El mundo del espectáculo suele presentarse ante el público como un universo de luces, aplausos y celebraciones. Desde la platea, el artista aparece firme, sonriente, seguro, dueño del escenario y de la atención colectiva; sin embargo, basta con que una noticia trágica, un accidente inesperado o un episodio de riesgo sacuda al gremio, como ha ocurrido recientemente en el entorno de la música popular, para que se haga visible una verdad dificultosa: los artistas son abismalmente vulnerables.
La vida artística está atravesada por riesgos permanentes que pocas veces se dimensionan. Subir a una tarima a altas horas de la noche o en la madrugada no es un acto romántico, sino una exigencia física y mental extrema, porque tras varias horas de viaje, con el cuerpo agotado y el sueño alterado, el artista debe ofrecer lo mejor de sí, y todo, porque el público no espera cansancio, espera emoción y el aplauso no admite excusas.
A ello se suma el desplazamiento constante por carreteras en mal estado, trayectos largos, rutas inseguras y climas impredecibles. Viajar de madrugada se convierte en norma, no en excepción. El reloj biológico se rompe, las rutinas desaparecen y la alimentación se vuelve improvisada: cualquier parador, cualquier estación, cualquier comida que permita seguir adelante. Todo, absolutamente todo, para cumplir con el compromiso asumido frente a los seguidores.
En este argumento, el artista no solo expone su talento, sino también su salud, su descanso y, muchas veces, su integridad física., toda vez que el escenario es apenas la punta del iceberg de una vida itinerante que exige resistencia emocional, disciplina extrema y una capacidad de adaptación que roza el sacrificio silencioso.
Pero la vulnerabilidad no es exclusiva de quien canta o interpreta sobre el escenario, porque detrás de cada presentación hay un equipo humano invisible que sostiene el espectáculo: músicos, técnicos, ingenieros de sonido, coordinadores de pantallas, road managers, coordinadores de piso, administrativos, manejadores de imagen, negociadores, conductores, productores, asistentes, personal de logística y cada uno cumple un rol esencial para que la experiencia sea digna, segura y memorable. Son los mismos que cargan equipos pesados, montan y desmontan tarimas, esperan horas en camerinos improvisados y enfrentan las mismas condiciones adversas, pero ellos al contrario de los artistas, sin recibir el reconocimiento del aplauso final.
La analogía es clara y así como el comensal celebra un plato exquisito, pero rara vez piensa en el chef y en las auxiliares de cocina que trabajan tras el mostrador, el público ovaciona al artista sin imaginar el esfuerzo colectivo que hace posible ese momento, porque el espectáculo, como la alta cocina, se construye en silencio, con precisión y con desgaste.
Las tragedias y accidentes que periódicamente enlutan al mundo artístico no deberían ser sólo motivo de conmoción pasajera, sino una oportunidad para reflexionar sobre las condiciones en las que se produce el entretenimiento y humanizar al artista implica comprender que no es invulnerable, que no vive únicamente de ovaciones y que su oficio, aunque apasionante, está lleno de obstáculos, riesgos y enigmas que solo se conocen tras bambalinas.
Reconocer esta fragilidad no disminuye el brillo del escenario; por el contrario, lo dignifica, porque cuando entendemos lo que hay detrás de una canción cantada de madrugada, de un viaje interminable o de un cuerpo agotado que aun así se entrega al público, el aplauso se vuelve más consciente, más respetuoso y más humano.
El arte emociona, acompaña y transforma, pero quienes lo hacen posible también necesitan cuidado, comprensión, respeto y recordarlo no es un gesto de debilidad sino un acto de justicia.
Por: José Ricardo Bautista Pamplona
Tomado de https://www.lapalestra.com.co/
