Este no es solo un dicho del habla popular, porque es más bien, un espejo incómodo de la vida pública y de los pasillos privados donde se toman decisiones.
La frase retrata esa escena vieja y repetida en la que alguien critica con severidad un defecto que también carga, a veces incluso con mayor peso; pero lo más curioso y lo más triste, es que esta conducta no es marginal; es frecuente y casi institucional, en ámbitos administrativos y gerenciales.
En cualquier lugar donde haya poder, siempre aparece una especie de fauna conocida: ex gobernantes, ex directivos, exgerentes, ex administradores que, tras dejar el cargo, descubren de pronto una lucidez impresionante.
Personas que mientras tuvieron el timón se quedaron cortas, se enredaron, fallaron o sencillamente no pudieron con el reto… y que luego, desde la comodidad del “ya no me toca”, dictan cátedra sobre cómo debieron hacerse las cosas, dan recetas completas para curar enfermedades que no supieron tratar cuando fueron médicos; explican modelos de liderazgo que no practicaron cuando fueron líderes; detallan planes de acción que no ejecutaron cuando fueron régimen; y lo más cínico es que lo hacen con una seguridad que raya en la desmemoria.
Este fenómeno tiene varias capas. La primera es humana, porque es más fácil ver el mapa que caminar por el territorio, dirigir de lejos, sin presiones, sin conflictos, sin la necesidad de elegir entre dos males, es sencillo.
La teoría se reafirma cuando no hay presupuesto que cuadre, sindicato que proteste, oposición que rechace todo, intrigante habilidoso que sabotee o realidad que golpee. A cualquiera le sale un manual perfecto si no es él quien tiene que cargarlo y en esa lógica, no habría que sorprenderse de que el pasado se vuelva más inteligente que el presente.
Pero hay otra capa menos inocente: la de la vanidad porque hay quienes no soportan que su paso por el poder haya sido mediocre o fallido, entonces reescriben su historia hablando como expertos y esa es una forma de salvar la autoestima: “yo sí sabía; lo que pasó fue que no me dejaron”, “yo tenía la visión; el problema fue el contexto”, “yo lo hubiera hecho distinto; los de ahora son peores”.
Esa narrativa es un maquillaje que quiere ocultar la evidencia del desempeño real, y mientras más floja fue la gestión, más fuerte suele ser el sermón posterior. El silencio, para algunos, sería aceptar el tamaño del error.
También está la capa estratégica. En política y en gerencia, por ejemplo, criticar al sucesor es un deporte rentable, porque sirve para mantenerse vigente, para justificar el regreso, para sembrar la idea de que “conmigo era mejor”.
El exfuncionario que hoy regaña, juzga, califica y reclama suele ser el mismo que mañana quiere volver a dirigir, y la crítica es su campaña anticipada y no importa tanto si lo que dice es cierto; importa que su voz no desaparezca de la cabina.
El problema es que esta costumbre erosiona la cultura organizacional y cuando los que fallaron se presentan como maestros, lo que se comunica es una lección perversa: aquí no hay consecuencias. Puedes administrar mal, dejar problemas sin resolver, prometer y no cumplir… y luego opinar con autoridad como si nada.
En ese ambiente, la responsabilidad se vuelve humo, porque la gente aprende que lo importante no es hacer bien las cosas, sino hablar de ellas después y la gestión se reemplaza por el relato.
Este fenómeno se repite frecuentemente en el campo administrativo y gerencial. Cuántas empresas y organizaciones no han visto pasar a directivos que tomaron malas decisiones, que improvisaron, que dejaron equipos rotos o procesos en ruinas, y que tiempo después aparecen en foros o reuniones a decir cómo debe liderarse, cómo se controla, cómo se planea.
Hablan de transparencia quienes dejaron cuentas oscuras. Hablan de eficiencia quienes burocratizaron todo. Hablan de “gestión humana” quienes trataron al personal como piezas reemplazables y a las patadas. El burro, efectivamente, hablando de orejas… y además con micrófono y amplificador abiertos.
¿Significa esto que nadie que haya fallado puede opinar? No. Sería absurdo, porque la experiencia, incluso la amarga, puede enseñar y porque hay ex dirigentes honestos que revisan sus errores con humildad, que aportan desde el aprendizaje real, que no disfrazan ni minimizan lo que no pudieron hacer. Eso es valioso. El punto no es callar a quien se equivocó, sino desenmascarar al mañoso que pontifica sin reconocer su propia historia.
La diferencia está en el tono y en la memoria, toda vez que quien habla desde la humildad dice: “esto intentamos, esto no salió, estas fueron las razones, y estas son las lecciones” en cambio quien habla desde el ego dice: “yo habría hecho esto, los de ahora no saben, el problema es la gente, el problema es el sistema”. En el primer caso hay aporte; en el segundo hay espectáculo. El primero construye; el segundo solo busca aplausos o revancha.
Tal vez, entonces, el antídoto no sea exigir silencio, sino exigir coherencia. Que quien critique también muestre su balance. Que quien enseñe desde el pasado tenga la honestidad de poner sobre la mesa lo que hizo y lo que dejó de hacer.
No hay nada más peligroso que la autoridad sin memoria y nada más tentador para una sociedad cansada que creerle al que habla bonito sin recordar cómo actuó cuando tuvo el poder.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
