Si Dios nació en nuestros corazones, como se proclama con solemnidad y se repite casi como un eslogan de temporada navideña, ¿por qué el mundo que habitamos parece cada vez más distante de cualquier rastro de amor, justicia o compasión?
Basta abrir las redes sociales para encontrar una realidad brutalmente contradictoria: insultos disfrazados de opinión, odio presentado como valentía, linchamientos digitales celebrados como justicia.
Allí, donde muchos escriben “Dios es amor” en una publicación, minutos después descargan su rabia contra quien piensa distinto, lo deshumanizan, lo reducen a un enemigo al que hay que destruir. ¿En qué corazón nació ese Dios que no logra frenar el dedo que humilla, calumnia y envenena el diálogo?
La polarización no es un accidente; es una elección diaria alimentada por el ego y la soberbia, por cuanto preferimos ganar discusiones antes que preservar la verdad, imponer nuestra visión antes que comprender al otro.
Se reza de labios hacia afuera, pero se odia con una convicción feroz, se invoca a Dios mientras se celebra la humillación ajena, como si la fe fuera compatible con el desprecio y esa incoherencia revela una verdad fatigosa: no basta con decir que Dios nació en el corazón si el corazón sigue gobernado por la ira, la vanidad y el resentimiento.
La actuación de algunos líderes profundiza aún más esta contradicción, porque hablan de valores mientras se rodean de privilegios, se proclaman servidores del pueblo mientras actúan como dueños del poder, se persignan frente a las cámaras, citan a Dios en discursos públicos, pero gobiernan desde la arrogancia, el autoritarismo y la mentira, predican unidad mientras dividen, prometen transparencia mientras esconden verdades, exigen sacrificios mientras se blindan del dolor que provocan y esa vanidad no es sólo personal: es un mensaje devastador para la sociedad, porque enseña que el poder puede convivir con la hipocresía sin consecuencias.
Y mientras tanto, la violencia no solo continúa, sino que se normaliza. Atracos que ya no indignan, secuestros que se convierten en estadísticas, infidelidades justificadas como errores humanos, mentiras repetidas hasta volverse creíbles.
Vivimos en una cultura que condena el crimen con palabras, pero lo tolera con indiferencia; que exige honestidad, pero celebra la astucia del que engaña y no es descubierto. Nos escandalizamos en público, pero en privado participamos del mismo sistema de trampas, silencios cómplices y dobles discursos.
¿Qué se necesita entonces para cambiar los mensajes de comodín redactados por la IA por acciones reales y verdaderas? Se necesita dejar de usar a Dios como coartada moral y empezar a asumir responsabilidades concretas. Se necesita coherencia, aunque duela. Decir la verdad, aunque cueste poder, prestigio o aplausos. Renunciar a la comodidad de la neutralidad cuando la injusticia avanza. Entender que la fe no se mide por lo que se publica, sino por lo que se hace cuando nadie está mirando.
Para que la soberbia suelte a los autoritarios, es necesario desmontar la idea de que mandar es lo mismo que dominar, porque el verdadero liderazgo incomoda al ego, porque exige escuchar, corregirse y servir.
Y para terminar de una vez por todas con la injuria, la calumnia, la envidia y el rencor, debemos comenzar por un acto cierto y hondamente revolucionario: mirarnos al espejo sin mentiras, reconocer que muchas de esas prácticas que criticamos también viven en nosotros, en nuestras palabras, en nuestras omisiones, en nuestra facilidad para juzgar y nuestra resistencia a cambiar.
Si Dios ha nacido verdaderamente en nuestros corazones, debe notarse en la forma como tratamos al diferente, en cómo usamos el poder, en cómo hablamos del ausente y en cómo enfrentamos la verdad.
Si no transforma nuestras acciones, entonces no ha nacido: apenas ha sido pronunciado. Y el mundo no necesita más palabras sagradas vacías; necesita actos valientes que devuelvan sentido, dignidad y humanidad a una sociedad que se desangra en su propia incoherencia.
La contradicción es brutal y dolorosa y mientras se reparten tarjetas cargadas de bendiciones, se envían mensajes llenos de palabras dulces copiadas de la web y se pronuncian discursos adornados con fe, la realidad cotidiana desmiente cada una de esas frases de manera contundente, porque se desea paz con la boca, pero se siembra odio con los actos; se habla de amor, pero se practica la exclusión; se invoca a Dios en textos cuidadosamente escritos, mientras se pisotea su mensaje en la vida real.
Las palabras sobran y las acciones faltan, porque esa distancia abismal entre lo que se dice y lo que se hace es la prueba más clara de que hemos convertido la fe en un ritual vacío, cómodo y decorativo, incapaz de transformar la conducta humana, y mientras esa incoherencia persista, cualquier mensaje navideño o de fin de año seguirá siendo solo papel, pantalla y ruido, muy lejos de una verdadera conversión del corazón, que es lo que con urgencia y como declaración de emergencia necesita la humanidad.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
