Hace apenas unos días, el ecosistema digital de Boyacá fue testigo de una escena que retrata a la perfección la crisis de la verdad en la esfera pública. Un medio de comunicación departamental, tras un proceso judicial donde las garantías del debido proceso brillaron por su ausencia, se vio compelido a realizar una rectificación. El medio cumplió. Lo hizo de forma correcta, oportuna y completa. Sin embargo, la superficie de la opinión pública es traicionera. La masa se quedó con el titular y, de inmediato, se erigió un altar de victimización en torno al Secretario de Cultura, Turismo y Patrimonio Territorial de Tunja.

En ese lodazal de comentarios surgió la voz de un amigo del funcionario. Un periodista que quiso lavar la cara de la gestión tildando al secretario de «buen muchacho». No entraré yo en el terreno de la subjetividad moral; si es un buen muchacho o no, es un asunto que le compete a su confesor o a su madre. Lo que resulta inadmisible, y raya en la ofensa a la inteligencia colectiva, es que ese mismo defensor pretenda elevar a la categoría de «éxito» los resultados del pasado Aguinaldo Boyacense.

Llamemos a las cosas por su nombre: el último Aguinaldo Boyacense no fue una fiesta, fue uno de los episodios más aberrantes de despilfarro de recursos públicos en la historia reciente de Tunja.

Recordamos con nitidez al Secretario de Cultura compareciendo ante el Concejo Municipal durante el segundo semestre de 2025, inflando el pecho al presentar este aguinaldo como el «más económico de los últimos tiempos», hablando de una cifra cercana a los 6.500 millones de pesos. Hoy, con la frialdad de los meses y el silencio de las arcas, sabemos que esa afirmación fue una puesta en escena para calmar los ánimos. La realidad es que, a esta altura, no existe claridad absoluta sobre todos los gastos y rubros; hoy, a ciencia cierta, nadie sabe cuánto le costó el Aguinaldo a los tunjanos. Es un vacío informativo aberrante que anula cualquier pretensión de transparencia, pero es fácil demostrar que la anunciada cifra de 6.500 millones se queda corta.

Para entender cómo se financió este despropósito sin dejar rastro claro, hay que mirar el Convenio 972 de 2025. Lo que originalmente era una bolsa de $9.273 millones para toda la agenda cultural del año, terminó inflada hasta los $13.125.045.335 mediante adiciones relámpago. Lo grave no es solo el aumento, sino el canibalismo presupuestal. Para alimentar la logística de diciembre, la administración retiró recursos de programas de formación técnica en cine, desfinanció al sector artesanal y borró del mapa festivales de muralismo. Prefirieron pagar $210 millones en auxiliares logísticos y alquilar pantallas LED gigantes que invertir en la formación de nuestros jóvenes. Tunja cambió el conocimiento permanente por 48 cajas de sonido que se apagaron el 22 de diciembre.

A la falta de claridad presupuestaria se suma el fiasco del recaudo. Según la respuesta a un derecho de petición presentado por este medio, el recaudo total por boletería y palcos fue de $1.550.352.119, pero a las arcas del municipio no ingresó un solo peso. Todo se esfumó en manos de terceros. Para maquillar el cadáver financiero, la administración presenta supuestas «contraprestaciones» en especie por $988.250.000.

Pero basta desglosar ese documento para entender que no es un beneficio para la ciudad, sino el pago de los caprichos de la misma fiesta. De esos 988 millones, la administración tuvo la osadía de reportar como «contraprestación» el pago de la seguridad privada de Nicky Jam ($5.500.000) y de Carlos Vives ($5.320.000). También incluyeron en esa bolsa el show de pólvora ($180.000.000), la contratación de personal de logística ($230.000.000) y hasta el excedente de pago para los mismos artistas, como los $320.000.000 adicionales que se tragó Nicky Jam, entre otros rubros de “contraprestaciones”.

¿En qué beneficia a un habitante del barrio El Topo que el «excedente» del negocio se gaste en los escoltas de un reguetonero o en los efectos especiales de una noche? Si no hubiera existido ese recaudo, el municipio habría tenido que sacar ese dinero de sus arcas para cumplir compromisos ya adquiridos. Hablar de esto como algo positivo es absurdo: la ciudad no recibió un hospital, ni una escuela, ni una vía; recibió el pago de la logística de un empresario privado.

La improvisación alcanzó niveles de parodia con la organización de una carrera atlética para «honrar» a las mujeres a la que no fue nadie, salvo los funcionarios obligados. O el desfile de los harlistas, donde los invitados terminaron poniendo de su bolsillo para los regalos de la jornada. Se destinaron rubros para gasolina y almuerzos que nunca se liquidaron con transparencia, y en la Plazoleta de las Nieves, la seguridad fue inexistente. Sin vallas ni organismos de socorro, el riesgo para los asistentes fue absoluto, más allá de que había un rubro supuestamente destinado para ello. Que no haya ocurrido una tragedia es cuestión de azar, no de gestión.

La imagen que resume este despropósito es la del Alcalde cantando en tarima. Para sus aduladores, eso lo convierte en el «Alcalde más chimba». Para el ciudadano que paga impuestos, es patético. Gastar $1.494.215.100 solo en Nicky Jam, según las cifras que finalmente soltaron a regañadientes, mientras los artistas locales siguen esperando sus pagos, es una aberración. En relación a las versiones del Aguinaldo organizadas en anteriores administraciones, hay que decir que se cambió a Silvestre Dangond por otros nombres, pero el modelo de «pan y circo» a precios de oro sigue intacto.

La opacidad ha sido la norma. Tuvimos que conocer el costo de los artistas por derecho de petición porque la Alcaldía no cargó los contratos individuales en el SECOP II, tampoco rindió un balance sustentado en cifras y documentos oficiales, simplemente se limitó a hablar de “éxito” basado en el lleno de la Plaza de Bolívar para los conciertos. Quienes defienden a ciegas despilfarros como este, basándose en afinidades personales o ignorancia técnica, incurren en una complicidad vergonzosa. Tunja no necesita defensas corporativistas; necesita gerentes que no oculten la realidad detrás de una tarima. El Aguinaldo Boyacense es hoy una estafa al municipio y un monumento al ego de quienes creen que gobernar es organizar una fiesta privada con plata ajena.

𝑷𝒐𝒓: 𝑫𝒂𝒏𝒊𝒆𝒍 𝑻𝒓𝒊𝒗𝒊𝒏̃𝒐 𝑩𝒂𝒚𝒐𝒏𝒂

 Tomado de: Periódico El Tunjano

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