Vivimos en la era de la inmediatez, pero paradójicamente, también en la era del distanciamiento y todo lo queremos rápido, corto, resumido, sin mirar al otro, sin detenernos un instante en el valor que tiene la palabra dicha frente a frente o la voz que se tiende, humana y cálida, al otro lado del teléfono.
Hoy, lamentablemente, pareciera que el arte de comunicarnos se ha degradado al mínimo; un mensaje seco, un emoji sin alma o una nota de voz grabada con prisa han reemplazado la conversación genuina.
Nos acostumbramos a notificar, no a comunicar. A escribir, no a escuchar. A dejar constancia, pero no a dejar huella, y el mensaje de texto se volvió la coartada perfecta para evitar el compromiso, para no afrontar las emociones, para evadir las conversaciones difíciles o incluso los encuentros más simples. ¿Desde cuándo se volvió tan complejo marcar un número y decir: “quiero hablar contigo”?
El problema no es la tecnología, que bien usada es un milagro del tiempo moderno, sino el uso que le hemos dado, porque preferimos dejar frases flotando en la pantalla que no admiten tono, pausa ni mirada. El mensaje se envía, pero no se siente. El mensaje se lee, pero no se escucha. Y así, poco a poco, hemos ido olvidando cómo se habla desde la verdad y desde el alma.
Hace no mucho, la gente se reunía para conversar; el café era un pretexto para el diálogo, no un fondo de fotografía. Mirarnos a los ojos era una costumbre y no un acto de valentía. Hoy, en cambio, nos escondemos tras los teclados, justificando ausencias con un “es que te escribí” o un “te dejé un mensaje”, y lo que debería ser un gesto mínimo de cortesía, una llamada, un encuentro, una palabra dicha con voz viva, se ha convertido en un acto casi heroico.
Las nuevas tecnologías nos ofrecen, incluso, el privilegio de las videollamadas. No hay excusas. No importa si estamos en pijama o si el cabello está desordenado: vernos las caras, aunque sea por una pantalla, sigue siendo más humano que dejar un texto frío que solo exhibe indiferencia, porque detrás de cada palabra escrita sin voz, hay una renuncia al contacto, a la emoción y a la sinceridad.
Notificar por mensaje es, muchas veces, una forma de escapar, de no asumir, de aparentar que cumplimos con “decir algo”, cuando en realidad lo que hacemos es no decir nada. Y eso, en términos humanos, es una falta de respeto.
Hay apremio. Urgencia por recuperar la voz, la palabra viva, la conversación honesta. Urgencia por volver a hablarnos, por sentir que alguien del otro lado respira, reacciona, ríe o se quiebra al hablar.
Así que la próxima vez, no me notifiques por mensaje. No me escribas para decir que llegaste, que te vas o que algo terminó. No me mandes imágenes con las que quieres decir que necesitas un favor. Llámame y dime qué quieres.
Hablemos como personas, como seres humanos que aún creen que la voz sigue siendo el cigoñal más hermoso que puede tenderse entre dos almas. Debemos resistirnos a normalizar esos hábitos que debilitan la mente, apagan la curiosidad y convierten el entendimiento en inmediates, irrespeto y mediocridad.
Tenemos que luchar contra la corriente actual y, si es necesario, remar contra viento y marea para que nuestros niños no pierdan la costumbre de escuchar, de leer, de analizar, de resumir y de compendiar.
Por ningún motivo, quienes tenemos la responsabilidad, a través de los cargos, las aulas o los medios de comunicación, podemos rendirnos ante la idea de que “todo cambió” y que ya no es posible aplicar las normas del análisis, del diálogo y de la interacción reflexiva con los demás.
Mantener viva la capacidad de pensar, de discernir y de comunicarnos con profundidad es, hoy más que nunca, un acto de respeto y de amor por la humanidad.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
