el daño original: quien fue ignorado busca ser herido para sentirse al menos visible; quien fue rechazado se aferra a relaciones frías porque teme más al abandono que al sufrimiento.
Lo que no deberíamos escuchar y que queremos escuchar es, en realidad, una forma de autoexploración, porque no siempre buscamos el daño y a veces buscamos la verdad, aunque venga acompañada de un golpe. La sensibilidad humana necesita contrastes, porque solo en la fricción entre lo amable y lo áspero se revela la totalidad de la experiencia.
Escuchar lo que duele no es un acto de masoquismo, sino de comprensión. Es un intento de integrar la sombra al relato personal, de entender que también en la incomodidad hay aprendizaje. El silencio absoluto nos priva de respuestas; la palabra dura, en cambio, nos obliga a pensar, a reconstruir, a aceptar.
En este tramo de la vida y esta época saturada de estímulos, donde se promueve la felicidad instantánea y la anestesia emocional, todo se disfraza de armonía y éxito; por eso esta contradicción, querer oír lo que no deberíamos, se vuelve más reveladora y es el signo de que aún anhelamos autenticidad, porque nos hemos cansado del elogio vacío, del consuelo automático y queremos escuchar la verdad, aunque nos sacuda.
Quizá ahí resida la nobleza de esta paradoja: en la capacidad humana de mirar de frente lo que duele, escucharlo sin huir y convertir ese eco en sabiduría, porque a veces, la única manera de sanar es oír lo que nos hiere hasta que deja de hacerlo.
Lo que no deberíamos escuchar, y sin embargo escuchamos, puede terminar siendo la lección más honesta que la vida tiene para ofrecernos.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
